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Sobre Krakatoa de Aníbal Cristobo.

Por Cristián Gómez O.

Escribir poesía latinoamericana fuera de Latinoamérica no es, desde hace un tiempo a esta parte, una novedad. Hoy, sin embargo, sin haberse convertido en la norma, es una tendencia que no podemos ignorar, dado el número creciente de aquellos que la cultivan, discutiendo de esta manera los condicionamientos geopolíticos de un proceso cultural que hace rato que desbordó sus fronteras originales.

Me interesa, entonces, hablar del libro del poeta Aníbal Cristobo (Lanús, 1971), Krakatoa, quien también es responsable de Kriller ediciones. Esta nueva publicación de Cristobo me parece que destaca por la sibilina elección de sus materiales, lo cual demuestra de por sí un ojo literario alerta. El gestor de estos poemas nos pone delante de un mundo lleno de tecnología, pero que dista mucho de presentarla como una novedad o una amenaza de cierto humanismo que, viviendo de la nostalgia, pudiera seguir confundiendo la causa con el efecto.

Por el contrario, pareciera que estos poemas no pudieran haber sido escritos sino en un laptop, o incluso mejor, en un iPhone con una conexión implacable y todo terreno. Cristobo se preocupa por convertir en vintage aquello que nace kitsch, en un reciclaje de imágenes culturales donde el souvenir puede provenir indistintamente de la industria cultural o del entretenimiento. Esta nivelación de los terrenos nos permite acercarnos a un texto que no rehúye la precisión de las imágenes, pero dentro de un contexto renovadamente citadino. Explico esto último: la imagen de la urbe como un lugar de desarraigo, es -en Krakatoa– reauratizada, recobrando su condición como espacio de tránsito, si bien fugaz, paradójicamente asimilable y familiar. Así, por ejemplo, la “convivencia callejera” con que se cierra el poema “Una doctrina de la circulación”, título para nada gratuito, está determinada, modificada o influenciada “por el impacto de las tinturas para el pelo” (33); una manifestación pública, en “Kit de extinción”, termina con sus participantes preguntándose quién borrará las consignas producto de tal manifestación. Una mirada lateral, si se quiere, que cámara en mano va captando un sentimiento citadino, pero como si estuviera mirando por el rabillo del ojo. Es como si cierto objetivismo del que hiciera gala parte de la poesía argentina de los 90, fuera retomado pero fuera de foco, como si el giro que plantea Cristobo para ese tipo de escritura fuera el acta de defunción feliz del mismo. No es, sin embargo, una requisitoria ni una tragedia.

De hecho, el lugar preeminente que ocupan las tecnologías digitales y su traducción en las redes sociales no deja de llamarnos la atención como una especie de universo paralelo, y tal vez autónomo, de una realidad que cada vez se aleja más de su representación. El mismo título, sin ir más lejos, del conjunto, es una sutil evocación de ese referente perdido en la cultura contemporánea. Krakatoa, para los que nacimos a principios de los setenta, está grabado en nuestra imaginación al nombre de la película homónima, en ese subgénero de las catástrofes naturales que de vez en cuando Hollywood vuelve a reflotar. Esa naturaleza brutal y descontrolada es el epítome de todo lo que está ausente en el imaginario social de hoy, donde el contacto con lo primario y lo “genuino” ha sido radicalmente mediatizado: no puedo dejar de recordar el verano de este dos mil trece, en las playas de Algarrobo, donde un cartel publicitario fue lo más que me impactó. El cartel rezaba (cito de memoria), “Hay un mundo allá afuera”; la imagen la completaban dos niños pequeños y la mano de suponemos su madre, lista para embadurnarlos de bloqueador solar. El fin de la capa de ozono y el paulatino temor que nos aqueja ante una luz solar que ayer no más era buscada con pundonor por bañistas y veraneantes, hoy es una más de las víctimas de un proceso en que la naturaleza (intacta, impoluta) ha dejado de ser un punto de contradicción de la modernidad y más bien ha sido cooptada como otro más de sus bienes transables en el mercado global.

