Home

Sobre Siempre creí que los zombis eran los protagonistas de un subgénero… de Germán Arens.

Por Lucas Costa

Pero los dinosaurios van a desaparecer.
Charly

Apenas comencé este poemario, no pude dejar de pensar en esa obra maestra que es El Eternauta; en esa épica futurista donde nos enfrentamos a un Baires devenido en pánico de apocalipsis: una obra que nos retrotrae al cataclismo contemporáneo quizá, tal como lo hace este libro. O como dice Parra, para no ponernos tan brígidos: “basta de profecías apocalípticas / ya sabemos QUEL MUNDO SE ACABÓ”. Así, en el Chile de primarias y “debates”, la primera imagen que asalta a mi cabeza es la carroñería. De hecho, nuestro emblema altivo y patrio por antonomasia –el cóndor– es uno. El problema está en que estos comen carne en descomposición y los zombis, carne viva. Por tanto, desde el prisma de Germán Arens, cualquier carnívoro puede llegar a ser un zombi más: “No eran zombis Carlos…/ aunque buscaban carne, de eso no hay duda”. Siempre creí que los zombis eran los protagonistas de un subgénero del cine de terror clase B (VOX, 2013) nos cae como anillo al dedo, para plantear de manera sutil problemáticas de calibre situado.

Articulado a la manera de un relato, este libro nos permite adentrarnos en una zona insospechada del poema, donde echar mano a notas de diario, entrecortes de diálogos, discursos (con una notable cercanía al guión) se dan como respiración propia. En Siempre creí… la historia continúa su rumbo, luego que Enrique y su piño dejaran la tierra. Así pasa: cada poema nos presenta un momento específico en la trama, como migajas de un plano donde requerimos su corte, homologándose a las series de tele, donde la tensión se da por la franja publicitaria. De ahí su estrecha relación con géneros –supuestamente– menores, aunque falte chocolate púrpura para asimilarse como cine B. No es la idea pontificar acá sobre los géneros, pero esta obra aboga por una interesante elasticidad del fraseo del poema como un relato en primera persona, una narrativa trepidante: un comic en verso, pero sin viñetas.

Los rasgos de ciencia ficción vienen a ponernos en la mirilla nuestra cercanía con los desastres ambientales, sin dejar de lado una dosis interesante de humor. El problema de la radiación, por ejemplo, ya lo hemos tenido: baste nombrar Chernobil o Fukushima, lugares potenciales donde este libro pueda llegar a ocurrir. Pero ocurre en Bahía Blanca y desde ahí se ensambla: “Bahía Blanca es una urbanización fantasma, / se asemeja a las ciudades abandonadas / de las antiguas películas de ciencia ficción, / una ciudad freaky de construcciones pálidas / en la que parece percibirse la presencia / de sus antiguos moradores”. También se corresponden los ejemplos de pandemias como “la porcina” (AH1N1) o la gripe aviar, de la cual el libro hace referencia o las alertas sanitarias tipo Freirina, lo que nos hace pensar que esta obra está más cerca de lo que parece.

El absurdo o engarce con correlatos políticos, que se crea a través de la alternancia con discursos de presidentes –único libro que se lee en el paisaje devastado–, nos permite entrar en otra esfera de sentido y extrapolar su efectismo para preguntarnos precisamente: ¿qué hacen aquí? Todas estas voces pertenecen a abanderados post golpes de estado (de Alfonsín en adelante), para darle cabida a la ironía detrás de ese recurso: Argentina vive en “democracia” pero –como casi siempre– esta no sirve de nada en mitad de la debacle. Estos discursos se presentan como un paneo verborreico a contracara de la realidad en que viven Carlos Sánchez y compañía. El desastre, de manera paradójica, ha traído sus notables beneficios donde, de esos dinosaurios que son los políticos ya “no queda ninguno” (50).

Con títulos como En una nave comandada por Enrique unos pocos hombres abandonamos la tierra o Siempre creí que los zombis eran los protagonistas de un subgénero del cine de terror clase B, veo un afán por parodiar cierta parafernalia antojadiza en los títulos de best-sellers, pero extremando esa libertad de labia. Título como los de esta “saga” (así podríamos llamarlos) hoy por hoy proliferan en las librerías, sin hacerse cargo de todo lo que puede llegar a decir una pura portada. Lo genial parece desplegarse en que los lectores no nos encontramos con zombis en el libro, ese palo blanco posmo que viene filtrándose hace rato, desde la infaltable Walking Dead hasta ensayos hipsters como Filosofía Zombie. Pero esto no trata de seres de ultratumba y eso lo hace interesante. Siempre creí… tiene la facultad (poco vista en poesía) de “dejarnos metidos”. Ante la expectación de un tercer libro, esperemos que Arens le ponga ojo al reality Mars One, ese proyecto macabro de establecer una colonia humana permanente en Marte, donde quizá lleguen a aterrizar Enrique y compañía. Porque como dice la Kirchner en el poema que cierra el libro: “¡leer los diarios es también un ejercicio militante!”.

