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Sobre Neón sobre las nubes de Francisco Garamona.

Por Francisco Ide Wolleter

No tengo impresora y sale más barato comprar un libro de poesía argentina (lamentablemente llegan pocos, pero si uno tiene suerte y logra esquivar las garras de conocidos usureros, se puede conseguir algo y a un precio accesible) que imprimir 70 páginas en un cibercafé. Ni que te imprimieran en ahuesado los giles. Un robo. Revisé algunos textos que se han escrito en esta revista virtual y muchos caen en la sobrevaloración exagerada del papel digital en un tono bastante kitsch que los sitúa como lectores imbuidos en la actualidad, democráticos o algo así. Entusiastas de la tecnología (confecciones aledañas a la muerte, decía un amigo). Me parece que el pdf es un formato bastante incómodo para leer una novela o un conjunto de poemas largos. Está bien, digamos, para poemarios de anécdotas o haikus del tipo: “en el playlist de mi iphone / tengo el soundtrack de tu corazón / y lo escucho a través de mis audífonos / en medio de la fiesta”, o bueno, para poesía de calidad o ágil al menos y de formato breve. No me mamaría ni un poema corto de Ashbery en pdf (el más corto que le conozco tiene como 5 planas). Garamona escribe poemas larguísimos que reclaman la lectura en papel. Para el papel, incluso, me parecen largos, no sé cómo respira. Digo, me imagino cómo respira. Creo que su poesía está en una medianía, en un desplazamiento entre fronteras donde lo alto y lo bajo se trenzan y alcanzan momentos interesantes. Me parece que la poesía argentina actual, por lo que he leído, es localista en general, de economía interna. Se usa mucho el nombre propio, el anecdotario, etc, en una amalgama de referencias internas, nacionales, difíciles de entender para un lector de otras latitudes. A muchos poetas argentinos que me parecen excelentes tengo que leerlos con el google al lado, muchas veces. No sé, la poesía argentina es más nacional que cualquier poesía nacional. Es divertido y frustrante cuando por ejemplo te explican las variables y oscilaciones del peronismo. Hay que ir a wikipedia cada un segundo o confiar a pie juntillas. En ese sentido me parece que el libro de Garamona es legible, para mí al menos, un lector chileno que lee a poetas argentinos casi como en un juego de trivia. Quizás porque la pulsión de sus poemas está planteada en el prosaico viaje, en el prosaico recorrido en bus por las provincias literales o de la mente. Sus poemas parecen una pista de aterrizaje: por extensión y porque efectivamente se elevan a las alturas de las confecciones alucinadas de murciélagos en reversa surcando la noche o el reflejo de la luna o las estrellas en alguna superficie y aterrizan en el nombre de alguien o en una mujer y sus sueños literales, sentada en el asiento de al lado, o en un vagabundo al que sencillamente se lo cogen. Va y viene de lo alto a lo bajo, aterriza bien. No me quiero extender demasiado, pero me parece interesante la extensión de los poemas. Digo, es histérico extenderse sobre poemas extensos. Son dos pulsiones: lo leve, la anécdota, y la volada. La volada literal:

Tengo en una cajita de madera un poliedro de hierba
para que fumemos, dejando ascender en el aire
a las criaturas nutricias del pensamiento.

Por ahí cita a Girondo. Lo mete entremedio. Supongo que si uno desata el nudo ciego que es Girondo, esa especie de quipu que es su poesía, termina escribiendo poemas larguísimos, llenos de imágenes surrealistas o simbólicas, elevadas, que de pronto se encogen culposas, toman conciencia de la economía, del pudor:

querido Claudio, te escribo desde el silencio
apenas cortado por los camiones que pasan en la ruta:
ayer atropellaron a un caballo y lo dejaron tirado en la banquina.

Me recuerda a Teillier, una calma provinciana hastiada a la vez que enamorada de las cosas de la tierra. Por ahí un punky arando o cortando leña, algo así. Detalles. Me gustan las mujeres de sus poemas. No es una escritura del placer, pero se percibe el placer de la escritura. Quizás por eso son tan largos, por el placer de alargar la escritura, ese “trance” de escritura. Trance es una palabra que le viene bien a los poemas de Garamona, me parece. Un trance lleno de sana vergüenza. Un trance con pista de aterrizaje. Como decía, tuve que hacer un esfuerzo bastante agotador para seguirle el rumbo a Garamona en su Neón sobre las nubes. La pantalla cansa, los ojos se resienten. El esfuerzo cansa. Garamona se moviliza y los viajes entre provincias de los que habla en su libro tienen esa particularidad: uno fluctúa entre el camino pavimentado y entre las piedras o las cosas que pasan por el aire. La ruta, sin embargo, está señalizada. Buena señal que parta con un poema de amor explicito (los únicos poemas verdaderamente de izquierda son los de amor, ¡Cummings es nuestro Maiakovski, camaradas!). Buena señal que el sustrato del libro sea el poema de amor, aunque entremedio de maleza, enredaderas y otras plantas. Sólo puede ser buda lo que no puede serlo.

De Neón sobre las nubes (Santa Fe, Ediciones UNL, 2012)

Eras vos

Ayer me levanté y escribí un poema
de amor sobre la imposibilidad
de escribir poemas de amor…
El grillo que saltó sobre tu cara
era yo, y además era el mismo
que iría a morir contra las dalias,
una noche de verano, pisado
por tus zapatillas deportivas.
¿Cómo decirte que él sólo buscaba amor?
Entre los adolescentes de pelo teñido de dorado,
dando vueltas en las estaciones terminales,
en verano o invierno,
su mensaje era el mismo
aunque ni yo lo conociera.
Una vez una chica me prometió
que iba a ser mi psicóloga experimental
y yo mirando más atrás de lo profundo de sus ojos le creí.
Dormí en sus brazos igual que en una tumba.
Y pude descansar por primera vez.
Volví llorando a casa: había muerto un amigo,
que es lo mismo que decir
que había desaparecido para siempre una parte de mí.
Pero me preguntaba: ¿existe la psicología
experimental o son los besos? Busqué mi suerte
—porque a pesar de todo soy un chico de suerte—
y leí por ahí que la autopsia había decretado
que la causa de la muerte era la autopsia.
La luna se hundía en el río como una madre
con un collar hecho con los huesos
de sus hijos recién nacidos. No sonreía ni nada.
Sólo nos miraba alejarnos tomados del brazo.

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