La paranoia ante lo familiar, el bloqueador solar para que los niños salgan a jugar, los bronceados artficiales: una realidad degradada o de segunda mano que es, sin embargo, a la única que podemos acceder. Tal vez el ejemplo más concluyente de todo esto lo entregue Cristobo en “Cómo nacen los héroes”, donde asistir por control remoto a la concreción de lo real no es la excepción sino la norma. Cualquier asomo de épica queda anulado al ser la única posibilidad de intervención en lo público aquello ofrecida por el comment en las redes sociales; no se está en una situación sino en una escena, la cual siempre requiere de un esfuerzo de edición para hacerla encajar en nuestra percepción, tal vez errática, de la misma. Quizás por eso menos que en estrofas el poema está distribuido en fragmentos, los cuales si bien mantienen cierto hilo –difuso– de un sentido que no equivale a una narración, tampoco parecen cuajar por completo en una unidad. La radical recomposición que supondría una lectura que impusiera o desentrañara un significado para este último poema del libro (y así, tal vez, lo hiciera retroactivo al conjunto de los poemas previamente leídos, en tanto cierre o conclusión del volumen), parece imposibilitada por su propio carácter fragmentario.

Se dirá que toda lectura es una interpretación y por lo tanto el mismo hecho de escribir acerca del texto supone estudiarlo a partir de una clave, una llave maestra que nos “explicara” el texto. Prefiero, de ser posible, quedarme en un paso previo, seguir o intentar seguir sus ramificaciones, sus puntos de fuga antes que una totalidad de sentido que Krakatoa (me parece) no alienta. No se trata de abrogar un sentido, pero sí de darle paso a varios sentidos en lugar de sólo uno.

Decir que esta es la poesía que se escribe en Argentina después de Arturo Carrera sería muy poco, aunque algo haya de eso. Cristobo es contemporáneo de Díaz, Llach, Raimondi, Mattoni, Mariasch, Gambarotta, Laguna y Cucurto, entre otros. Creo que hay ciertos puntos de contacto con algunos de ellos que son innegables, aunque filiarlo de esta manera tampoco explica al cien por ciento este libro. También Cristobo pasó una larga temporada por Brasil antes de largarse a Barcelona, donde también ya lleva cierto tiempo. No por nada el exilio voluntario está presente entre sus páginas, como otra variable de sentido que no puede ser ignorada. Las posibilidades son muchas y nuestra labor aquí no pasa de ser una invitación para explorarlas.

De Krakatoa (Zindo & Gafuri, 2013)

El regreso de Max

Toda la noche estuvo transmitiendo
con el handy; en directo
desde los pantanos -los bolsillos repletos
de babosas, la voz
de vendedor de seguros, soñando interferir
aquel radar: miraba, daba otra
sensación, semejante a la chica
que habían extraviado
en el campo de baseball; y eso fue antes del salto
con la máscara sucia. Agachado, su crawl
entre los pastizales le dejó la camisa recubierta de abrojos –como
un erizo, decía: “vuelvo; es igual
que una rueda
que se suelta, y sigue andando sola
por algún tiempo más”.-

Una doctrina de la circulación

Cuando te llevaron a conocer las avenidas del centro
sólo te acariciaste las rodillas. Esperaban, en tu
entorno, que adivinaras cuál de ellas había sido diseñada
siguiendo los principios del Kundalini Yoga y cuál
era conocida, entre los taxistas, como “el brainstorming
de los luchadores de Sumo”. No pensabas
que tu familia pudiera correr peligro, pero tus virtudes
quedaban amenazadas por el cable
que tu gobierno había emitido respecto de
nosotros: ¿quién más podría decir
que éramos ciudadanos “de peluche”? Irradiaste cariño,
después desinterés, más tarde un pésimo gusto
culinario. Técnicamente, tus observaciones resultaban
brillantes; fuiste el primero
en hacernos ver que, como antes los coches amarillos de las
auto-escuelas, ahora eran los galgos
los que representaban lo último en paisajes urbanos; el único
en analizar el impacto de las tinturas para
el pelo en nuestra convivencia callejera.-

Otro trimestre de éxitos comerciales

Minutos antes de la cumbre, fingimos ser
un cuestionario de visibilidad, una
orden de desalojo escrita con el índice
lleno de crema
sobre toda la cara, y juramos oírnos respirar como en una risa
pregrabada. Y luego, en
el mismo sketch, pero en la siguiente
temporada, agregamos
el paisaje de una central atómica, y más humor: “los desahuciados
pueden ser un blindaje térmico durante una semana
o dos” Así fue: y
crecimos, en el TGV
de nuestro electorado, escribiendo Cómo
recibir una cadena de iglús en adopción
y éxitos
similares; impulsando
este cardumen, también bajo legislación boreal y luna
llena, mirándonos sonreír en el estanque. Y también
así, mientras
desayunábamos, nos regalamos el hexagrama
de las apropiaciones relleno de licor y mousse, con un
jadeo de felicidad, en una
delicatessen lingüística. Aunque pensar
no sea eso, nos mantenemos
en un espacio seco y fresco, casi
al vacío.-

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