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Sobre Ahab de Martín Armada.

Por Gastón Carrasco


Ahab lanza un arpón que alcanza a Moby (Mocha) Dick. Herida de muerte, la ballena se sumerge al fondo del océano arrastrando al viejo marino que, finalmente, muere enredado en la cuerda que se enganchaba en el arpón. Con la muerte de Ahab, se da fin a una obsesión más allá de la razón, a la venganza como leit motiv humano por excelencia. Así, los tripulantes de Pequod se exoneran de la hybris de Ahab que, ciertamente, arrastraría con todos al destino funesto de la muerte. En una suerte de redención, la ballena blanca libera al navío de su tirano, cumpliendo con el destino final del viejo lobo de mar. Ahab representa una obsesión capaz de suprimir tanto la voluntad propia como la de los demás. En un posible símil con la figura bíblica de Jonás, ambos son absorbidos por sus propios actos y designios. Aunque claro, sabemos, el destino de cada uno fue distinto.

De esta contextualización, necesaria o abusiva de acuerdo al criterio lector, surge el poemario de Martín Armada, Ahab (Vox, 2011), el segundo libro del autor tras El estero. En una excelente reseña de Valeria Meiller , la crítica reconoce la voz hablante del poemario como una nueva versión de Ismael, en una evidente paráfrasis del inicio del texto de Melville: “Llámenme el cobarde que esta noche/ se queda frente a una estufa sin fuego” (32). El diálogo con la tradición se vuelve una herramienta de trabajo escritural capaz de producir un nuevo texto (para el deleite de Barthes y otros muchos más). Desde esa tradición se proyecta hacia lo autobiográfico, lo anectodario, la historia de Ismael en clave de narrativa personal: “La historia privada no va a secarse al sol” (16).

La situación de exilio, anunciada por Meiller, ratificada biográficamente por Armada, vive de la mano con toda evocación a un estado mental formado en el recuerdo. La necesidad de dar cuenta del origen, “El de padre mercante, el de la madre enfermera” (32) funciona mántricamente durante el texto. La información se evoca y reafirma en un gesto casi dramático. Quizá a esto se refiere Meiller cuando habla de un “lenguaje extrañado”, un lenguaje ausente de quien tiene proyectado su pasado en la producción presente de sus textos. Tal vez sea otra cosa y el extrañamiento venga de la distintiva relación entre lo personal y Ahab, el personaje, como un referente ciertamente oscuro para referirse a sí mismo, y a su entorno.

Es muy posible que las evocaciones de Armada den cuenta de ese “oscuro” contexto que lo rodea. Sea una reproducción o intento de reproducción real de los acontecimientos o una mera proyección del yo en lo que ve, las imágenes que crea tienen una descripción detallada y melancólica. Como un pequeño bote que se despedaza en los roqueríos, los poemas de Armada representan imágenes en constante evaporación o destrucción, “al borde de un país que se termina de golpe” (18)

En un estilo marcado por la precisión del lenguaje, Armada va formando una historia sin referentes ni contextos: “Camino a la montaña vi la estatua de Elvis, / sus patillas de héroe de la independencia / en la ventana de una peluquería clausurada” (27). En esta línea, de manera consciente, hay un trabajo con las historias mínimas, una revitalización del espacio propio y mínimo que ocupamos en este mundo: “A la rubiecita que mientras el colectivo se estanca / me saluda, preferible no mirarla” (31), o “Detrás de aquella cortina gris: / Un inmigrante o una oveja que a falta de jardín / camina entre la mugre” (24). En picada contra el tono épico de Melville, Armada va tejiendo su “contraépica” o “épica de lo cotidiano”, de la mano de una escuela claramente de tradición anglosajona. El problema, algunos remates, codas o cierres forzados que ponen en cuestión parte del conjunto.

En este trabajo con las escenas mínimas, la voz poética se cuela en cada una de las fragmentadas imágenes montadas. Incluso es posible decir que la voz poética es la fragmentada, dividida en las circunstancias que aquejan al hombre detrás de cada texto: “como los que creen en un dios severo / no me quiebro, firme devoto, / conservo los recuerdos falsos de los días felices” (15). Se plantea así una distancia con las cosas que se miran, narran o describen. El sujeto fragmentado fragmenta el paisaje proyectado en su recuerdo.
Ahab vuelve de su exilio en el fondo del mar. La ballena blanca redime. Un poco a la manera de Jonás, al tercer día el pez vomitó al profeta en tierra seca.

De Ahab

Azotaba la costa viento y piedra
cuando tirado por una soga en el sueño
bajé al mar a buscar el bote de mi padre
y de mi madre elolor en botellas que dicen: “colonia”.
La historia privada no va a secarse al sol
y la verdad es que
por esta ventana lo que se ve es este árbol

y las obras detenidas, canteros
ante los que hice promesas
y frente a los que ahora paso
jugando con las llaves, mirando el piso.

Azotaba ya la costa
viento y piedra.

 

Los barcos en el dock del gran canal,
yo apenas puedo distinguirlos de la mugre
que flota y sedimenta.

Conmiseración,
de esto se compone el engranaje secreto
de nuestro romance.

Apoyados en la misma baranda
la mujer ve el futuro

yo las nubes rectas que vienen a lavar las grúas
que hasta ayer operaban en la isla
donde carne y papa sudan en el horno,
consagradas.

 

“Ternero”, me decía mi madre,
y la puerta se abría y volteaba los envases.

Mi padre “ternero mamón”, me decía apoyado
en el marco de la puerta,

rodaban las botellas,
y como los caracoles que buscan el trébol
dejaban una línea fina de baba amarilla.

Silencio se precisa
para jugar a la víctima sin clase,

ver llegar la próxima lluvia,
crespones de ceniza en que un avión
entra temblando.

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