De Siempre creí que los zombis eran los protagonistas de un subgénero del cine de terror clase B   (fragmentos)

Mi nombre es Carlos Sánchez,
hace tres años y un día
que vivo entre cuatro paredes de hormigón armado
a dos metros bajo tierra.

Me dicen Sin Rumbo.

La radiación
llegó a Sudamérica dirigida por los vientos.
En el hemisferio norte
murieron la mitad de los habitantes del planeta.

El refugio fue construido por el investigador Pablo Rebich,
quien abandonó la Tierra con destino incierto
en una nave comandada por Enrique.
Una tapa de hierro encubierta en suelo del lugar
se abre a una escalera que concluye en una puerta hermética;
detrás están los sistemas de ventilación,
grupo electrógeno, depósito de gasoil, sanitarios químicos,
filtrado de partículas radioactivas y bomba de agua.
Una segunda puerta comunica al dormitorio.

Tengo agua y alimentos para un año más
aunque mañana dejaré esta vizcachera.

Los valores de radioactividad
indicados por mi detector SMV-2 son bajos
y sin riesgo para mi salud.

Ahora debo dormir.

***

Con una Metal Storm en sus manos Laura estaba hermosa,
una vincha sostenía su pelo rojo y le despejaba la frente.

Gracias…
esa marea cadavérica
estuvo a punto de clavarme los dientes.
¿Dónde aprendiste a disparar así?.

Sonrió sin contestar.

-No eran zombis, Carlos…
aunque buscaran carne, de eso no hay duda,
Los zombis todavía no pudieron cruzar el río.
salvo “El Viejo” hemos destruido todos los puentes de la provincia.
Ayudáme con esto…-
Sacó un cuchillo de cabo verde
y empezó a cortar.-

El “Zopenco” Riquelme te observó todo el tiempo,
mantenemos una vigilancia constante sobre el puente.
Como aquella vez en el año 2009,
¿te acordás?…

(La amenaza había hecho
que las autoridades sanitarias de Río Negro
mantuvieran un alerta epidemiológico constante.
Se habían detectado treinta y siete viajeros
con síntomas de gripe aviar.
La Organización Mundial de la Salud
había anunciado que la principal diseminación del virus
se producía a través del transporte aéreo.
En el país se pospusieron todas las reservas de viajes.
Hubo tres mil trescientas veinticuatro afectados,
murieron setecientas ochenta y tres;
lo recuerdo como si hubiera sucedido ayer:
China demoró en cuarentena a quienes
retornaban de zonas infectadas.
En Estados Unidos se declararon los primeros casos.
En Europa los pilotos de vuelos internacionales
debían informar si trasladaban pasajeros con síntomas
antes de obtener el permiso de aterrizaje.
Corea del Sur, Singapur, Indonesia, Tailandia,
Japón y Filipinas, activaron scanners termales
y examinaban a todos aquellos que provenían de Norteamérica.
En México los afectados fueron veintisiete mil.
El virus se había extendido implacable por todo el planeta,
transmitiéndose de persona a persona.
Los científicos del mundo entero trabajaron en la elaboración de una vacuna.
El impacto fue devastador, nos enfrentábamos
a la peor bioterroristas de la historia: la Naturaleza.
Después llegó la guerra.

Las cosas no han cambiado mucho,
seguimos matándonos unos a otros…
ya no es por tierra, ni por petróleo, ni por agua;
es por carne,
alimento nunca tan preciado como en estos tiempos,
al menos por aquí.)

-¡Tenés que irte, Carlos!…
en caso de quedarte no hay más alternativa
que aceptar las condiciones impuestas por García.

***

La Petroquímica parece un parque temático.
Pablo Rebich alguna vez me había dicho
que la elección de Bahía Blanca
como punto de localización para estas empresas
se había establecido en base a la disponibilidad
de gas etano en General Cerri;
acceso a puertos, rutas y ferrocarriles;
red de abastecimiento de agua potable
y presencia de salinas en la zona.

Hacia el noroeste
pudimos ver parte de la ría,
era evidente que la marea estaba alta.
Hasta hace pocos años llegaban a ese lugar
unas veinte especies de aves migratorias.

Cuando entramos a la avenida Colón
vimos al primer grupo de gente,
en apariencia vagabundos que habían ocupado
el edificio de la lanera San Blas;
dejé mis armas en evidencia, nadie dijo ni mu.
Después, a medida que avanzamos
nos cruzamos con unas cuantas personas más,
nadie nos dio importancia.
Bahía Blanca es una urbanización fantasma,
se asemeja a las ciudades abandonadas
de las antiguas películas de ciencia ficción,
una ciudad freaky de construcciones pálidas
en la que parece percibirse la presencia
de sus antiguos moradores.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s