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Sobre ¡Afrodictum! de Juan Salzano.

Por Héctor Hernández Montecinos

Se trata de un viaje,
se trata de un viaje por una genealogía,
se trata del devenir de ese viaje y de la interrupción de esa genealogía.
No.
Se trata de un yo que se ahoga en sí mismo,
se trata de un nosotros que lo quiere salvar desde la impersonalidad,
se trata de un yo (g)noso-trizado.
No.
Se trata de tratar un lenguaje,
se trata de hablar hacia adentro,
se trata de desescribir lo que allí aparece.
No.

¿De qué trata un libro de poesía? le preguntan
¿Qué trata?
Tratados,
tratamientos,
estratos,
trizar.
¿Cuáles son los límites del lector burgués? le preguntan
¿Dónde quedo yo?
Entender,
interpretar,
hallar una verdad:
Capitalizar un valor.

¡Afrodictum! de Juan Salzano justamente lo que se permite es tratar, intentar, probar, desear los límites de una lengua que no es sólo recicla aire en papel sino también crea su desaparición. No sólo es libro, sino que el suplemento de ese libro, su desdecir. Es como si se tratara de un libro al revés. De hecho, leerlo así es abrirse paso. Decir, dictum, desde afuera, afuera-dictum. No hay verdad, menos veredictum. Las señales son mínimas y las rutas muchísimas. Todo poema es un mapa en un cuarto oscuro. Toda oscuridad es un mapa para los que bailan por la vida oyendo los hilos de las Parcas. Quipus existenciales. Proto programas de virtualidad poética: Trans-hilvania. No es acaso este libro una realidad virtual del lenguaje, y decir realidad es una desfachatez, un vampirismo veritativo.

Tratar es simulación,
intentar develar el fracaso de la representación
de la materia,
energía del lenguaje,
neuma-newen,
agujeros blancos cuadriculados
y manchados con tinta.

Tratar es traslación,
un planeta en busca del padre muerto
edípico,
que no deja de acomodarse
las placas dentales,
que quiere decir
tierra con la boca llena de tierra
que quiere decir océano
ahogándose en él.

¡Afrodictum! de Juan Salzano no busca sus afueras porque está en un inconstante afuera. Inteoceánico. Transforma el puerto en portal y ese es su gesto más brillante. Dimensionar lo que está más allá de la teoría de las cuerdas que amarran. Vibrando más rápido que las palabras que lo componen y lo aprietan. A la velocidad del monstruo a punto de volver a casa. En ese gesto aterrorizado y deslumbrante de quien lo ve mirar el mapa y no reconocerse ahí. ¿Quién es el monstruo? El que se identifica, el que lee queriendo leer, el que escribe queriendo escribir. De eso se trata este libro. Uno de los intentos más fulgurantes de acabar con la línea imaginaria entre lo escondido y lo legible mediante el uso de las propias herramientas de captura de los mamíferos semánticos:
arpones,
flechas,
lanzas,
boleas
de sentido.

De ¡Afrodictum! (Buenos Aires: Allox, 2011) (fragmentos)

Pero acá me bajo –ésta es mi parada. Bajamos ajados y para nada: ¡que nuestro puma se revuelque y se frote los yoes contra el suelo! Colchón de hierbas para este vello durmiente que ahora despierta entre aves y aviones.

Galpones erguidos en el llano y un cartel desgastado que nos guiña: Escuela aeronáutica del ayer falso. ¿Cómo llegamos hasta acá, Don Francisco? ¿Cómo nos vamos de acá, Dr. Disco?

Y nada, salvo un eco seco de baile abortado, nos responde: nadie va al Aire sino por mí.

***

   Trepo hasta mi cuello y encuentro la medalla –sin contornos, estropeada. ¿Qué portaba entre sus puertos?

En esta insignia, ya sin signos, me amuleto. Ameba maga, lo confieso, me recreo: ¿en el goteo gótico, geométrico gateo? Aunque son geometrías sagradas, curvadas, las que disponen nuestro gesto.

Y es en este gen orbital donde el músculo se ejercita, porque no hay agendas en la conversa microbiana. El cristal que nos guía, psicopompo, es un grial fundido.

¡Transparente copa
de luz trans-aparente,
nos vuelvas tu gotera de loas
o liebres de rapiña:
gondoleros o boticarios
de larvarios porvenires!

***

   Estamos en el mapa pero tan lejos de su urbe: en la vecindad de las termitas nos dejamos, para el manduque de otro océano performer.

La enredadera nos tiende sus fumos, su céfira polvera. Por ella nos sumamos a los entrevagidos, a los vahos que agitan el molinete alucinante.

Y si volvemos, no somos ya nosotros, ay, sino otra calesa pirotécnica, otra feria sin límites.

 

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