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Sobre Materia de Carlos Battilana.

Por Cristian Foerster Montecino

Materia es el quinto libro del poeta argentino Carlos Battilana (1964). Fue publicado el 2010 por la reconocida editorial Vox, sin embargo, el vulgo lector chilensis (en el que me incluí hasta antes de leerlo) aún no se ha enterado de su existencia ni de la de su autor. Quizás este olvido se deba a que el grueso de la producción poética nacional nos tiene acostumbrados a un lenguaje más bien estridente o performático, que rehuye de la transparencia y la imaginación anodina a la que nos enfrenta Materia. No obstante, sería un craso error leer esta opción de Battilana como algo negativo, pues es justamente esa mirada sobre las cosas y la vida la que se torna inquietante y desde donde emerge la materialidad de este breve libro.

La escritura de Materia se articula a contrapelo de la imagen de un padre muerto. El peso de esta pérdida, su impronta, ha despojado al lenguaje de todo furor idealista, dejando al hablante en un estado de mera remembranza: “Bajo el peso de muchos objetos/ soy una sombra/ que lejos de desear/ administra/ las horas”. Escribir es siempre escribir contra el Padre, contra la sombra que proyecta su legalidad, intentar suprimirla para luego hacerla renacer de otra forma: en una obra, en un poema por ejemplo. Sin embargo, la escritura de Materia se gesta a partir de la imposibilidad del lenguaje (“poético”) de recrear aquella presencia: “Haces sombra, dolor. ¿Es posible/ que pueda, sin mediaciones, tocarte?// Nombro con palabras precisas/ a los seres queridos/ pero/ sin respiración”. De este modo, el mismo hablante reconoce su derrota, ha claudicado en esta tarea, sumergiéndose finalmente en las sombras, volviéndose una de ellas.

Asimismo, estos versos escenifican la doble carencia o imposibilidad que merodea todo el texto: por un lado, la falta de respiración, de hálito vital de los seres queridos que las palabras tratan de revivir; por el otro, la falta de oxígeno del mismo hablante en el proceso resurrector. Es el aire, como medio en que se transmite cierto tipo de tradición –la voz del padre que marca el ritmo de la voz del hijo-, el que se encuentra clausurado y que se ha vuelto sólido: la última y primera materia desde donde se articula la obra de Battilana.

Pero, ¿en qué radica esa materialidad? ¿Cuál es su consistencia y las dimensiones que abarca? Responder estas preguntas, a pesar de su aparente sencillez, no es tarea fácil, pues abordan el misterio de la transparencia que plantea esta escritura. Un padre y su colección de estampillas, un asado entre parientes, una fotografía gastada, entre otras imágenes familiares, entraman el material de un cotidiano ya extinto. Un álbum de recuerdos que intentamos leer más allá de su materia, estableciendo una interpretación que evada el vacío, ese punto cero que queremos rehuir, pero al que inevitablemente no hacemos más que regresar. Sin embargo, es en este punto de no retorno de la escritura, de escepticismo total, donde las imágenes de ese álbum se tornan inquietantes y emerge su literatura. Ellas, que resistieron al “lago ácido de la memoria”, aparecen en el poema atizando las sombras del duelo, arrojando un poco de luz a esa nebulosa.

Es verdad que las vivencias de un individuo resultan minúsculas en comparación a las fuerzas históricas y económicas que conforman su cotidiano, y que la muerte de un ser amado es sólo una mácula más que no alcanza a agujerear el tejido uniformador. No obstante, las imágenes que Battilana rescata de entre las miles que nos acompañan día a día nos recuerdan que: “No hay nada que temer/ estamos abrazados por el campo/ el mundo acontece en ese punto/ minúsculo del universo”. El milagro de la duración, de la persistencia de lo micro contra lo macro, sucede a la luz de las sombras de las evocaciones. Éstas, sin embargo, no aspiran a reconstituir lo pérdido, más bien se limitan a indicarnos su huecos y cómo contemplarlos.

Por último, es necesario señalar que estas imágenes -alojadas en los doce poemas que conforman Materia– no deben ser juzgadas por su potencial carácter poético-divino, si no, como nos señala su epígrafe (“Dioses, no me juzguéis como un dios/ sino como un hombre/ a quien ha destrozado el mar”), por haber sobrevivido a las fuerzas homogenizadoras del cotidiano y por su capacidad de evocar dicha lucha. Así, este breve libro nos invita a sumergirnos y explorar en los restos de una catástrofe individual (y de la catástrofe que implica el mismo individuo) y trazar nuestra propia épica de lo mínimo como la ruta de aquella desamparada materia.

 

De Materia

Parrilla

Sobre el fin de la calle
rumbo al cuartel
hay un asador:

es verano
pero corre una pequeña
brisa.

Mi padre
mi madre
nuestros hermanos
disfrutan de la cena
familiar
al aire libre.

No hay nada que temer
estamos abrazados por el campo
el mundo acontece en ese punto
minúsculo del universo. Tengo
seis años. Conozco
todo
lo que me circunda.
Somos libres
en el lugar.

Mi padre es feliz;
se rodea de sus hijos
de su mujer
tiene información suficiente
para proveernos
durante algunos años:
axiomas, libros, narraciones
de adolescencia.
Ahora que
su muerte es fresca
y reciente, recreo el instante
en que mi padre
distribuye la carne,
las achuras, las ensaladas
en derredor.
Mi madre lo roza con los ojos
y deliberadamente
lo deja hacer
deja que su fuerza crezca
allí, en ese punto
minúsculo del universo.

 

Materia

Miro a los niños. Uno, dos,
tres…El peso de
estos años
fue terrible
y casi no hay paz
en el
aire. ¿Quién
podrá
fuera de la política,
alejado del Capital,
decirme: este objeto
es pequeño
aquella alegría
es versátil
esto se inscribe
en el terreno de la
bondad?

Saludo con mi mano izquierda
a los próceres
del día
y camino
bajo la lluvia
a costa
del pasado.

La línea de la playa
es gris, pero hay
viento. En estos terrenos
fríos la pobreza
no es posible, el constante
sobresalto se vuelve una moneda
real. Apoyo mis pies
en la arena, hago un hoyo
con mis manos,
arrojo
sin tristezas
un poco de materia
al aire.

 

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