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Sobre Newton y yo de Marcelo Daniel Díaz.

Por Marcelo Pellegrini

Tengo fama, entre mis amigos, de contar el final de las películas o las novelas que ellos todavía no han visto o leído; me he ganado el odio momentáneo de muchos gracias a esa mala costumbre adquirida sólo por las ganas de compartir una historia. No importa el final de nada, les digo en mi defensa, lo que cuenta es cómo llegamos hasta ahí, cómo, en ocasiones, la solución de la trama está en las primeras escenas o en las primeras líneas, como en aquel famoso comienzo de Crónica de una muerte anunciada que nos revela “el final”: “El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5:30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo”. Seguiré fiel a mi comportamiento al comentar este libro de Marcelo Díaz y comenzaré por su último poema, el que precisamente le da título al libro. Si hay una ventaja que tienen los libros de poemas sobre una película o una novela es que su historia, es decir, el sustrato narrativo que podemos percibir en ellos, no se altera, sino más bien se enriquece si comenzamos por su final. En poesía, los finales son comienzos y los comienzos nos llevan a ese “medio del camino” que Carlos Drummond de Andrade tanto amó, sin que nada terrible suceda. Dice el poema:

La manzana que cayó durante la siesta de Newton
descansa en mis manos
como un agujero negro hambriento de sentidos.
La muerte de los cometas cabe en su núcleo.
Escribo el poema
con lo que tarda un rayo de luz
en aparecer en el mundo.
Newton sabía que los árboles
trabajan a la inversa de la gravedad,
lo leyó debajo de sus pies:
en cada hombre, comprimida,
hay una descarga universal
del tamaño de un planeta.

La mínima inmensidad de la anécdota que todos conocemos vuelve a ser contada acá bajo el amparo de lo que, después de Newton, hemos aprendido sobre nuestro lugar en el universo. Si, como dice Borges en el poema “James Joyce” “[e]n un día del hombre están los días / del tiempo”, para Marcelo Díaz la “descarga universal” de cada hombre nos dice que estamos suspendidos en la nada, ese “agujero hambriento de sentidos”. Pero más allá de la metafísica, este poema también señala el tiempo y el lugar donde se escriben los poemas, o por lo menos, donde se escribe el poema: en un manojo de luz negra arrojado al tiempo. Podemos, entonces, recorrer hacia atrás el paisaje este libro, hacer un paradójico viaje de vuelta por primera vez y explorar con nuestros telescopios la energía oscura que produce su expansión. Pero cuidado: ni los astrofísicos que “descubrieron” la energía oscura saben qué es, y lo mismo pasa con un buen libro de poemas como este; no podemos reclamar para nosotros ninguna certeza salvo la de nuestras observaciones. Y el mismo poeta lo sabe cuando nos dice que “la expansión de la materia oscura / es un hecho / en el que no puedo intervenir”.

Ahora bien, la exploración astral de Newton y yo no se queda ahí. Díaz, conscientemente o no, ha evitado convertirse en una versión siglo XXI del Cántico cósmico cardenalicio, y ha insertado en su historia fragmentos de (su) vida, que, como ya lo descubrió el citado Borges, es infinita y contiene multitudes. Ecos del Godzilla hay acá también, y la música de Led Zeppelin, PJ Harvey y Tool suena al fondo, así como los árboles de navidad y los “restos de containers” que “deja el viento en el horizonte”. La amalgama de lo cósmico y lo cotidiano, como podemos ver en este poema titulado “Nosotros”:

Era verano,
en la superficie de la familia
llovían meteoritos.
Íbamos en auto de vacaciones
y el ruido de una pinchadura
desató el temporal.
No conocía la criptonita
pero aún así era un millón de veces
más débil que Clark Kent.
Papá lloraba por teléfono,
el corazón astillado, polvo lunar
en una playa de estacionamiento.

Marcelo Díaz nos recuerda a cada renglón (no sé por qué me imagino que a él le gustará más que use esa palabra en vez de “verso” porque él se reserva esta última para el universo) que la energía oscura que expande el cosmos es una fuerza mucho más grande que nosotros. De tan inmensa, no podemos hablar de ella, porque es su versión de lo indecible. Si todo poema nace porque hay una ausencia, los poemas de Newton y yo lo corroboran “en una tormenta de escombros”. Estos poemas son una excelente muestra de lo que se está escribiendo allá al otro lado de la cordillera, esa cadena montañosa que compartimos y que, al parecer, nos mandó el cosmos para recordarnos que de él venimos.

De Newton y yo (Cosquín: Editorial Nudista, 2011)

 

Partículas elementales

Subo al techo.
Desde las alturas vuelven las explicaciones
a imagen y semejanza de los vecinos.
Entiendo que un hombre
está hecho de miles de partículas invisibles
que estallan en los zócalos
de las nubes. Que el futuro es una máquina
cortando el césped, en el fondo del patio.

 

Moléculas

Despertamos con manchas solares.
En una molécula
gravita el cuerpo entero de una mujer –dijiste.
Traías una caja de fósforos
y lo único que nos unía era el miedo
de incendiarnos. Aunque de a poco
el fuego se volvió una linterna
que uso para no tropezarme
y tu cuerpo, una isla invisible
que ya no visito.

 

Verano de 1999

Durante unos instantes fue verano en la tierra…
R.B.

En la corteza y bajo la sombrilla
leo Crónicas Marcianas.
El polo norte se ha unido con el sur;
las sandalias hacen contacto con el calor
y la reposera se hunde en la tierra ardiente.
Ray me envía señales de fuego:
Oh, querido lector
de nada vale conquistar
un desierto.

 

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