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Sobre Blaia de Marcelo Díaz.

Por Juan Malebrán

Blaia de Marcelo Díaz es un trabajo de lectura fluida, pero no lineal. Lleno de claves, de datos que permiten ir comprendiendo sin llegar a hacerlo del todo, la intimidad de las coordenadas que el autor va trazando a lo largo de los 36 textos que lo componen.

Una obsesión cartográfica, un trovador delirante, un guardia de seguridad y su crucigrama, una serie de problemas de física. un punk que nunca lo fue tanto y un topo que permite con sus laberínticas recamaras que uno entre y salga siempre desde y hacia distintos lugares. Un libro como un corazón o un trébol, que tras una segunda lectura ya es todo un mundo girando sobre sí mismo, exactamente como el mapa de Abu Abdallah:

(…) Más llamativa debiera resultar, sin embargo, la forma circular del mapa, y el hecho de haber sido pintado sobre una madera a la que se le practicó un pequeño orificio en el centro, lo que permite calzarlo sobre un soporte, y girarlo, para comodidad de quien lo consulte, de modo que al girarlo, lo que era abajo es arriba, lo que era arriba es abajo, lo que era derecha es izquierda, lo que era izquierda es derecha.

Una obra que además de abordar el territorio como representación gráfica o bosquejo “permanentemente provisorio”, contiene toques de humor que bien podríamos catalogar dentro de lo pop. Un “poperismo” que se reconoce muy propio de “lo argentino” literario, en el que Mickey, Batman y los filantrópicos The Clash se pasean junto a nombres que obligan a abrir el buscador para rastrear a los que no se conoce, con la sospecha de que éste sea un acto inútil -maniobras del despiste- pero no. Ahí están, con sus curiosas historias que luego se entrecruzan en la geografía de este pequeño mapamundi: Oroncio Finé, Peire Vidal, Bernart de Ventadorn o el mismísimo pueblo de los Canacas. Una amalgama curiosa, por donde se mire, en la que desde el comienzo destaca un personaje bastante singular:

Jaufré Rudel de Blaia fue un muy gentilhombre, príncipe de Blaia. Y se enamoró de la condesa de Trípoli, sin verla, por lo bien que oyó hablar de ella a los peregrinos que volvían de Antioquia. E hizo de ella muchos versos con buen son y pobres palabras (aunque hay traducciones que prefieren “palabras simples” y otras, “palabras sencillas”).

La sencillez ante el encantamiento y la imposibilidad, o directamente el absurdo del enamoramiento a distancia -sumado, por supuesto, al de las palabras- hacen de este personaje alguien bastante entrañable. Sin embargo, debo decir que de entre todos, me quedo con el guardia de seguridad y con el topo. Con el primero por su ensimismamiento. Nada ocurre a su alrededor excepto el interés por llenar los cuadros que le faltan. Nada interesa más que lo suyo. Permanece, como bien dice Marcelo en el primer texto que lo menciona “ajeno”. Sumergido por completo en este pasatiempo en el que las horas se pierden en busca de hacer calzar las palabras. Y el segundo, porque a lo largo del libro va y viene subterráneamente obligándonos al enfrentamiento con una serie de problemas que, a pesar de poseer una estructura matemática, esconden en sus interrogantes otros asuntos, tan enrevesados como su naturaleza misma.

Obviamente la ceguera hace lo suyo y ahí la fascinación por la extrañeza de un trabajo de cuyas razones sospecha hasta el mismo bicho, pero que ejecuta con una completa convicción. “Todo lo que es posible decir al respecto es que el topo planifica con las uñas”, nos dice. Y luego agrega: “Un topo no es un búho, convengamos. Tampoco cava porque sí: negocia un equilibrio entre sus necesidades y los accidentes del terreno.”

Yo no sé si alguno de los accidentes que va dejando el topo tras sus asomos o desapariciones sea el indicado para ingresar a Blaia. Lo mejor es buscar la variante propia. El mapa como mencionaba, en este caso, gira y su diseño puede ser redefinido según nuestra particular conveniencia. Aunque si tuviese que indicar alguno, propondría que fuera: Se ha sostenido, no sin razón, que la cartografía precedió a la escritura entre los inventos del hombre.

 

De Blaia (Ediciones Liliputienses, 2012)

 

Problema nº 3

Un topo cava un túnel que atraviesa una ciudad de trescientos mil habitantes alternando periodos de excavación y reposo cuya duración coincide con las fases alfa y beta del sueño profundo. Si durante los periodos de reposo el topo duerme y sueña que cava un túnel que atraviesa una ciudad de trescientos mil habitantes alternando periodos de excavación y reposo en los que duerme y sueña que cava un túnel que atraviesa una ciudad de trescientos mil habitantes alternando periodos de excavación y reposo en los que duerme y sueña que cava un túnel ¿por qué, en el instante previo a cada despertar, el túnel desemboca en una playa en la que alguien saluda a lo lejos?

 

Interrogantes mal formulados llevan a aclaraciones que no son respuesta

Es verdad que alguien podría preguntarse:
¿En qué cabeza cabe semejante historia?
¿En qué cabeza desear una condesa “por lo bien que de ella hablaran”?
Aunque conviene aclarar que ningún trovador diría “cabeza”.
Podría decir còrs, podría decir chan, seguramente diría joi.
Diría vísceras y vibraciones.
La anatomía provenzal confunde órganos y afectos.

 

El guardia de seguridad que completa crucigramas en un rincón pregunta:

Regresar al lugar de donde se partió. Seis letras, vertical.
Vestigio o impresión que queda de algo, por donde se viene en conocimiento de ello. Cinco letras, horizontal.

 

 

 

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Un pensamiento en “Un caleidoscopio topográfico

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