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Sobre Chicos índigo de Alejandro Mendez.

Por Leandro Hernández Gómez

Chicos índigo (Bajo la luna, 2007) es un poemario compuesto por tres secciones – “Futuribles”, “Caja de voces” y “Lejos de casa”- que presenta, por un lado, una notable factura en el trabajo poético evidenciada en la conformación de un corpus cuidado y pulido, con dominio en el uso del lenguaje y, en particular, en la forma de construir los versos. Por otro, reactualiza y complejiza el tema de la infancia, desplegando una serie de matices que muchas veces nos descolocan como lectores. Así, el poemario de Alejandro Mendez (Bs. As., 1965), a través de la austeridad y la pulcritud textual, nos habla de la problemática de la niñez, y posterior adultez, de aquellos seres que se caracterizan por una manera diferente de vivir y observar el mundo.

Luego de una primera lectura del libro de Alejandro Mendez nos quedamos con sensaciones encontradas pues presenta altas dosis de ternura y sordidez entregadas con cuentagotas. Una a una esas gotas aparecen dejando un rastro a veces prácticamente imperceptible.

En “Futuribles” se escribe la mirada profunda y diferente de los niños respecto a un mundo que los rodea pero que no los toca. Una especie de niños/monjes, extáticos, que observan y traspasan las cosas para rescatar aquello que la normalidad ignora. Son niños ajenos al mundanal ruido, son extraterrestres o luciérnagas de un tiempo fuera del mismo.

En cambio, en la sección “Caja de voces”, se desliza la crítica a una sociedad en la que el niño también aparece como objeto y sujeto del deseo, como trofeo, como estampita coleccionable. Pero también como un ser capaz de convivir con la muerte, la maldad y la violencia. Sumado a esto una extraña conciencia cándida respecto de la fugacidad de todo, de la obsolescencia de todo, incluida la propia inocencia. Hasta la pedofilia tiene su lugar en todo este armazón textual. Así, el poemario se torna inquietante.

En “Lejos de casa” ya la cuestión es más clara y nos permitimos establecer una relación con ese libro fundamental de Gastón Bachelard, pero que ya casi nadie lee: La poética del espacio. En éste, entre otros aspectos, se entiende a la casa como nuestro rincón en el mundo, nuestro primer universo, cuyo primer apego no se siente durante nuestra vida adulta, tan despojada de los bienes primeros. Así, el escritor y crítico francés, sostiene que la casa es uno de los mayores poderes de integración para los pensamientos, los recuerdos y los sueños del hombre. Una integración cuyo principio unificador es el ensueño. De ese modo, para los hablantes que se presentan en “Lejos de casa” pareciera que el crecer es la expulsión del paraíso. La adultez no sólo es los bigotes y las canas, es también el exilio, la pérdida y el desarraigo.

Alejandro Mendez nos enrostra que somos adultos a la deriva, pero que podemos hallar un sentido a través de la vuelta a esa casa y que eso finalmente es la literatura, que eso es la poesía: una manera de poder volver. Porque Chicos índigo es también un poemario de ciencia ficción que pareciera entender al poeta como un replicante y al oficio de escribir como una máquina del tiempo, o un cinto espacio temporal para aquellos que crecimos con “Mampato”. Ésa es la utopía que Mendez hace realidad a través de sus textos, pero también es la conciencia ominosa de que todo está destinado al fracaso y que es en ambos extremos donde debemos saber jugarnos la vida, porque como dice el propio Méndez, “Sos el paciente espectro, el niño insepulto vagando por el camposanto”.

 

De Chicos índigo

MARÍA (6 AÑOS)

Su forma
de estar,
así
en silencio.

Séquito ululante
al servicio
de pensamientos
eclipsados.

No obstante,

el sol,
los juegos,
el encandilamiento,

la golosina
brillante.

LOLA (12 AÑOS)

Habías acortado la
distancia al futuro,
abdicando de
tu dicha cósmica,
símil poltergeist.

El aleteo de
la mariposa
de hoy
(Humbert, Humbert)
será esa larva
inverosímil de
mañana.

Imposición
de manecitas
santas,
para las confesiones
de un viudo de
raza blanca.

¡Ay, Lola!
este lugar revisitado
de magia inversa,
en tu mente,

huérfana de
pasado.

FELIPE (9 AÑOS)

Donde van sus ojos
y detrás la luz:

pliegue del vislumbre
en el horizonte
deseado.

Un trazo de carbonilla
elide la traición
en el hueco de gozo
rutilante.

Destila su tropismo
indolente,

el niño obnubilado
por la incandescencia
del mundo.

Felipe
surfea la oquedad
del patio escolar:

de su tablero de
ajedrez
al falso lebrel del
portero.

NUEVE

Una noche oscura y fría
aceptaba la ida.
Yo en bombacha y remera esperaba sus besos
lloraba y los abrazaba en el tiempo que quedaba
mientras la ida llegaba.
A las 7 AM ¡Me desperté!
la casa estaba silenciosa
no se veía nada, absolutamente nada
ya no estaban.

Candela, a los 11 años

 

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