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Sobre La voluntad de Miguel Ángel Petrecca.

Por Cristián Gómez O.

Este tercer libro de Miguel Ángel Petrecca (Buenos Aires, 1979) nos presenta el panorama de una realidad que por ser demasiado familiar pareciera invisibilizarse ante nuestra mirada. La nueva cotidianidad de la que habla se sostiene por un tono que define el conjunto de los poemas de este libro, un tono que repara en las pequeñas grietas de sentido de aquello que por convención, y a falta de un nombre mejor, denominamos realidad. La voz que ocupa estos poemas, si se quiere monocorde, es por otro lado saludablemente coherente, incluso si las zonas del mundo que elige representar y/o comentar, resultan (falsamente) modestas en esa especie de sordina que, en ocasiones, las rodea.

Estamos hablando de poemas en verso libre en los que predomina una narratividad que no desdeña, sin embargo, las posibilidades de la imagen. Pero no es cualquier imagen: no hay una fricción de las palabras con el fin de encontrar ninguna piedra filosofal de la poesía, ni estamos en presencia de esas impertinencias predicativas que lo apostaban todo a la fuerza de lo insólito y la reunión de los contrarios. La fuerza de la imagen en este caso reside, en cambio, en la impasibilidad de la anécdota, en la epifanía cotidiana que ofrece la mirada contemplativa, pero no inmóvil ni indiferente, de ese testigo permanente cuya voz permea todos estos poemas.

El libro en su conjunto, breve en cualquier caso, se construye sobre la base de un muy elaborado sistema de paralelismos: adentro-afuera, viejos-jóvenes, voluntad-desidia. Lo que esto oculta, o los materiales que elabora a partir de estas oposiciones, resulta por lejos lo más fértil de La voluntad: una interrogación sobre una biografía generacional que se contrasta con un pasado más o menos identificable, el de la Argentina de los setentas y tal vez un poco antes, llena como toda Latinoamérica de discursos redentoristas, que habían descubierto que la Historia estaba a la vuelta de la esquina, y sin embargo fueron incapaces de atraparla. La decepción y el engaño ante esas promesas truncadas por la violencia más brutal que el país conociera en su historia, no se traduce sin embargo en un recordando con ira, sino en una mirada más bien escéptica en torno a la voluntad y su incumplimiento, ese acto en potencia que –visto retrospectivamente, como en el caso del poema “Poeta joven”– linda en el ridículo del optimista.

Una serie de momentos-bisagras son los que conforman los puntos de inflexión para los “personajes” de La voluntad: los une el denominador común de no haber actuado en consecuencia. Fuera de esto, hay otra característica que me interesa subrayar: el tono de estos poemas, que impertérrito relata las pequeñas y grandes tragedias que pueblan este conjunto. Un texto tan elocuente como “Clímax” refrenda lo anterior, en la medida en que el dilema central de muchos de estos poemas, el acto en potencia que no se concreta, es representado por medio de un ritmo que no reproduce sino más bien crea una experiencia: por eso alguna vez el hablante puede estar mirando el techo de su habitación, comparando las dimensiones del techo de ese cuarto con el piso del mismo, como si aquella coincidencia en las medidas fuera una forma de meditación (no) trascendental.

En otro de los poemas claves de este libro, “Poeta joven”, se desliza casi sin quererlo, o con toda la sutileza que un libro escrito en la Argentina de hoy es capaz de alcanzar, una crítica de la experiencia donde no sólo se toma distancia de cualquier rezago de romanticismo en torno a la obra literaria, sino que se ataca esa idea de la percepción según la cual las palabras serían las portadoras de lo real, la expresión de un contenido previo a, o independiente de, ellas. Otro tanto ocurre en el poema que inmediatamente lo antecede, “Paisaje”. Allí, la posibilidad de conocer la biografía de un sujeto X a través de la revisión de sus apuntes del natural, literalmente de las anotaciones que el tal individuo pudiera haber hecho en sus libretas, resultan –según la voz que habla en “Paisaje”– irrelevantes. A lo sumo, de ese conjunto de anotaciones se puede rescatar una sola, que nada tiene que ver con el exterior retratado, sino con una conclusión de índole más personal, que es a la que arriba el hablante del poema: “este era al fin, más que nada, uno de los nuestros”.

Un recorrido semejante vive el poeta joven del poema homónimo. Su intento de validar su experiencia, intentando tomar atajos para lograr su anhelo de un texto estéticamente significativo, no hacen sino subrayar su extravío producto de su empeño por captar la realidad a través de una mirada que no la reproduce con la deseada fidelidad, sino que la filtra a través de una larga lista de tamices. Como una especie de explorador decimonónico alimentado por su larga lista de prejuicios, el poeta-joven-viajero por barrios que le resultan desconocidos, desconocidos no por voluntad propia sino haberse quedado dormido en el colectivo y haberse pasado de la bajada. Este contacto azaroso con una realidad para él nueva, lo lleva a valerse de argumentos epistemológicos fundamentalmente erróneos, que lo llevan a traducir esa otredad a través de marcos de legibilidad que para él resulten familiares:

Van por una avenida ancha,
con casas de colores altisonantes que parecerían
remedar los rojos exuberantes de un atardecer tropical,
no los de este amarronado en cuya composición intervienen,
como a instancias de un alquimista, los diferentes gases que suben
desde fábricas a las que estas casitas sirven
de humillado hinterland.

