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Sobre Soy fiestera, de Mercedes Gómez de la Cruz.

Por Juan José Podestá

Estaba en la sala de redacción del diario de Iquique donde trabajo cuando me llegó Soy fiestera, de la poeta rosarina Mercedes Gómez de la Cruz. No sé si por esas cosas del destino escuchaba un tema de Serú Girán cuando empecé a imprimir el texto de Mercedes. El tema era “Canción de Alicia en el país”, y cuando leí los primeros versos del libro, la canción se me convirtió en la odiosidad misma, a pesar que siempre la amé. Esto porque Charly escribe en la canción que “Y es que aquí, sabes el trabalenguas trabalenguas/el asesino te asesina/ y es mucho para ti/ Se acabó ese juego que te hacía feliz”. Es una canción de cancelación, una canción que impone a la realidad como lo único real, a pesar que “The girls just want to have fun”.

Pero en Soy fiestera no. En Soy fiestera, desde su cuerpo conmocionado por la música, la sensualidad y la ensoñación, Mercedes reivindica la posibilidad de botar el lastre de mierda de las tristezas, de ponerse a bailar la alegría (no como en Billy Elliot, donde el joven baila su pena) y situar bajo siete llaves cualquier asomo de inservibles lágrimas.

Sin embargo, la hablante de Soy fiestera es también como Alicia, pero una Alicia lisérgica, cachonda, media alcoholizada y feliz, espumante como una champaña recién abierta en medio de una fiesta (…y los mozos alineados contra la pared/nos miren con agobio, hasta habernos/bebido todas las cervezas con sanguchitos/tras el champán o la sidra y el vino…). Una Alicia que hubiera encontrado a su amor de la vida, aunque ese amor sea ella misma.

Si nos pusiéramos serios debiéramos decir que, evidentemente, la figura predominante de estos versos es la melopeya- aquello que Pound definió como la música danzando en las palabras-, pero da lo mismo, puesto que acá no sólo el verso es pura música para los oídos del lector, sino lo que nos cuenta, nos versea, nos danza y canta: “y así vamos/juntos/hacia lo que no/debería terminar/nunca:/la música,/las luces,/la noche”.

Lujuria, también hay lujuria. Una muestra: “Creen que/estoy endemoniada./no es así/ solamente/me excito/con mi cuerpo/en el sonido que/ me abraza y/ me envuelve y/me acaricia y/ me contiene y/me ama y/yo lo amo…”.

Lo cierto es que el poemario me evoca tantas cosas: los versos de Nicolás Guillén, la novela Cae la noche tropical de Manuel Puig (y la portada de Seix Barral en una de las últimas ediciones), una discoteca a las seis de la mañana. Y negro, me evoca la negrura del baile, esa negrura brasilera, africana, tropical, selvática, con bongós y guitarrones centroamericanos, turbantes de frutas sobre la cabeza y el mar mojando los pies. Una negrura que en realidad es otros colores. Y esto nos lo deja muy en claro Mercedes en varios pasajes de Soy fiestera.

Y sin embargo también me convoca a la soledad: porque en los versos de Mercedes, a pesar de toda a esa alegría (a pesar o justamente por esa misma alegría) hay una fascinación con la soledad del cuerpo, con llevar a un límite de autosatisfacción a la carrocería propia, esa que no depende de nadie, que uno carga como el primer y último equipaje. No necesitar a nadie, o necesitarlo pero postergarlo. Alicia y ella sola, a pesar que no deja de pensar en alguien.

Muchachos y muchachas, si lo que quieren es divertirse, lo que tienen que hacer es conseguir Soy fiestera, y salir a carretear con el texto bajo el brazo: les aseguro que conseguirán pareja en el baile eterno de la madrugada citadina, que sólo acaba cuando uno quiere.  Y si no lo saben, les dejo estos versos de regalito, estos bocadillos de Año Nuevo: “Cada día es una fiesta en algún lugar,/procura llevar contigo esa consigna”.

¿Harán caso?

Yo le hice caso, y regresé a la casa luego del trabajo caminando por avenida Baquedano (ciudad muy fiestera),  silbando una melodía improbable, una versión de la banda sonora de Soy fiestera, que de seguro no debo ser el primero en imaginar.

De Soy fiestera

Filosofía del fiestor
Tratado poético

A los efectos de verse beneficiado
por la dinámica particular de toda celebración,
se recomienda:
llegar temprano y
participar de la gestión del divertimento

sin hablar con el discjockey: pedirle
canciones con el cuerpo.

No sentarse más después
de la torta, hasta que se prendan las luces
y los mozos alineados contra la pared
nos miren con agobio, hasta habernos
bebido todas las cervezas con sanguchitos
tras el champán o la sidra y el vino y el stroberyfizz
o lo que se le parece, el pollo con crema y papas nosé
y los crêpes de verdura
y los bocaditos de sustancias inidentificables,
etcétera


Creen que

Estoy endemoniada
no es así

solamente

me excito
con mi cuerpo
en el sonido que
me abraza y
me envuelve y
me acaricia y
me contiene y
me ama y
yo lo amo
y así vamos
juntos
hacia lo que no
debería terminar
nunca:
la música,
las luces,
la noche.


Cada día es una fiesta en algún lugar,

procura llevar contigo esa consigna.
Meditando en ello,
mi tortuga y yo celebramos
la luz del mediodía
reflejada en una hoja de lechuga,
un trozo de tomate o zanahoria.
Así aprendió ella los colores,
por eso, cuando visto mi pollera
anaranjada, se confunde y me persigue
dentellando el aire.

Desde la tarde, el sábado era una fiesta.
El aroma del fijador era esperanza
en las manos del vate, y sus maneras
borraban los visos de tragedia del lunes
a viernes. Cada sábado renacían
las boutiques del barrio,
las promotoras de avon,
la mercería y las medias.
Intercambiábamos
camisas, algún pantalón, como
naipes para armar la jugada.
“Mama, yo quiero un novio”, gritaban
los ojitos de las permanentadas.
De todas, en realidad. Y casi ninguna
pensaba en el sexo sin amor.

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