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Sobre un poema de El punto más lejano de Santiago Sylvester.

Por Diego Alfaro Palma


“Morir, vivir, ¿Qué color, qué movimiento os distingue”
Eduardo Anguita

Dar vueltas por la librería hasta dar con un autor que sorprenda. Un gesto inútil, como intentar asustarse a sí mismo. Entre el ruido inclemente de literaturas que buscan desesperadas un espacio en el aparador, viajes al extranjero, becas salvíficas, la corredera dejando pasar a una decena de caballos hasta una meta ficticia, encontrar un solo libro, un poema que contenga el espesor de la sinceridad es lo difícil. Y solo lo difícil es estimulante, afirmaba Lezama Lima. Hasta que Eli me pasa un autor de su tierra, Santiago Sylvester (1942), salteño, un lector, ante todo un lector de los buenos, de esos que luego de apilar sus derroteros salvajes escribe, merodea en los espacios vacios de páginas en blanco y se sienta a pensar en la muerte. De esos, me digo, quedan pocos, desaparecen tras decir cosas ciertas, se recrudecen con el paso del frío.

Para 1999 el libro El punto más lejano era inédito, se recogen algunos de sus poemas numerados en la antología Número impar de Ediciones del Dock y es X el que remueve la mirada, uno que aunque extenso dentro de la producción de Sylvester, contiene esa sustancia despedazadora de un impulso verdadero. Dentro de él toda una filosofía ruge: la pregunta por el cómo un ser se vuelve único, identificable: “Cada muerto reclama su singularidad”. E igualmente los amantes son puestos en esa batalla de definiciones: “¿quiénes / somos? ¿Quiénes, él y ella, / somos en la crepitación del agua?”. Lo uno yace cercado por un todo, cada muerte es la muerte, cada amante en su desenlace y desgarradura un instante en la sustancia movediza del tiempo y de lo mismo, al igual que el poema y su lector.

La poesía de Sylvester posee una capacidad de juego en donde entre lo reflexivo se cuelan imágenes, escenas cinematográficas. En X se pasean el mar, un irlandés con un catalejo, “una mujer que, despues de muerta, se pinta los labios”, un “tren de carga fantasmal que cruza por el sueño”. La materialidad de estas instancias se va difuminando en medio de la movilidad del poema, su verso largo y su aceleración. Se vuelve complejo fijar una sola idea, por lo que la lectura se duplica, triplica, existe esa necesidad de ahondar: “Lo bueno, entonces: dejar que esta multitud de apariciones, / ajada antes de tiempo, / traiga el alivio de saber que en alguna parte esta trazado el límite”. Y es en ese límite en el que nos pone a caminar, en el espacio de la diferencia en una cosa u otra y la posibilidad de generar un vínculo entre la palabra y lo inefable, lo que está más allá por desconocimiento. Discutir con la muerte “para no ser su frontera; / y en esta discusión nos vamos entendiendo”.

X es un poema que como latinoamericanos son acerca al tiempo de las desapariciones y de aquellas muertes cuyos únicos rastros son las fotografías de la detención, cédulas de identidad. Y aunque no estamos lejos de que ello siga sucediendo o se repita, Sylvester pone en frente la utopía del dialogo con lo ido, dar forma a una figura que la perdió, forjar el carácter de lo que no alcanzo a madurar. La naturaleza está ahí “sin moraleja” y “en esto reside su poder: el enorme poder de ser quien es”, enseñándonos de alguna manera que ella es ese diálogo interminable con lo caduco y su regeneración. Pareciera ser que en la imaginación del ser humano también habita esa capacidad de regenerar la muerte y que el olvido sea su antagonista, por semejanza la aridez del pensamiento, su complicidad con el deber. “Los muertos flotan en la cabeza” y depende de cada cual brindarles su presencia mediante los materiales de la palabra, un rito, una especie de comunión con lo que desde ya ocupa un espacio mudo.

De El punto más lejano (Ediciones Ruinas Circulares, Buenos Aires, 2011)

X

Los muertos flotan cabeza
abajo en su parto a favor de la naturaleza: todos,
un solo muerto que
espera su ocasión para acoger al muerto único
que alguna vez seremos: cada uno
en diálogo continuo con el punto más lejano, que es
único
y a la vez de todos: de donde todo
viene a ser lo mismo.

Sin embargo,
cada muerto reclama su singularidad. Durante un tiempo
la reclama, obsesionado a fondo por su estado; y aquí estamos nosotros
para dársela: que ese muerto se explique, a ver
si de paso nos explica a los demás.

Dos amantes surgen de la marejada, atados
a la misma suavidad: ellos ¿quiénes
somos? ¿quiénes, él y ella,
somos en la crepitación del agua? ¿hasta dónde
hemos llegado con la desgarradura
de un amor que, por lo visto,
era eterno? Dos,
consumidos por la misma premura, y tan unidos
desbordan lo previsto
que aquí estamos recibiéndolos con sílabas, mejorando
para ellos la caligrafía,
tomando notas, removiendo los mismos materiales como si no
fuéramos todos
otra cosa que dos, haciendo
el mismo ruido.

Haciendo
ruido
saca otro muerto la cabeza: dice palabras, pero
no está pendiente de que las escuchemos: habla
como suena la tormenta, el mar
o un efecto de la naturaleza: y el juego acaba ahí,
sin moraleja. Acaba
con mostrarse,
y
en esto reside su poder: el enorme poder
de ser quien es,
sin más deberes: un irlandés que, según dicen, cruzaba unitarios de
una costa a otra con su barco, con un catalejo que yo he visto y
una manera de mirar el abra que no he visto pero
que recibo en mi casa.

¿Y adónde
quiere hacer llegar su queja
ese otro que, apareciendo en su carácter, quiere dar sentido a lo que tal vez no tiene?
¿Adónde esa mujer que, después de muerta, se pinta los labios; el que
rompe la cuerda destemplada, siendo la única que aún conserva su
guitarra;
el que mide la distancia recíproca entre silla y silla: entre esa silla
en la niebla
y por ejemplo ésta, donde me siento yo?

Lo bueno de estas cosas es que nadie interrumpa, que nadie
acorte distancia, hable
o calle antes de tiempo, perturbe con su actividad;
lo bueno, sabiendo que de esta intensidad solo podemos conocer el sitio
y el despliegue del tiempo: conocer
el instante.
Lo bueno, entonces: dejar que esta multitud de apariciones,
ajada antes de tiempo,
traiga el alivio de saber que en alguna parte está trazado el límite.
Esa mujer negra con una hoja enorme en la cabeza, ¿se protege del
sol que ya no existe para ella
o que ha cambiado de lugar?
El que habla solo en la puna, ¿busca qué compensación, jadeando
sin pulmones, sin la lengua afuera: sin tener siquiera afuera?
El tren de carga fantasmal que cruza por el sueño, inmóvil en la
mañana sucia del andén, ¿prefiere la velocidad del sueño o
la somnolencia fija del andén?
El que vive, pero poco: lo contrario
del que muere su muerte con convicción,
¿reivindica su existencia escasa
antes de desaparecer?

Entre dos
compensaciones flotan los muertos: vida
referida a la vida;
muerte, a la muerte.
Lo que ya no existe es el vínculo,
salvo nosotros que, único
vínculo a mano, aunque mal equipado,
discutimos con ellos para no ser su frontera;
y en esta discusión nos vamos entendiendo.

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