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Sobre Balbuceos en una misma dirección de Laura Wittner.

Por Carolina Melys
I.

Cuatro imágenes:
1. Todas las palabras del diccionario, diccionarios en distintos idiomas, diálogos, traducciones, palabras con las cuales construir un mundo poético.
2. La palabra Laura bordada en hilo rojo, sobre un bolso azul, fabricado cuidadosamente con máquina de coser.
3. La mentira como forma de represión. Las palabras como falsas construcciones de la realidad.
4. Una mujer agoniza en un hospital cualquiera. No hay tonos ni voces para dar cuenta de esa emoción, sólo la cita: “No aguanto más. Nunca voy a salir de este hospital”.

Estos son cuatro momentos descritos sutilmente en el poema Cómo hacer cosas con palabras. Cuatro herencias, cada momento rescatado de vivencias con cada uno de sus abuelos y abuelas, pilares esenciales en la conformación de una poeta: Laura Wittner (Buenos Aires, 1967). El libro: Balbuceos en una misma dirección (Gog y Magog, 2011). De fondo, el silencio y las infinitas imposibilidades de la palabra.

II.

Palabras a medias, vacilantes, primeras manifestaciones de un proceso. Este es el balbuceo que da sentido a los poemas del libro. Palabras que se pierden en la niebla que rodea una casa, en el aliento que empaña la ventana de un auto, en la ausencia de luz, en el advenimiento de la noche. De esta manera, “Se esconden, los sentidos, /unos detrás de otros. Hacen cú-cú.”

El balbuceo es el recurso elegido para una poesía que desecha el verso ambicioso por considerarlo falso e incapaz de aprehender la realidad. Wittner se burla al preguntarse “¿Quiénes nos creemos /al sol y desvestidos, /revolcados en los torrentes del amor? /¿Ambiciosos directores de una escena sobreexpuesta/ manoteando recursos, utensilios?”

Pero no solo enrostra esta vana ambición, sino que desarma el discurso teórico sobre la palabra poética, “Basta, además; tanta preocupación teórica/ para lo que hay que decir, que nunca es mucho.” Porque lo que Wittner sabe –y sus poemas lo dejan de manifiesto– es que “las palabras andan a empujones. /Por etimología, por contexto, /porque connotan a lo loco.”

Este balbuceo en la poética de Wittner expresa su precariedad, pues la palabra escogida puede ser otra, pueden ser muchas. Entonces, las imágenes que se van configurando, tanto en la ciudad como en el campo, podrían ser descritas “de tantas otras formas”.

Así evidencia las limitaciones de la palabra, pero abre las posibilidades del poema.

III.

El tiempo como la sucesión de postes en la carretera, velocidad que los transforma en una línea continua. Y de esta manera hacer “Que avancen juntos el espacio y el tiempo”. Esto tiene más sentido, dice la poeta. Avanzar hacia la fragilidad de los bordes: “El campamento está armado en la frontera /pero también la frontera es imprecisa /y además, claro, es sólo un campamento.”

El poema se desplaza hacia la oscuridad, hacia los límites difusos de la palabra y de la imagen. En el largo camino hacia la noche, “sin la velocidad de los espacios abiertos /nos subsumimos en zonas apretadas, /pozos a compartir con las luciérnagas”, siendo éstas quienes iluminan y guían la lectura.

Del espacio abierto hacia lo cerrado y cercado, el significado se aprieta en las palabras. El poema imita a la noche, porque en la oscuridad se pueden apreciar los destellos de sentido, se puede dejar de hablar, para oír los árboles, los remos en el agua (“oyendo agua, remos, costas /alrededor, adelante, atrás”), y las piedras (“Y respiran, en realidad, las piedras /en una orilla y hasta hablan- /dicen una, dos palabras”).

IV.

Finalmente, cada vivencia de lo cotidiano, la escena familiar, el cuadro amoroso son bellos en tanto difusos: “Esa cápsula es mágica /mientras siga difusa”. Porque la luz “es desconsuelo: que nos hace nombrar y querer ver”, y estos poemas intentan lo contrario: abandonar el deseo de ver, para sumirse en la posibilidad de oír. Es por esto que elige la noche, la oscuridad para no ver, dejar de nombrar, balbucear.

“Tierna es la noche, parece, nos dijimos. /O qué nos podemos haber dicho”, escribe Wittner. En esa simpleza del verso se resume una poética de lo mínimo, expresa lo trascendente en su levedad. “O qué nos podemos haber dicho”, dice y en esa duda manifiesta lo irrelevante de la palabra, abriendo la posibilidad a todas las demás voces. Porque lo que hay que decir, finalmente, nunca es mucho.

De Balbuceos en una misma dirección

Esta mañana

Una niebla casi sólida gira
alrededor de la casa.

Se pega al vidrio como bestia ciega
después decide dar la vuelta
y acecha desde la reja del balcón.

El cielo que vaciaba vuelve a su celeste.

Y también las palabras andan a empujones.
Por etimología, por contexto,
porque connotan a lo loco.

Al rato también esto pasa.
El cielo que vaciaban vuelve a su color.

La pareja invernal

Montaron su pequeño universo
dentro del auto frenado en la esquina.
Se dicen cosas, se ve que hablan,
resulta todo muy satisfactorio,
un núcleo duro entre lo blando:
polarizado, alientos y calefacción

–no desempañen:

esa cápsula es mágica
mientras siga difusa.

 

Por qué insistimos con los viajes

Los postes del alambrado se suceden
dentro de los límites que el dedo desaguó
en el vaho del vidrio: son segundos
en la acechante línea temporal, guiones
en la línea espacial junto a la ruta,
guiones son segundos son guiones, un viaje
tranquiliza por un rato, propiciando
que avancen juntos el espacio y el tiempo.
Que pase el tiempo, que pase el espacio,
que pase uno por el tiempo y el espacio,
suspirando por fin:
esto tiene
más sentido.

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