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Sobre El Gran Dorado de Daiana Henderson.

Por Fernando Ortega

La petición que me llegó para que hiciera una reseña del libro El Gran Dorado (Daiana Henderson, 1988, Paraná) confieso, me pilló desprevenido. Me sacó bruscamente de otra lectura y me llevó directo a la mente de Daiana, a su vida íntima. Y pienso “no sé cómo voy a salir de esta” porque el libro es bueno y cuando un libro entusiasma cuesta escribir sobre él: se pierde perspectiva, uno se queda en la lectura misma y piensa “lo mejor sería usar el espacio de la reseña en poner estos poemas y no mis palabras que estorban”. A modo de disclaimer advierto que cometeré la necesaria imprudencia de citar fragmentos para ejemplificar ciertas ideas, disminuyendo drásticamente el sentido de unidad que una escritura apegada a la prosa, como la de este poemario, exige.

El Gran Dorado es un libro autobiográfico en el que se muestra con nitidez lo que cualquiera de nosotros(as) podría vivenciar; la autora dice: (las cosas que nos pasan / les pasan a otros) y la plena conciencia de ello es notoria en el poemario. Si el hecho de escribir de la manera más “auténtica” (dejando el artificio para la corrección) determina establecer conexiones con los demás (los potenciales lectores), entonces este libro, a pesar de sus pocas páginas, resulta abarcador.

Imagino a Daiana en un laboratorio, viendo por un microscopio las muestras de las imágenes que ha recolectado en la semana, en su propia casa, en una borrachera, en un viaje en bus. Y encontrando el mensaje que quieren decir estas imágenes, ella en delantal blanco, absolutamente aséptica, anotando estos mensajes vistos en el microscopio para que nosotros los leamos.

La escritura de Daiana es aséptica, exigente consigo misma, pero a la vez suelta, traduciendo a un modo coloquial el mensaje microscópico aquel (exacto en su ciencia y lenguaje), como los diálogos perfectos que se dan en las películas en una escena cualquiera, cuando en realidad hubo un todo equipo de guionistas y harto trabajo detrás.

*

Este libro, de pocas páginas, es abarcador por utilizar en sus líneas una gran cantidad de recursos, hábilmente dispuestos por la autora, quien los utiliza en beneficio de la historia que nos quiere narrar (la suya propia). Uno de estos recursos es la siempre fértil relación entre imagen y palabra. Varios poemas me hicieron pensar en el estilo de Gonzalo Millán:

Llegamos y está amaneciendo
en la esquina del mar y la punta de rocas
del morro sobre el que están las cabañas.
El sol, que es un tubérculo debajo del horizonte,
se prepara para saltar como un jugador de la NBA
en la cámara lenta del replay
y empieza a incendiar con un naranja furioso
todo el mar como si fuera
una superficie de querosén.
Nosotros, que estamos en la arena
desde el lado opuesto,
ponemos el pecho y esperamos que el fuego
nos llegue como un disparo, de todas maneras
iríamos a morir de sueño dentro de poco.

En el incendio descrito veo el mismo “naranja” terrible, como la vida misma, que Frank O’Hara menciona en el poema “Por qué no soy pintor”; quizá lo anodino y prosaico en la escritura de Daiana dialogue con este tipo de poética.

En otros poemas se explicitan los elementos del lenguaje cinematográfico, planos, tomas, escenas:

(..) Hace unos segundos me vi llegar
por el pasillo en un plano secuencia

(…) Lo mismo que con Sofi, que estudia foto,
y que en el viaje nos reíamos de cuando vi
a esa señora encorvada, en Bolivia,
a pasos del Titicaca, subiendo una cuesta gris
contrastante con la tela multicolor
llevando a su hijo en la espalda,
y yo, instintivamente, dije
mirá Sofi, ahí va una foto.

… en fin, tanta visualidad, tanta capacidad de registro anima a la autora a citarla dentro de sus poemas. Dice Daiana:

(…) Cuesta creerle a los ojos

(…) Voy tranquila
por el camino de tierra
y al algarrobo le agarró
una enfermedad terminal.
Pobre, el virus de los otoños.
Lo acaricio con la mirada
y sigo.

(…) Esa estrella brilla tanto,
hace que me duela el ojo, me pincha.

De cierta manera, este último verso resume una de las “armónicas dominantes” del poemario (entendiendo que el libro está compuesto por otras armónicas menores, cuya sumatoria da el tono general). Esta armónica dominante es de carácter extrovertido. Un ejemplo nítido de este registro está en el poema Colectivo maquinario, de casi 7 páginas, cuyo argumento es la lucha de la poeta por apaciguar los pensamientos que durante un viaje en bus le taladran el cerebro; batalla que es relatada movimiento a movimiento, con lujo de detalle, golpe a golpe. Casi en el final, ruega:

(…) Más de cerca me veo, por fin, dejando de escribir.
Ahí está.
Ya está.
Ahora sí,
te pido por favor, poema,
andate a dormir.

