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Sobre Increíble, de Mariano Blatt.

Por Natalia Figueroa

En poesía, hay quienes toman la voz de una manera elevada, cercana al canto. Otros desarrollan un lenguaje que está cerca del hablar común. Se trata, para algunos, de abordar y descubrir en la experiencia aquella cualidad que la trasciende de modo tal de perfilarla con un carácter de cosa eterna encontrada en el lenguaje. Otros prefieren las microhistorias, lo subjetivo y cotidiano, la exposición de la precariedad por sobre la eternización, la descripción de las cosas tangibles que el hablante va viendo. Unos y otros defienden cada forma poética como la mejor, la verdadera, la que la lleva, la de quienes “de verdad” han comprendido cómo va la cosa, etcétera. Tomar partido por cualquier posición y defenderla nos pone en el terreno de niños que juegan a la guerrilla literaria como si no fueran los poemas sino los panfletos los que hablaran mejor de sí mismos. Lo digo porque me ha tocado oír más de las veces que quisiera a poetas –varios buenos- fundamentar a favor de una u otra postura y al respecto, parece cumplirse lo que dijo Eliot de que “quienes nos hablan de lo que debería hacer la poesía, especialmente si son poetas, habitualmente tienen presente la clase particular de poesía que a ellos les gustaría escribir” o que directamente escriben. Presuntuosidad y cerrazón, ambas son actitudes lateras. La poesía no tiene una forma definida ni un objetivo estrictamente estipulado, no hay tampoco límites y a veces la maestría es todo. Hay muchas formas de comprenderla pero más que nada, hay distintas maneras de aproximarse, de entrar en los dominios poéticos, de hallar el lenguaje que le sea a uno el más propio, siempre personal por más que algunas veces lo que esté en juego sea la destrucción de la identidad.

Increíble, el poemario de Mariano Blatt (Buenos Aires, 1983) que presento, se sitúa del lado de los microrelatos, de lo sencillo y cotidiano a través de la exposición de imágenes que dan cuenta de un acercamiento del hablante con su entorno, hacia la realización de un no siempre tan fácil “simplemente estar”. No es una problematización o intelectualización sobre esta temática, sino una descripción de lo que se ve o acontece desde un estado de relajo muy parecido a una temporada de vacaciones: “se trata de la hora de una contemplación extasiada y voluptuosa de cuerpos de varones, el tiempo de las epifanías halladas en el deporte, el paisaje, la juventud, el ocio” (Contratapa del libro) y también las drogas.

Compuesto fundamentalmente de fragmentos en prosa y con un tono llano y tranquilamente, “Increíble” delinea en sus páginas una actitud o modo poético de ser que pone muchas veces, y sin necesidad de nombrarla, a la ternura en su centro, en tanto mirada orientada inteligentemente para poder conmoverse y acercar y asociar de una manera emotiva en la descripción, lo que está ahí pero pasa a veces desapercibido, no sólo en el contacto interpersonal, sino también en el contacto con la naturaleza. Es un libro por lo tanto apegado a lo aparentemente nimio en el relato de un día a día personal sin expectativas ni exigencias. Pero si se trata de advertir y buscar, como si fuera una burda exigencia normativa, “lo universal dentro de lo particular”, tendría que decir que no hay discurso demasiado sólido que no comience ni de alguna forma apele a la capacidad personal de cada sujeto, de poder conmoverse en su entorno. Sobre todo ahora que la tecnología substituye a la comunicación directa, en que se nota mucho más el autoencierro, ese salir afuera que propone el libro –ese “Espacio Exterior”- porta por lo tanto un valor cultural donde a mi juicio, radica el mayor mérito de Increíble.

  De Increíble (fragmentos)

Puedo quedarme horas al sol o más al costado, abajo de algún árbol que sea que haya y si es que no hay me refresco en el río. Pero así, mientras uno pueda seguir diciendo acá todavía da el sol todas las tardes, acá todavía nos quedamos sentados en ronda como indios o como nos decían que hacen los indios, acá todavía se comparten algunas cosas y las que no se pueden se intentan no decir.

El paso de un día no se medía. Podíamos hablar de unidades pero más abarcadoras. Como el tiempo que tardábamos en encontrar la siguiente posición cómoda de la tarde. Ésta fue junto al río con medias en los pies porque el sol ya no calentaba tanto y subía una humedad de alguna parte. El que tuvo la guitarra se había vuelto, quedamos de a dos hasta que no hubo sol y el ruido de las estrellas a la noche toda abierta, increíble, nos mostró el camino a casa de nuevo.

Está buenísimo no pensar a la mañana siguiente en lo de la noche anterior. Otros hacen mapas con todo lo que les pasa en la vida. Eso se llama guardar cosas y aunque me hace mal nunca dejé de hacerlo.

El ruido del grito de uno llena el espacio. Rebota contra el cielo todo celeste de la mañana y es una explosión tan maravillosa que se despedaza en millones de pedacitos que se disuelven en la atmósfera. Pasa una avioneta demasiado alta en el cielo y no hay sonido. Me gusta la irregularidad del terreno, los huequitos en el pasto, la cantidad de vida que está pero no vemos.

En alguna parte hubo un pibe que se quedó solo en la casa con el perro y se le murieron los vecinos. Se llama Pocavida y ahora resuelve el resto de las cosas como puede. Cuando es verano le gusta mirar mucho. Así se guarda los recuerdos para usarlos en invierno.

A la mañana alguien apaga la luz del jardín que quedó de anoche, pero nadie levanta una botella de cerveza a la mitad en un huequito de la tierra.

En la mesa quedan migas de pan y la pava que se usó para el mate, sin agua. En el jardín, una botella de cerveza a la mitad en un huequito de la tierra. Quedan, en la cocina, tres pares de zapatillas llenas de arena y suena una canción que le quedan dos minutos. A mí me quedan unas ganas re grandes de estar sentados los dos como estuvimos varas veces, y sin hablar. Entero ya no queda nada y eso es así desde que se empieza. Pensaba que lo que iba a contar podía emocionar porque pensaba que todos los que me escucharan iban a pensar que también eran mis amigos.

El Paraíso,
el Espacio Exterior,
un camino entre árboles re altos,
las siete de la mañana,
una pila de libros,
varios pibes jugando a la pelota en un descampado
y otros destrozados por la droga y por el amor,
especialmente por el amor.

El Paraíso,
el Espacio Exterior,
el olor de fumar porro los sábados a la tarde.
Una casa con las ventanas abiertas,
las cerámicas frías en la cocina,
una pileta en la parte de atrás.

Estar bien,
estar re bien.
El árbol más alto del pueblo,
un tema que te hace despegar.

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