Se pasa por el aro, así, la extrañeza de lo otro para domesticarlo con un principio de coherencia que sin preservar la distancia con el objeto traducido, lo priva de sus asperezas para que los paladares más delicados puedan de este modo digerirlo. En el fondo, lo que hace aquí Petrecca es mantener cierto escepticismo en torno a las posibilidades de una escuela objetivista que pareciera apostarlo todo a las virtudes del documentalismo. La mirada, clave para algunos poetas de la generación cronológicamente anterior a la de Petrecca, nunca es prístina, como si el autor de La voluntad quisiera resaltar la opacidad de un lenguaje que hace de esta última, un terreno fértil sobre el cual experimentar.

Estas reflexiones se engarzan con las que nos ofrece el último poema del conjunto, “La lección”. En este cierre del poemario, la distancia que el hablante ha establecido con la posibilidad de acceder a lo real, se resume en algo cercano a un pesimismo irreversible

Tendríamos, al llegar a esta edad, el oficio ganado,
sino la certeza, que buscábamos en cada poema,
de nuestro talento. No tenemos nada de eso.
Es como haber estado tomando carrera mucho tiempo
para un salto que no termina nunca de producirse
(El subrayado es nuestro)

Los versos subrayados ponen de manifiesto uno de los significados posibles del título mismo del libro, la voluntad. Porque el aprendizaje implícito en la lección, las infinitas correcciones sobre el texto que menciona el hablante y que no llegan a concretarse nunca en una versión satisfactoria, también podemos leerlo desde una perspectiva más amplia y, si se quiere, más política.

No creo que sea casualidad que los poemas de Miguel Ángel Petrecca lleven el mismo título del largo reportaje sobre la militancia política y armada de los sesenta y los setenta en Argentina, reportaje firmado por Eduardo Anguita y Martín Caparrós. La voluntad de estos dos últimos es también una indagación el historia reciente de Argentina y un juicio sobre su pasado. Por eso cuando en alguno de sus poemas Petrecca plantea que

Figuritas en pose de declamación ilustran el libro de texto
que hojeaba esta mañana sentado con una pierna sobre otra
gozando de la perspectiva que provee la historia:
no encuentra inspirador ahora el alarde que otros
hicieron de su propia voluntad, pero también odia
dejarse llevar por el tibio, tóxico interés en el pasado
que surge a veces en las mudanzas del encuentro
con una vieja bitácora.

resulta difícil desentenderse de ese guiño a lo que es también una revisión histórica. Las frustradas posibilidades de un país que hubiera sido necesariamente otro, quedan registradas aquí y en otros poemas en esas referencias oblicuas a las generaciones anteriores y su abortada espontaneidad.

Un tono similar es el que se desprende de “Hongos”, donde el poema que leemos es el relato del poema que no se llegó a escribir. Un poema escrito a media tarde, cuando empiezan a encenderse las luces del vecindario. Si, tal como asevera Ana Porrúa, las resoluciones más lúcidas del objetivismo argentino son aquellas que “ponen en suspenso la visibilidad y la discursividad alrededor de los objetos”, en el caso de Petrecca no sólo se llega a su puesta en suspenso, sino a un callejón sin salida donde el único relato es el de la impotencia. Si relatar esta última es al mismo tiempo superarla, aun así el poema se ¿limita? a dar cuenta de lo que no puede hacer, de lo que podría haber sido.

Me parece que en cuanto volumen breve al igual que los otros publicados con anterioridad por Petrecca, La voluntad es un conjunto capaz de dar cuenta de dos estados de cosas al mismo tiempo: el de cierta poesía argentina de hoy, escrita con posterioridad al debate objetivista/neobarroco, y el de la sociedad argentina como tal y los aires que en ella se respiran desde la posición de un testigo implicado que se ubica tanto dentro como fuera de esa realidad.
 
De La voluntad (Ediciones Liliputienses, 2013)
 

Hongos

Antes de que empezara a anochecer,
luego de haber intentado escribir un poema,
salió a dar una vuelta sin ninguna dirección.
En el camino se encontró parado frente a un árbol
en cuyo tronco, cerca de la base, habían crecido
un puñado de hongos blancos con rayas oscuras.
Los tocó primero apenas con la punta de las zapatillas
para comprobar si estaban adheridos al árbol.
Después se preguntó cuándo había llovido por última vez:
no pudo recordarlo. Debía haber sido uno
o quizás dos días atrás, y debía haber sido
una buena lluvia como para que brotaran
hongos de este tamaño, tan esponjosos
y gruesos. Al volver a su casa, pensó,
preguntaría cuándo había llovido y cuánto.
Le darían detalles sobre la lluvia,
la intensidad, la hora del día, el tiempo,
y eso dispararía en él algún recuerdo.
Levantó la vista: no había nadie en la calle.
Tuvo el impulso de agacharse y recogerlos.
Volver a su casa con un puñado de hongos
como si para hacerlo hubiera tenido que cruzar
un bosque. En el cielo estaban pasando,
también, cosas interesantes, a toda velocidad.
En la cuadra se había encendido ya una luz.
Pensó en el poema que había dejado sin terminar,
que hablaba de la lluvia, de la lluvia en general,
o de la idea de la lluvia cayendo silenciosa, durante el sueño.
 