En este punto me gustaría destacar una particularidad en la composición del texto: hay un logrado equilibrio entre esta soltura del habla (extroversión, quizá sobreutilizada en unos pocos textos) y el imprescindible ensimismamiento necesario para lograr los registros visuales, que no se agotan en la mera imagen, sino que confluyen (particularmente en los textos cortos) en resoluciones formales (cerradas) de problemáticas existenciales –aparentemente- en desarrollo. Para ejemplificar lo que quiero decir, compartiré, casi sin editar, las impresiones de una amiga académica de la USACH (Universidad de Santiago de Chile) a la cual le envié el pdf del libro, indicándole que la autora tenía (aprox.) 24 años. Espontáneamente, mi amiga responde:

¿¿¿¿¿24 años???? ¡Ojalá yo hubiera tenido esa claridad a los 24!

El tener la capacidad de darle un sentido más allá de lo aparente a cosas que son tan comunes y corrientes es algo que de verdad admiro (y, confieso, envidio, y no “sanamente” como dicen los hipócritas).

Y poder decirlo en palabras también tan comunes y corrientes, sin eufemismos, sin metáforas rebuscadas ni barroquismos que más lo que nos complican a los lectores. Además que utiliza su propio “dialecto” argentino, no hay esa tendencia tan artificial de escribir como que están con el diccionario de la RAE al lado. Es realmente como estarla escuchando, más que leyendo.

Y continúa:

Realmente tiene cosas que decir; desde su mundo tan argentino, pero también tan chileno, tan peruano, tan … (sigue tú). Desde su voz de mujer joven que ya ha vivido una vida entera, más que cualquiera de nosotras. Y lo que es aún mejor, por lo menos desde mi punto de vista: no cae en ese [maldito] esquema de la voz feministoide que tanto les gusta a algunas iluminadas que andan viendo sexo hasta en el cepillo de dientes.

En realidad yo no hubiera podido haberlo dicho mejor.

*

La actitud de Daiana hacia el oficio mismo otorga pregnancia a todo el poemario. Dice un texto:

Escribir
sobre lo que se puede escribir
es como pensar en ser
lo que podemos ser,
¿por qué no quedarse quieto?,
¿por qué mejor no dejarse?,
charlar con el que
va sentado al lado, en vez
de poner esa cara de
“hacia donde voy
es un lugar misterioso e importante
y todos me esperan allá”.

Daiana es consecuente: pocas veces vislumbramos cuentos rebuscados, profecías y misterios insondables; y si los hay, ya es tarde cuando nos damos cuenta que nos miran de frente, porque los disfraza, a la manera de Raymond Carver, para que nos pillen con un desfase:

(…) Se quedó un tiempo prolongado
mirando en los azulejos las manchas duras
de jabón y dentífrico.

(…) Si sabemos,
todos hemos pasado
por ese momento
en que salimos de la ducha
y nos quedamos
sentados sobre la tapa del inodoro
desnudos
y con las manos agarrándonos la cara,
para que no se nos salga,
para que por lo menos
eso nos quede.

Va sin rodeos, sin misterios. Se habla a sí misma. Se cuestiona las palabras que se habla a sí misma:

(…) no quisiera adelantarte nada, no quiero arruinarlo,
ni responsabilizarme de los habría,
son un pésimo tiempo verbal, ¿sabés?
realmente pésimo, deberían prohibirlos,
sancionar su uso con años de encierro
adentro de un galpón, con techo de chapa
y paredes de hormigón, sin música.

(…) Dice que tuvo una infancia normal
pero que está seguro de que lo que tuvo
de feliz, lo tuvo de desazón.
Usa la palabra desazón.

(…) Bueno, me voy al super, le dijo.
Bueno, hablamos.
“Hablamos”,
esa expresión de mierda
le quedaba muy mal.

Mención especial para el poema titulado “17”, en que se habla a ella misma cuando tenía esa edad (disponible al final de esta reseña). Al momento de escribir lo que se habla, pone la energía en un centro gravitacional que aniquila cualquier intento de escape: salvo algunas excepciones, vence la tentación de acabar el poema con una salida/resolución a modo de “cierre redondo”, tan estandarizado y predecible a estas alturas del circuito.

