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Sobre El héroe del líquido de Raúl Mansilla.

Por Mario Verdugo

A menudo me pregunto qué pasaría con el noventa por ciento del hard-boiled si le sacáramos las descripciones de “fracasados”, o qué sería de un porcentaje parecido de novelas chilenas –sin importar el género o el periodo– si no figurara en ellas al menos un sujeto de provincias, haragán, ridículo o medio ciego. ¿Y qué quedaría de la relación entre poesía y copete si le quitásemos todo lo que se nos antoja cliché, obligatorio, canónico o automático? Bueno, tal vez quede este libro de Raúl Mansilla. Leyendo los primeros veinte textos de El héroe del líquido, uno podría recuperar la fe en el formalismo ruso y convencerse de que la literatura es en efecto un vehículo de resistencia contra el lengüeteo, o sea, contra los usos más obvios del lenguaje. No significa ello que Mansilla se dedique tan solo a subvertir valores o a ofrecer una suerte de reivindicación. El héroe, valga aclararlo, no sale del poemario con el terso rostro de Barney Gómez después de su rehab. Lo que se vuelve extraño es la borrachera misma o, mejor dicho, el modo en que supuestamente percibimos cuando tomamos o vemos tomar. En términos casi warnkenianos: una curadera estetizada, una resaca nueva.

Para hacer un libro como el que hizo –pienso–, Mansilla debe ser un capo en el manejo de los tropos. Porque lo suyo me parece retórica de la buena, no de esa que latea cuando se descalifica a un poema por artificioso, por afectado o, precisamente, por “retórico”, sino de aquella otra que genera posibilidades perceptivas. El todo y la parte, el continente y el contenido, la causa y la consecuencia, se confunden de una manera pocas veces ingenua, y con tantas variantes que llegan a dar ganas de consultarle al zopenco de García Madero si se trata de una epanadiplosis o de una hipálage. En vez del vino, fluye el envase, o la botella, o el vidrio; en vez de escurrirse el alcohol, se escurre el pueblo; la sed moja, los litros corren, la osadía se descorcha, y etcétera. No faltan aquí las ambigüedades semánticas y fonéticas (liquideces y liquidados, copas y capas, fuegos de la guerra y de la caña), aunque el truco-estrella se relaciona con los estados de la materia y con el paso de un estado a otro: densificaciones, ebulliciones, petrificaciones y, por supuesto, licuefacciones que vienen anunciadas desde el título y que en nada se corresponden con el auge posmo de lo líquido (¡Zygmunt Bauman, sacúdete en tu aula!).

Que le ponga yo este color con los textos iniciales de El héroe…, y con la forma en que allí se adensan o se diluyen los contornos, no resultará tan antojadizo en caso de que tengamos en cuenta la trayectoria de Mansilla y la persistencia que en su obra adquiere el temita en cuestión. Hablamos, sin ir más lejos, de un autor que participó en cierto colectivo llamado “Celebriedades”, y que ya a principios de los 90 jugueteaba al respecto, publicando Las estaciones de la sed. Pero además están las derivas por el interior argentino, las fotos verbalizadas y los clásicos cinematográficos y literarios (Casablanca, Jeckyll & Hyde, American Psycho) reescritos a partir de la sección dos. En las cercanías del versículo y el epigrama, como un Kerouac o un Giuseppe Ungaretti de las pampas, Mansilla distorsiona también la experiencia del territorio periférico y de la cultura audiovisual o letrada, lo que podría sintetizarse en esa imagen de un hombre que grita entre los escombros y que pide auxilio –cagado de miedo– “a un punto cardinal inexistente”.

De El héroe del líquido (Ediciones del Dock, 1999)

XIII
“Hombres acabados en sus bordes,
todos acabarán igual,
depuestos por la sed,
mientras intentan sacar
su destino miserable de los vidrios.”

EL ORO DE LOS TONTOS

Nada es oro en la mirada del héroe.
La fe ha sido abandonada y no hay nada que inventar.

Nada que curar, nada que nadar.

Nada que negar, las ramas ya están,
sobre el árbol del que cuelgan, líquidos,
el padre del padre del padre de su padre.

Nombres mudos e hijos naturales del alcohol.

Ni cruces de madera en las pupilas dan razones valederas.

Ni el arroz arrojado por Dios a los felices,
ni las madres recordando su futuro en el espejo.

Oro de los tontos.

El silencio es negro y blanco, sólido y gaseoso,
y se proyecta líquido en la pupila del héroe
que mira la vieja foto en donde está tan claro el crimen
y tan borroso el asesino.

MUERTE LIQUIDA

Saciada al fin la enorme sed
y envuelto en el objeto de su destrucción
parte hacia el suelo el héroe del líquido.

Procesión de ataúdes de botella,
cenizas de vidrio arrojadas al mar,
hijos quebrados en el techo:
fervoroso panorama de la destrucción.

El único crimen perfecto ha sido cometido,
y un hombre, parte,
espeso,
hacía el líquido final.

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