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Sobre Agosto de Romina Paula.

Por Claudia Apablaza

Agosto (Buenos Aires, Entropía, 2009) llegó a mis manos y cuando llegó lo leí de principio a fin, ejercicio que antes no pude hacer con libros de Natalia Moret y con Aurora Venturini, más que por los detalles de sus proyectos por una cierta afiliación narrativa, afiliación que no se resuelve con un simple Me gusta.

En Agosto Romina Paula mezcla dos voces narrativas: la primera, directa de la protagonista, Emilia, y la segunda persona, la voz de esa  misma Emilia dirigida a Andrea, su amiga muerta hace 5 años. Un tú omnisciente, solitario, un hablante en el vacío, articulado no sólo con la realidad de su amiga muerta, una especie de estado confesionario hacia ella, sino que con ese posible tú que soy yo y ese yo que soy tú, ese tú que en su mezcla con el yo que articula realidades infinitas y que es Emilia, que es Andrea, que somos todas nosotras, todas las novias muertas a posteriori, abriendo así la posibilidad en la articulación de la trama de que la protagonista se esté hablando a sí misma en modo tú soy yo, yo soy ustedes, siendo ella la que ha muerto hace 5 años atrás; es decir, que sea ella la que ha sido violada por uno de esos dos amantes que aparecen en películas porno, en fragmentos dispuestos por la autora al principio y al final del libro con la intención de despistar un poco al lector, más aún si el lector subraya esta frase de la página 162: “Las novias muertas, ése es el tema, las jóvenes novias muertas. Muertas que, por otro lado, por momentos parecen volver de la muerte. Por momentos.”

Esa es una idea.

No sólo me cautivó la mezcla de esas dos voces tan bien articuladas, voces infinitas, abiertas al camino del lector, sino que también el registro íntimo del texto, de una cercanía posible a la protagonista, además de la movilidad y la puesta en escena del viaje para que el texto  se desarrolle, se articule, arme de ese ese viaje su columna vertebral.

Primer ejercicio de la protagonista: detenerse en el hoy, decidir llenar vacíos del recuerdo de su infancia, todo desde una fe descomunal, como si es que se pudiera realmente llenar ese vacío, tomando la opción ideal de que sí, de que es posible llenar vacíos con la articulación de las palabras. Segundo ejercicio: ir al pasado, volver al pasado desde ese hoy, ir hacia atrás, movilizarse internamente, ejercicio que se resuelve en lo real con el viaje, subirse a un bus directo hasta el pueblo de su infancia: Buenos Aires-Patagonia. Tercer ejercicio: mirar Buenos Aires a la distancia, un Buenos Aires que antes era todo presente y ahora, en ese movimiento se transforma en pasado. Presente y pasado de las ciudades, dependiendo de el punto donde se fija Emilia. Tomar la distancia necesaria y desde allá también evaluar la relación actual con Manuel, su nuevo novio. Cuarto ejercicio: mirar todo desde un punto medio muerto, un punto lejano y ausente, es decir, mirar todo desde el movimiento, desde la carretera, en movimiento pleno, el punto en que la protagonista se desplaza en el espacio y el tiempo, cuando viaja al pasado y al presente de forma articulada, al pueblo de su infancia, a Buenos Aires, llenando ese vacío y entregándolo al lector como posibilidad de llenarse, salvarse de algo, de sí en ese movimiento.

Así, la emoción que mantiene este texto es: me salvo del pasado, del presente y de todo con el viaje por la carretera, me salvo con mi viaje interior y resuelvo lo que tanto me duele: lo amoroso.

Así, Agosto es también un maravilloso relato de viaje, no sólo en el tiempo-espacio, sino que al interior del mundo de la protagonista, Emilia, sus fantasmas, y las escenas trágicas de un algo que busca articular con el lenguaje. Monólogo interior, flujo de ideas en primera persona, que buscan palabra más palabra, interior más interior, tripa más tripa, imagen descrita sobre imagen real, subyaciendo a ese ejercicio de base la idea que sostiene este tipo de narrativa: la palabra me hará libre o por lo menos me salvará de escenas que están respirando abajo del todo y que insisto en olvidar.

Pedida de cuentas al exnovio Julián. Pedida de cuentas a Manuel, su actual novio. Relato histérico, a veces, treinteañero. Todo es fuga.

¿Quién no soñó con hacer ese ejercicio? Un dime por qué me dejaste de amar. Dime por qué tuviste hijos con otra. Una conversación on the road, carreteras, cervezas, whisky, sándwiches de salame y mayonesa, él al volante, directo al pueblo en que la protagonista tomará el bus de regreso a su ciudad, diálogo romántico, del tipo por qué me dejaste de amar tan pronto, por qué te fuiste a Buenos Aires. ¿Por qué tuviste hijos con otra, boludo?

Una novela de novias muertas, de chicas que murieron porque las mató alguien en lo real y a veces en lo metafórico, alguien que mató eso que ya no se puede asir con las palabras: el pueblo, el primer amor, la infancia.

De Agosto (fragmento)

Primero, y no sé en qué orden, riego un jardín, es Esquel, es el jardín de mi casa de Esquel, de la casa de mi viejo superpuesto con tu quinta. Riego los árboles del contorno, recuerdo su orden, cuál después de cuál y la sensación de transitar de una sombra a otra, de dónde crece pasto y dónde no. El eucalipto, el roble, el pino, el pino con sus frutos en forma de rosetas, rosas de pino, marrones, de madera, como flores de madera; el espacio para la tranquera, sin árboles, la plantación, el breve plantío de frambuesas, sin mucho fruto, el árbol de ramas parejas, paralelas desde el suelo, fácil de trepar y sus frutos amarillos y naranjas, pegajosos, ¿son sus flores?; el abeto, como un pino pero azul, que no se deja trepar para nada y entonces no tiene tanta presencia, tanta personalidad, para nosotros que medimos los árboles en relación a su practicidad. Todo está muy seco y me cuesta controlar la manguera, porque es grande, ancha y tiene mucha presión. ¿Es amarilla?
Después, estoy en la facultad y alguien me toca la punta de uno de mis dientes, las paletas, un pedacito que pareciera estar suelto y es así que se me rompen todos, toda la parte de adelante se cae a pedazos, como si fueran vidrios. Me quedan despojos de dientes, puntiagudos y pinchudos, como de roedor pero rotos. Sorpresa y dolor.

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