*

Varios poemas nos ofrecen escenas cotidianas que apelan a otras personas o lugares, las cuales se van intercalando con una especie de “metafísica del hogar”, en donde se devela su vacío, la conspiración entre la palabra “hogar” y el modo de relacionarla con calidez y seguridad, cuando muchas veces es escenario de íntimas tormentas mentales. Dichos escenarios, claustrofóbicos de alguna manera, suelen ser las partes de la casa: el patio del primer piso (donde caen las compoteras y se oyen nítidas las discusiones de los vecinos), el baño, la cocina (En una cocina de Rosario): en ella, la atención también se concentra en los electrodomésticos:

Dos lucecitas verdes del módem en la oscuridad
titilan como si estuvieran asustadas.
Del freezer sale un ruido de viento polar
que me hace pensar que hay mundos
adentro de las cosas (…)

y Gonzalo Millán le contestaría a Daiana (de la misma familia que él, sospecho) su pensamiento con el poema Mitos:

La gallina, la vaca, el cerdo
son animales inverosímiles;
logotipos de marcas registradas.
Todo ocurre en el refrigerador
entre el crepúsculo y el alba;
las yemas y claras de los huevos
consolidan en cubetas de hielo
con docenas de concavidades.
El tocino rebanado por sí solo
cae de las lardosas paredes.
Mientras soñamos
hablando en lenguas muertas,
mugientes, cacareadoras, porcinas,
el refrigerador ordeña la luna.
¿No han oído acaso su canturreo
alucinado en la duermevela?
Y al despertar nos aguardan
fritos los huevos y el tocino,
el vaso de leche fresca y fría.

No puedo evitar hacer estas conexiones, probablemente el lector descubra muchas más en este poemario nada pretencioso, que a punta de observación y -deduzco- varias correcciones, logra situarnos de lleno en una vida que en partes podría ser la de cualquiera de nosotros.

 

De El gran dorado (Ed.Iván Rosado, 2012)

 

