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Sobre Un hotel con mi nombre de Cecilia Pavón.

Por Ernesto González Barnert

La poesía reunida de Cecilia Pavón sabe encontrar la firmeza en la experiencia y la naturalidad en la reflexión poética, es decir, en esos dos impulsos eléctricos que siempre vienen de lo real, de la manera más fácil y visceral de nombrar algo, de decirlo, recibirlo no solo para sí, con fuerza, sin descuidar la precisión, a través del lenguaje siempre cercado en Latinoamérica de lo que muchas veces apenas se dice o se dice sin decirlo, esa sabiduría intuitiva que va de rama en rama, esa cercanía y llaneza que de tan obvia invisibiliza su potaje poético para los novatos, cuando es todo lo contrario. Obviamente Pavón no es la clase de escritor que se maravilla con todo. Para maravillarse en el marco del “don de fluir” hay que ser por lo pronto no bobo. Tener una goma de borrar del porte del mismo lápiz que se usa, cierta capacidad de herir y ser herida, demostrar aguante.

Donde el amor sea cual sea su matriz devenga ternura, obsesión en los detalles, en los gestos que saltan, en la poesía de lo concreto, la intuición de lo inenarrable. Todo eso sí supervisado por esa crueldad de la que hace gala y que planea sobre buena cantidad de sus textos como atajo a su hipersensibilidad, a ese sentimentalismo descarado y acucioso que le brota a borbotones, a esa necesidad imperiosa de establecer un nexo no solo con lo propio sino con lo que la excede, porque es marcadamente una chica solitaria la que de pé a pá escribe en este hotel. Y no tengo claro aún si la condición sine qua non de los hoteles, de ser de paso, le acomode bien. Tengo en mente a Nabokov haciendo de un hotel en Suiza su residencia cuando las ventas de Lolita se lo permitieron.

Ante esa crueldad que subyace casi como tronco estructural de la obra, la recubre astutamente con el velo de la ingenuidad de su yo poético a manchones sobre los poemas, la ingenuidad que deja hablar en los momentos de presión o de descanso, en sus pie forzados, en su ejercicio narrativo sugerente y atmosférico, para que la sigamos aún con más decisión, embobados de su maña, de esas falsas notas dulces mientras te lleva al cadalso de su educación sentimental.

No es una escritura triste. Hay tristeza sí, de la mejor cepa, la que nos refleja. Pero la sostiene esa clase de felicidad que sobrelleva todo aquel que paladea la lucidez propia del día a día, la enfrenta a los demás, como una pequeña vela entre una y otra oscuridad, como un cayado natural a la vera del sendero urbano.

La poesía es un ensayo que hace frente a su realidad y no a la cristalización de la forma. Pavón lo sabe hasta el hartazgo. Como sabe también que cualquier necio puede escribir en lenguaje erudito. La verdadera prueba es el lenguaje corriente, como diría C. S. Lewis. Y con decirlo tampoco hemos avanzado mucho en la entrada del hotel mientras la vemos decirle algo al oído del tipo que atiende en recepción. Creo que Cecilia estaría de acuerdo con Pablo de Rokha, no en el torrente, pero sí en lo que corre río abajo, es decir, que hacer arte es hacer lenguaje, un lenguaje extraño, espantoso, deforme, dinámico, flexible y claro como un río para aquellos que tienen la luz puesta en sí mismos. Y se aboca a ello con el equipaje necesario.

De Un hotel con mi nombre (Mansalva, 2012)

VOS y YO

Hablemos como si no existieran más escritores que yo y vos
como si no se hubiera publicado nunca ningún libro en la historia de la humanidad como si los libros todavía no se hubiesen inventado
como si nosotros estuviésemos recién formando nuestras primeras letras.
De repente, el concreto se derrite y las avenidas
se transforman en olas de material viscoso
Miramos todo desde el piso 13 corriendo agitados por el balcón.
Algunos dicen “ya pasará” “ya pasará”. Pero es el Apocalipsis, los libros no existen, es el Apocalipsis, no existe la literatura policial ni la poesía argentina. Todos los libros quedaron sumergidos en un sótano que se inundó.
Inventamos nuestras primeras letras haciendo marcas en parquet con una navaja suiza.

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