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Sobre Tilos de Valeria Meiller.

Por Paula Ilabaca Núñez

Observamos el fulgor del fuego
y sentimos cómo se mueven las raíces de la casa, pero seguimos
sentados, mirando cómo tiembla la ventana hacia adentro,
oyendo arruar a las piedras bajo los horizontes.

“El azor en el páramo”. Ted Hughes.

Acercarme al texto Tilos de Valeria Meiller me lleva irremediablemente al día en que la escuché leer en el lanzamiento de él en Montevideo, publicado por La Propia Cartonera. Estábamos en el Festival de Poesía “Gusto tuyo”. Valeria se puso un vestido blanco: era el principio del verano y estábamos en un silencio muy profundo escuchándola. No recuerdo el lugar exacto de la lectura, pero sí era un salón grande, había sillas de madera, el techo era alto. La voz de Valeria resonaba suave y despacio, tanto así que creo que estábamos medio hipnotizados. Mientras tanto yo pensaba: habla de una caza de conejos. No habla de mujeres, vulvas ni sexo. Habla de amor. De naturaleza. Y me pareció terrible, arrebatadoramente bello. Algo como dejar de hablar de esas cosas que siempre hablamos, nosotras, las mujeres.

Es interesante lo que ocurre en las lecturas públicas. Llevo años gestionando espacios donde los poetas y narradores – autores – puedan leer libremente todo el tiempo que deseen. Siempre pienso en ese otro texto que surge de la lectura en voz alta: ese texto donde uno ve imágenes, recuerda un sitio perdido en la memoria, una película, una voz familiar, incluso un sonido indescriptible perdido en el REM vigílico que se produce al escuchar a otro. Después de esas imágenes o sonidos o ruidos, por lo general aparecen una sucesión de autores, textos leídos que se van entrelazando mientras escucho al otro; yo pensaba escuchando a Valeria en Hughes, y me quería retirar de ese cuerpo, olvidarlo, pero siempre era Hughes, siempre era ese poeta el que se me cruzaba cuando la escuchaba.

Existe algo en la poesía de Valeria que me recuerda lo inglés, lo digo así, simplemente, pues no quisiera arrojarme con una conceptualización equivocada. No sé si es lo lacónico de su texto, los paisajes, lo memorial, esa sensación de viaje y permanencia en una tierra nueva y vieja. No tengo buena memoria y me resigné a que ya no la tuve. Leí tantos libros entre los 19 y los 25 años que ya los olvidé casi todos. Pero sí puedo decir que Valeria me lleva a esos espacios indescriptibles y vapuleadores a mis ojos y mi oído de estar en presencia de una nueva voz. Justamente ayer conversaba con los chicos y chicas del taller de poesía que doy en Balmaceda Arte Joven sobre el regreso a la naturaleza. Esbocé una teoría un tanto arrojada, alegando que la última poesía chilena huía de los paisajes naturales, de las arcaicas y sagradas alegorías que dejamos de lado por un terreno asfáltico, urbanístico, saturado de ruidos y percepciones lumínicas, donde la voz del poeta emerge acompasada y temible, como un pequeño tartamudeador, como un pequeño dios errático y observador.

El año 2009 en el DF, en el Festival de Poesía El Vértigo de los Aires, recibí un regalo de parte de Karen Plata en una de sus lecturas públicas. Ella confeccionó entre 7 a 10 cajas de cartón duro anudadas con una pitilla blanca. Para cada caja había un receptor. Como fui una de las afortunadas en recibir este regalo, al abrir mi cajita encontré dentro un pequeño libro mecanografiado en máquina de escribir, en un papel amarillento, protegido por tapas con un bajorrelieve cubierto de detalles florales. Junto con el librito venía un peine. Y una muñeca de trapo de color celeste oscuro, con cabeza y extremidades de goma. Zapatos cafés. Melena negra. Ojos celestes. Pendientes y collar rojos. Esta muñeca tenía una sola particularidad: cubría su rostro una capucha café oscura con un pico de pájaro. La capucha tenía dos ojos: uno amarillo y el otro rojo, pintados en la tela. Seguro la bella de Karen hizo todo con sus manos. Y ese día de su lectura, declamó con una capucha igual a la de la muñeca. Hablaba de unas gallinas, su abuela, memoria, recuerdos. Mientras escribo este texto voy en busca de la cajita y miro todo como si fuera la primera vez. El texto de Karen – sin titular- y Tilos dialogan sin conocerse. En este momento, me pasa que textos como los de Plata y Meiller se me hacen necesarios, entre tantas escrituras neobarrocas, entre tanta calle, entre tanta urbanidad. Textos trazados como cantos a la memoria, los que, al ser escritos por mujeres, rayan siempre en eso oscuro y gemático de una proyección de luces y sombras, abandonadas en campos, abuelos, seres de la tierra, del lodo, de la naturaleza más ruda.

Me demoré muchísimo en escribir y entregar este texto. Tenía miedo de no saber cómo decir. Ahora que lo termino, pienso que seguramente de eso se trata, de hablar sencillamente de las cosas. Como me ocurre cuando hablo de las cosas que amo.

De Tilos (La propia cartonera, 2010)

Conejos

1
En el futuro de la casa de campo hay pájaros. Partimos olvidando una valija que no será indispensable. Aceptamos el destino con voluntad, como aprendimos a ahogar crías en los bebederos: era necesario y la necesidad es la forma de nuestra alegría. Las preguntas van a llegar después y confiamos en que tampoco serán tantas. Actuamos de acuerdo a nuestros rudimentos, desde la primera caza de conejos.

4
– Lo que hacés primero es partirle el cuello. Le cortás la cabeza y después, lo pelás.

5
Quitarles el cuero a los animales se había transformado en un acto de amor, el trabajo del cuchillo separando tiernamente el abrigo de la carne. Vivía los sacrificios con gratitud, se alegraba en la temporada de caza. Y ahora que los conejos del coto estaban todos enfermos, la pólvora se humedecía como la mañana y los armeros se llenaban de tierra.

 

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