 
La voluntad

Es la hora en que los sillones se desinflan despacio
y los hombres van hundiéndose sin darse cuenta en ellos
mientras ponen a girar en su cabeza un disco rayado.
Afuera las casas nuevas con sus fachadas de cotillón
sugieren un consenso alegre que las de otra época,
en vez de desmentir, se encargan en silencio de reforzar.
Figuritas en pose de declamación ilustran el libro de texto
que hojeaba esta mañana sentado con una pierna sobre otra
gozando de la perspectiva que provee la historia:
no encuentra inspirador ahora el alarde que otros
hicieron de su propia voluntad, pero también odia
dejarse llevar por el tibio, tóxico interés en el pasado
que surge a veces en las mudanzas del encuentro
con una vieja bitácora. Gira sobre sí mismo ahora,
y gira sobre sí mismo, dos veces, y gira de nuevo
una vez más y siente que si sigue girando así
una y otra vez va a terminar por perforar el piso,
y va a aparecer de golpe en las antípodas de su propio depto,
mirando la cara de su vecino como quien cavando un pozo
desde acá se encontrara de repente cara a cara con un chino.
 
 
Paisaje

El examen de sus documentos personales,
agendas y cuadernos que llevaba consigo
o servilletas llenas de mapas y garabatos,
podrían mantener ocupado durante décadas
a algún pobre diablo con alma de detective.
Y sin embargo no llegarían a revelar mucho
sobre la vida del hombre en cuestión.
Una vida así derrochada entre esos papeles
tendría como único saldo tangible al fin
la acumulación de más documentos y comentarios,
un tesoro documental anexado al primero
a la espera de nuevos comentaristas.
Date una vuelta por el lugar donde vivió
y tratá si podés de alejar los ojos
de la torre de agua que preside horrenda,
igual que un espantapájaros, la zona.
Tal vez después de esa pequeña excursión
no estés más cerca de ninguna clave,
pero al menos podés sentir a la vuelta
una especie de empatía mientras mirás desde la autopista
adefesios de hormigón, fábricas y hoteles que ensayan sin mucho éxito
tibios gestos de seducción hacia los viajeros,
y decir: este era al fin, más que nada, uno de los nuestros.
 
 
Poeta joven

Yo sangré para escribir estos poemas,
se jacta el chico en el bar después de unos vasos
y al observar la mueca que provoca en la chica
quisiera hundirse en el que tiene ahora entre sus dedos.
Tampoco él sabe cómo se vuelve del ridículo,
y buscando con la vista al mozo se le ocurre apenas
pedir la cuenta rápido y emprender la retirada.
Para su alivio una gitana le revela al otro día
que están destinados a no cruzarse nunca más.
El recuerdo del papelón se apagará con los meses
y en menos de un año no recordarás la anécdota.
Qué considerado es el destino a veces. Hay algo más,
dice la gitana, apretando la mano que el joven ya retira,
y señala con el dedo una línea en zigzag: Veo una viaje.
Y luego: son cincuenta pesos. Una vez en la calle
el alivio cede de golpe frente a otra duda:
¿no será, en realidad, con la poesía misma,
con la que está destinado a no cruzarse ya?
De ser así, estaríamos ante un problema (la inspiración)
tan complejo como el del ridículo. En el colectivo
se duerme rápido y sueña con la mujer de un compañero
para descubrirse, al despertar más tarde,
en medio de una erección. El colectivo está vacío
salvo por dos cabezas dormidas que se balancean
a cada bandazo. Van por una avenida ancha,
con casas de colores altisonantes que parecerían
remedar los rojos exuberantes de un atardecer tropical,
no los de este amarronado en cuya composición intervienen,
como a instancias de un alquimista, los diferentes gases que suben
desde fábricas a las que estas casitas sirven
de humillado hinterland. Me pasé la parada, piensa,
aunque tal vez este es el viaje del que habló la gitana.
¿Qué idioma hablarán allá afuera, qué costumbres extrañas,
qué reglas de protocolo tendrán? Las pocas caras
que mira pasar, cabizbajas, azotando sin ánimo sus caballos
no le dicen demasiado ni lo seducen. Tal vez el ridículo
no sea el único lugar del que no se vuelve, piensa de golpe,
alarmado, mientras saca una libreta de su mochila.
Pero, a juzgar por los garabatos obscenos que anota al pasar,
parece que la inspiración tampoco habita en este lugar.

 

 

 

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