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Sobre Villa Negra de Alfredo Jaramillo.

Por Carlos Soto Román

Villa Negra bien podría ser el título de una vieja composición musical húngara. Una de carácter tierno y sencillo, que cuenta la historia de un villorrio que aparentemente tiene una urbanización un tanto caótica o más bien inexistente, y que moralmente no se parece en nada a convento. Villa Negra también podría ser un lugar en el mapa, un pequeño pueblo, real o ficticio, apodado de esa forma para resaltar su sino trágico, o quizás, una dudosa reputación, la que se cierne sobre el poblado como un manto oscuro. Pero para los efectos prácticos de esta reseña, Villa Negra es un brevísimo poemario del poeta argentino Alfredo Jaramillo (1983, Neuquén) publicado por la editorial independiente El Niño Stanton, el año 2010.

Villa Negra es un texto intenso, ágil y fugaz, pero no por eso escaso, ya que bajo ninguna circunstancia se queda corto. Llama la atención, en la escritura de Jaramillo, el intento indiscriminado de retratar una realidad infraordinaria, es decir, según las palabras del mismísimo Perec, el autor escribe sobre aquello que sucede cuando no sucede nada. Lo que al fin y al cabo, no es otra cosa que la vida misma, todos aquellos momentos no estelares, no influyentes, cotidianamente monótonos y aburridos, los que sin alarmarnos constituyen la mayor parte de nuestra nimia existencia. No hay grandes eventos ni titulares en esta Villa Negra, solo anécdotas de barrio, accidentes y meras circunstancias, dignas sólo de un semanario de escasa circulación o de un diario mural, las que configuran el tedioso ritmo de la aventura cotidiana. Pequeños equívocos sin importancia, descuidos menores, los que bastan y sobran, a la hora de retratar la vida, el pulso y el hado de la villa y sus habitantes.

En Villa Negra los protagonistas, sujetos toponímicos y metonímicos, se colectivizan, se diseminan, se anulan y vuelven aparecer nuevamente bajo la forma de fantasmas urbanos. Tríos de personajes imposibles (o mejor dicho improbables) bautizados con nombres que coinciden en la primera letra, forman acaso pequeñas tribus, las que se mueven sigilosamente como serpientes, por calles que amenazan con derretirse en cualquier momento. La paradoja de la inserción o la muerte. Esa lucha feroz y terrorífica que se presenta a diario en los teatros callejeros de todas las ciudades del mundo.

Los poemas mezclan lo capitalino con lo rural. La violencia y el ritmo frenético de la urbe, se funde y se confunde con el aire nostálgico y apacible de la provincia, añoranza que tal vez traen en la sangre, como un virus, las diversas olas de migrantes que arriban a la ciudad en busca de una mejor suerte, al tiempo que intentan desesperadamente mimetizarse con los locales. Porque, ¿cuándo se deja exactamente de ser provinciano en la ciudad? Especialmente cuando las canciones viejas del terruño nos llegan como aromas olvidados por sobre las panderetas del barrio, siendo esta saudade un factor de conflicto, el punto donde surgen las preguntas sobre cuál es el espacio propio dentro de este caos citadino.

En ese sentido, escribir sobre y desde la provincia, pero ya estando fuera de ella, parece ser un oficio peligroso. Al menos, no exento de ciertos riesgos. Porque a fin de cuentas ¿se está alguna vez fuera de la provincia? Aparentemente nunca. Los llamados guturales de estos versos hacia aquella empática cofradía que se ha dejado atrás (y que por cierto no se puede encontrar en la ciudad), así lo confirman, al igual que cierta atracción irresistible del autor hacia las cosas que están fuera de lugar.

Jaramillo busca lo esencial en lo fútil, en lo trivial. En cualquier cosa. Y sale airoso en la cacería. Triunfa precisamente, en el rescate de voces subterráneas, las que de otra forma no serian reconocidas o pasarían completamente desapercibidas, entre el ajetreo constante y la contaminación acústica de la gran ciudad. Por eso el mérito de Villa Negra consiste en recordarnos que para hacer poesía ya no es necesario escribir sobre grandes gestas y personajes heroicos. Porque al final ya nada es realmente importante.

De Villa Negra

Lo último que supe fue que andabas por la calle
esquivando el agua que se junta cuando llueve
pensando en las cosas que perdiste
(las llaves, la gomita del pelo, una novia)
hacía frío como ahora
y se juntaba hielo sobre el pavimento.
Me contaron que rompiste una vidriera
y te pusiste a calcar ahí
el dibujo de tu paranoia.
Cuando la ciudad se derrumbó vinieron las patrullas
en el escaparate encontraron la sombra
de un caballo impresa en carbonilla.

 

Dos días, siete meses, veinticinco años:
no recuerdo haber tenido nada, ni una radio encendida
que informara las noticias del día, el clima, y aún así
presté atención a los colores del cielo
para ver si llegaba o no la lluvia, algo
que se lleve el ruido de las calles
dejándonos a oscuras pensando
si la ropa tendida va a estar siempre húmeda
si esa manera de llorar en la cama es tu misa, ya no sé
qué va a pasar con nosotros
en la arena caliente de la tele me di cuenta
que si esta primavera llegó, de a ráfagas y temblando
no es por culpa del incendio del planeta:
es que fuimos siempre así
antes de que los árboles taparan la calle
hasta bien alto ahí donde los cables se rozan
y hacen que la boca se tuerza
como una raíz deforme.

 

No se siente ninguna vibración en el aire
apenas el cabeceo de un auto que lleva gente dormida.

Escribiste en un cuaderno lo que sigue:
“pájaros negros mirando el desierto
desde los cables de alta tensión”, después
tiraste el papel por la ventanilla y te dormiste.

“Estaban antes de nosotros”, dije
y también van a estar después de que muramos.

Te criaste en esta tierra, ¿qué te sorprende?

 

Hoy estamos aburridos
nos quedamos en casa
guardamos los palos
no salimos a romper.

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