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Sobre Lógica de los accidentes de Nurit Kasztelan.

Por Begoña Ugalde

Esta reseña surge a partir de un mensaje de Facebook. Ernesto me propone leer y comentar para la revista el poemario Lógica de los accidentes (Vox, 2013) de Nurit Kasztelan, y yo que hace tiempo no escribo nada serio en torno a otro texto, siento un pequeño vértigo, una ansiedad placentera, como al  estar a punto de subir a una montaña rusa o un avión. Nada pierdo con leer el texto que me sugieren, pienso. Entonces abro el documento y el vértigo aumenta porque son muchas las imágenes que reconozco a primera vista.

El primer gesto donde me encuentro es en el describir la infancia, es decir, intentar recordar la vida antes de la escritura, antes incluso de saber respirar correctamente. Sucede que también se me cortaba la respiración de niña cuando sentía algo muy intensamente, en un gesto desesperado e inconsciente por detener el mundo porque iba mucho más rápido que yo, y tenía hasta hace unos años un abuelo sobreviviente de guerra, que  me advertía (más con gestos que palabras)  que comer  todos los días no era algo obvio.  Entonces  también hasta ahora riego las plantas en exceso, y trato de encajar unos hechos con otros, entendiéndome parte de una  herencia silenciosa, de una continuidad, de un flujo de información que me precede. Y así mientras avanzo por el viaje que propone la hablante me olvido que los poemas son de otra y  me encuentro en ellos y me emociono, hasta sentir que todo afuera se paraliza o mejor, deja de tener importancia.

Pero los poemas no los escribí yo, claro está, entonces recuerdo que debo hablar sobre ellos y al hacerlo, me pregunto si tiene sentido seguir (como me enseñaron en la escuela de literatura) el orden de los capítulos, al ir analizando.  La respuesta emerge al hacerme cargo del cuestionamiento tan sutilmente planteado a lo largo del poemario; el antojadizo ordenamiento que impone la lógica. Ahora bien, es este un cuestionamiento sincero, que no se construye a través de una crítica cínica  o una subjetividad caótica y delirante, sino desde una voz que  provoca tensión pero no hace ruido.

La ingenuidad varias veces mencionada (y que reconozco en mí) consiste en pensar en una lógica para los sucesos de la vida y un sentido que justifique los accidentes. Es muy desolador que las cosas aparezcan y desaparezcan porque sí. Que nos lastimemos sin razón alguna. Hay que inventar así una matemática que nos entregue respuestas de porqué perdemos a quienes amamos, porqué se alejan de nuestro campo magnético personas que nos atraen, o bien, de pronto las cosas no encajen, los cuerpos no se acoplen. Es ingenuo esperar que esas rupturas no sucedan. Pero la escritura tiene que ver en el fondo con eso. Querer, aunque sea imposible,  detener el tiempo, traducirlo , diagramarlo, distribuirlo en un papel, querer guardarse un pedazo. Atajar su marcha inexorable y multidireccional.  Tiene que ver también con reconocer la necesidad de una estructura dada por ritos cotidianos: la comida, el baño, caminar, o tener sexo. Y realizar todo esto como intentando armar un puzle. Porque a pesar de nuestra naturaleza cambiante existe una geometría perfecta en la anatomía humana.

El intento honesto de buscar una lógica en los accidentes, de poner  orden al caos o el azar, se realiza entendiendo que hay una conciencia que abarca más allá de lo subjetivo.  Pero esta conciencia está encarnada con fuerza en un cuerpo. Y es que en la poesía de Nurit se habla con delicadeza de los temas menos sobrios. Temas que conllevan  fluidos, ruidos, lugares sombríos e incómodos. Aunque confiese que mantiene la conducta infantil de mirar y no tocar, en el poemario se dibuja una mano que, en un comienzo se borra a sí misma al escribirse, pero que a medida que crece, toca todo lo que tiene por delante, se mete en la tierra, recoge piedras y se ensucia, haciéndose parte de esta realidad subterránea, del misterio con el cual dialoga desde siempre la poesía.

El poemario cierra en una invitación a repetir el gesto y convertirse en piedra, en hueso, en materia antigua, en fósil, y de ese modo estacionarse en un punto cualquiera de la línea recta que se nos dice, es el tiempo.  Es así como sin violencia, el dibujo de la historia de la humanidad como una línea, emblema del orden imperante, se hace absurdo, y se borra, ya que la escritura emerge como un tiempo propio, de detenimiento o aceleramiento, que escapa a las leyes de la física.

En ese sentido me parece rupturista y poseedor de una conciencia política necesaria, para entender que escribir es abandonar tal vez de manera definitiva el nido, la clase, el lugar asignado, y comenzar a habitar el vacío, el no tiempo donde se encuentran y dialogan lectores y escritores. En este caso, accidentalmente Nurit y yo.

De Lógica de los accidentes

Las leyes de la materia

Tiene siete versiones
y no puede descartar ninguna.

Lo difuso la excede
necesitaría una imagen
para explicar qué le pasa.

La cansa estar en pose,
algo imperceptible
la delata siempre;
la posición incómoda
del omóplato, el codo izquierdo
que endurece el brazo
de forma antinatural.

Aspira y exhala
exhala y respira,
pero aparece el ahogo,
la interrupción
del equilibrio.

La molienda

Lo único que quiero
es provocar
un estado de tensión
en el que las cosas se rompan
y no haya ruido.

Funciono como las plantas,
si aspiro demasiado
me ahogo.

En Méjico me contaron
de una mujer
a medida que molía el maíz,
su brazo iba desapareciendo.

Soy como esa mujer
que se muele a sí misma
me escribo
y desaparezco.

Equilibrio ineficiente

Demasiadas veces dije que no
pocas dije sí.

Si lo contara,
nadie me creería.
La ansiedad, la repetición,
la insistencia tóxica.

En ciertos equilibrios
no hay punto de saciedad,
solo circunstancias,
la intersección de dos rectas.
La aparición de la voracidad
marca el deseo.

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