17

En casa nunca se pudo fumar.
Es raro porque siempre hubo tíos
y primos, que lo hacían en las reuniones
y los demás lugares.
Creo que es culpa de mi hermano mayor,
debió haber roto con la no costumbre
de arranque.
Igual es evidente, el olor del pelo es indisimulable,
y en las carteras habitan algunos encendedores.
Yo me he acostumbrado a vivir sola y cuando quiero
salir al balcón, para que no quede
olor a tapita de cerveza
convertida en cenicero
un sábado lleno de gente.
Es la noche anterior a nochebuena en casa,
todos duermen,
voy a fumarme un cigarrillo al fondo,
pero, en vez de fumarlo,
es como si lo estuviera respirando.
Supongo que nos volvemos a encontrar, chica de los 17,
estoy más rubia que entonces, y tengo otros amigos,
por suerte mejores que los de antes.
Me da frío. Voy a la churrasquera,
a tirar el humo adentro de la chimenea,
para que se reúna con el resto.
Me encuentro con lo que quedó
de lo que prendí fuego la semana pasada, el contenido
de toda una caja de recuerdos de papel.
Ahora todo es gris y negro,
algunos metalizados. Deben ser las fotos.
Lo único que sobrevivió es la tarjeta de un boliche
de San Bernardo, me acuerdo bien de ese verano.
Supongo que nos volvemos a encontrar,
chica de los 17, y que tenés algo para decirme.
Lo lógico sería que yo esté acá parada,
haciendo bailar una mano,
dándote un consejo por la experiencia,
pero aparentemente tenés algo que decir vos
y yo necesito escucharlo.
¿En qué momento perdí lo que no sabía tener?,
¿y cuándo las cosas que vivimos pasaron a ser
parte de una lista, lista para ser carbonizada?,
¿cuántas y cuán pocas cosas habrán muerto
en ese último incendio?
Aparentemente has perdido la voz
o nunca aprendiste a hablar,
no sabés mantener tus principios,
ni sostener tus opiniones,
supongo que todavía tenemos algo en común.
¿Es que vos me abandonaste o yo te dejé
con una risa malévola, como si estuviera
clavándote un alambre entre las vértebras?
Hemos crecido en familias diferentes,
hemos creído en gente diferente,
hemos escuchado distintas cosas
y entendido otras cantidades.
No se sabe qué es mejor:
si fundirse en una cola de gente que se empuja
para ser normal, esquivando con los pies
los tacos agujas de las niñas incautas
y poniendo la cara de mayor de 18,
o fundirse en la cola de gente que se empuja
para dejarse ser rara.
Supongo que eso también pasa en los 17 de hoy,
donde pueden expresar su autenticidad
a través de un estado de facebook.
Uno nunca está preparado para dejar de tener esa edad
y a nosotras dos, por lo visto,
ni la ingenuidad ni la reflexión
nos han llevado a ninguna calma,
por lo visto, ninguna de las dos hemos sabido
dejarnos querer.
Supongo que nos volvemos a encontrar,
chica de los 17,
ojalá pudieras abrazarme,
ojalá pudiera prepararte un café con leche,
o vos a mí,
ojalá pudiéramos compartir un cigarrillo
aunque en el paquete queden 19, mientras miramos
los capítulos viejos de los Simpsons y esas cosas
que nunca cambian,
como los colores de las botas de goma
y casi dejarnos reír con el capítulo de Halloween
en que Bart tiene un gemelo malvado en el altillo,
simular que no nos da miedo,
simular que nos da gracia,
que está todo bien.
Ojalá volvamos a vernos, ahora seguro debés irte,
hasta las 3 las mujeres entran gratis
en las vidas de otros.
Quisiera preguntarte si es que olfateabas
ciertas tragedias, o simplemente
las esperabas.
Supongo que la poesía ya estaba golpeando
la piel del abdomen. Claro, no se puede escribir
desde un galpón lleno de ruido. Al salir sí,
pero siempre estabas entrando, ¿no?
Mañana es nochebuena, a tu edad yo esperaba
que no lloviera
y los fuegos artificiales eran una guerra entre mi tío
y el vecino. Aún no sabemos su nombre.
Me aturdían.
Siempre me aturdieron, pero, antes,
los oídos, ahora me aturden los recuerdos
y me quedo mirando las explosiones de chispas
de colores que Kerouac supo describir
como arañas entre las estrellas.
Ay,
no conociste a Jack, qué lástima,
te hubieras enamorado de todo su precipicio,
pero te hubieras asustado, también,
así que mejor,
somos tan distintas.
Perdón.
No quisiera adelantarte nada,
hay que dejar que las cosas sean
y no estoy pensando en El efecto mariposa,
vi esa peli a tu edad, me pareció una buena película
de ciencia fi cción, pero después me hicieron verla
en psicología, como ejemplo de un caso de esquizofrenia,
entonces era otro género, no era ciencia fi cción.
Creo que la interpretación hubiera cambiado
al leer la sinopsis, nunca lo hice,
bueno, vos debés acordarte, debe haberte sucedido
hace poco.
En serio,
no quisiera adelantarte nada, no quiero arruinarlo,
ni responsabilizarme de los habría,
son un pésimo tiempo verbal, ¿sabés?
realmente pésimo, deberían prohibirlos,
sancionar su uso con años de encierro
adentro de un galpón, con techo de chapa
y paredes de hormigón, sin música.
No quisieras meterte ahí adentro,
sos muy chica todavía, pensás que la tenés muy clara.
No.
No pensás que la tenés muy clara, sólo te haces,
para eludir la idea de que la vida pueda ser
un poco más cableada de lo que puede verse
en el diseño urbano.
Las cosas irán siendo más inalámbricas,
eso puedo decirte, aunque te podés imaginar,
pero eso no quita el cablerío que hay de fondo.
Muchas veces he preguntando si alguna vez
se han dicho a sí mismos que nunca
hubiesen imaginado que la vida era esto.
No recuerdo ninguna respuesta, lo que significa
que nadie me dijo nada, a lo sumo habrán hablado.
Quisiera preguntártelo, pero para hacerlo
debería mostrarte lo que es la vida hoy
y no sería justo,
merecés seguir liberándote adentro de un galpón,
en navidad salir a bailar a lugares abiertos,
aprovechar que vivís en una ciudad de río,
ver cómo el mundo se espeja en el agua marrón,
no sabés lo que vas a extrañar ese agua,
no sabés lo que va a gustarte,
vas a querer estar más de aquel lado que de éste,
la tierra es aburrida
o demasiado divertida, un exceso de cable.
Quisiera decirte una cosa,
y espero no arrepentirme:
dejáte envolver pero no atrapar,
andá al galpón, hacé tu baile, no el del videoclip
de chicos jugando voleyball en la playa,
esos chicos no existen.
Queré mucho, dá sin cuestionar,
no te preguntes demasiado todavía,
ya habrá tiempo para eso en otra edad,
y espero que en alguna haya tiempo para respuestas,
quizás sea en los 17,
quizás eso has venido a decirme,
quizás si prendieras un cigarrillo esta nochebuena
frente a toda la familia
yo hoy no tendría necesidad de fumar
y de escribir luego por encontrarme
con el resto de un deseo pirómano de prender fuego,
cada tanto, lo que queda de vos.
Y a la vez, es como si te estuviera invocando.
Hacé deportes, leé por placer,
preguntá cosas que parezcan obvias,
después no vas a animarte.
No escribas mucho, no te quemes,
no pierdas tiempo con eso.
No apuestes,
no te saques demasiadas fotos, después terminarán
la mayoría con hongos
y pegadas entre sí o prendidas fuego.
Sacá fotos de lo que hay a tu alrededor,
acostate a la hora que quieras
y escuchá música.
Mirá los Simpsons, algún día vas a necesitar un capítulo
para ejemplificar lo que querés decir.
No confíes en todos, pero si confiás, confiá.
Y no fumes,
hace mal a la piel y te deja olor,
es un hábito horrible.

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