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Sobre El perro del poema de Damián Ríos.

Por Ernesto González Barnert

Se presenta a sí mismo El perro del Poema (Ediciones Vox, 2004) de Damián Ríos como un libro de libros y más de cerca como un rastrillo entre 1996 y el 2001 de lo que en su momento quiso ser relato, novelitas, otros poemas. Un libro trabajado como ha de ser siempre, contra el mito del escritor solitario, en comunidad, paso a paso, buscando la opinión de los mayores e iguales y mejores, ¿por qué no?

Creo que el gran logro a través de las páginas de este libro es que su hablante va ganando dureza y destreza sin perder ternura. Contar las cosas sencillamente con la precisión y la lealtad de la inmediatez de la infancia y juventud, terciarse con ese monstruo (o chica rubia con un cintillo rojo haciendo tortas de barro no lejos de un asesino en serie huyendo) que es la familia, o cada integrante, para cada uno de nosotros, con ese código pavoroso frente al que nos rebelamos u obedecemos yéndonos a la cama. Un terreno a todas luces conocido, pero en ningún caso fácil. En este caso, felizmente para Ríos, hecho con la suficiente expertise, frialdad y tranquilidad de un trabajo intenso de años, para no pecar de listillo, cliché o huero. Y lo hace –y perdonen que en este momento vaya por un túnel sin luces–, para tener y dejarnos claro a nosotros también, una posición, su posición, es decir, desde dónde parte y hacia dónde va. Dicho de otra manera, más que a apuntar que la patria de un hombre es la infancia (Rilke), y aunque a ratos así lo parece, es un libro para ganar oficio, espalda, seguridad. O como dice Juan José Saer para sondear, reunir briznas o astillas de experiencia y de memoria para armar una imagen, la imagen de sí, tanto para él como para los demás.

Por otra parte, pone coto a la nostalgia, el opio de los sentimentales como diría Naguib Mahfuz, por la misma estructura de variada elección, de quiebres (aunque no bruscos en forma y fondo) con esa naturalidad AM, esa cotidianidad gris, que más que poner en el tapete una obra lineal o circular deja respirar un libro en progreso, un work in progress permanente, una vida haciéndose y deshaciéndose apenas enfocada por los versos, en el entramado cotidiano de la pequeña lucha que es la única lucha, con rigor. Quizás porque se nota que es un libro con consciencia de libro fallido, pero que se sabe superior a muchos que creen no serlo, este librito amarillo, perro, tiene mucho de cernir el trigo de la vida más que de la lengua, no solo en su campo sino en el nuestro y seguirá siendo así porque es un libro mayor vestido de contrabando, la pasión de un novelista, la intensidad del poema.

De El perro del poema

[PAPÁ ME ENSEÑÓ A CONTAR…]

Papá me enseñó a contar y a leer antes incluso de que entrara en el jardín de infantes. Me mandaba a la calle para que juntara piedritas parecidas y después se tiraba en el suelo conmigo en el medio del patio. Mamá a veces le traía el mate. Una vez que aprendí a sumar y restar, se puso en el trabajo de enseñarme a multiplicar. Me acuerdo que reunía piedritas en grupos de dos y tres y empezaba transpirar porque yo no entendía. Me acuerdo de sus bigotes bien negros y del pelo crespo y que decía Damián atendeme. La escena se desarrollaba en el sendero de portland que unía la casa de la Abuela con nuestra casa. Había varios grupos de piedras de dos y tres, hasta ahí estaba todo claro. Acá hay dos, acá hay tres. Bien. De esto pasaron 25 años y no logro entender cómo quería explicarme, no logro captar cual era su método. Porque él tenía un método. Fracasó, es cierto, pero sabía perfectamente lo que quería y cómo. Ahí está en definitiva su victoria, vamos a llamarla así. Es el recuerdo más lejano que tengo de alguien que quisiera ayudarme a pensar. Es el día de hoy, que al darme cuenta de que estoy metido en bardos de los que creo no puedo salir, digo: acá hay dos, acá hay tres. Bien.

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