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Sobre Es lo que hay, de Marcelo Díaz.

Por Cristián Gómez O.

Estos apuntes sobre Marcelo Díaz (Bahía Blanca, 1965), están motivados por la revisión incompleta de algunos de sus textos, reunidos en Es lo que hay (17 grises, 2010), ergo lo que aquí ofrecemos es un ensayo siempre provisional sobre una escritura en movimiento.

Recalco esto último: en proceso, en proceso de cambio. Díaz es un poeta cuarentón (es decir un muchacho) que todavía está por dar lo mejor de sí mismo. Decimos esto porque luego de leer Berreta (1998, uno de esos clásicos ocultos de la poesía latinoamericana de las últimas dos décadas), fascinados por esa manoseada etiqueta del objetivismo y las variaciones en torno a un cisne y la reconocida intertextualidad de la que no se hace gala pero sí se sabe ocupar con lucidez y prudencia, nos vimos enfrentados a Diesel 6002 y un Díaz completamente diferente, por lo menos en primera instancia.

Ahora se trataba de un acercamiento (pero un acercamiento ciertamente escurridizo) en torno a la realidad y la fabricación de esta misma. Porque eso nos quedaba claro: la realidad no estaba dada de antemano, sino que era un producto que los diarios, la prensa y los medios en general nos podían entregar y manipular a su antojo. La crónica de unos hechos tendía entonces a su propia ficcionalización: la loca escapada del manicomio que se robaba un tren para ir a su novio, y la intervención heroica de un policía para evitar que ese tren produjera una tragedia. Hasta ahí los hechos. Lo que leemos, sin embargo, es la dislocación del relato, el barroquismo en la relación de los hechos que no pueden permanecer ajenos al discurso que los recrea.

Así como la crónica periodística termina por inventarse la noticia, así los poemas de Díaz acaban inventando la realidad de la que quieren hablar. No por nada el primer poema de Berreta se llamaba “Once maneras de contemplar un cisne”, en homenaje al poema casi homónimo de Wallace Stevens, pero asimismo en un intento de desbancar cualquier lugar de preferencia al referente. El famoso cisne entonces deviene esa locomotora en el siguiente libro, una locomotora que ya no es futurista como en las vanguardias de antaño, del mismo modo como ese cisne ya no es modernista pese a la mención de Rubén Darío.

He allí uno de los talentos de Díaz (perdonenmé la crítica ad hominem, muchachos), esa rearticulación de discursos (públicos y privados) que encuentran su acomodo al interior de ese poema de vocación fundamentalmente dialogante y colectivo: el mejor ejemplo de esto es el conjunto titulado Laspada, donde a partir de la figura de un central de Olimpo, desarrolla toda una metáfora que excede con creces los marcos del fútbol contemporáneo para tocar temas candentes de nuestro desarrollo global.

Hay que decir que el fútbol contemporáneo va mucho más allá de sí mismo, algo que muy bien sabe captar Díaz. La mezcla de líbido y negocios, fanatismo y globalización en que se ha convertido “el deporte más hermoso del mundo”, es captada con sutil perspicacia por el poeta bahiense. La figura de Laspada, hoy cuando todo el mundo, incluido este articulista, se dedica a celebrar a Messi, es por definición una piedra en el zapato de la corrección política futbolera. Esa que alaba hasta el hartazgo al Barcelona y demoniza cuando puede a Mourinho, que ataca a las barras bravas pero vota por Piñera, los mismos que antaño se ensañaran con Maradona pero jamás dijeran una palabra sobre Havelange: Laspada, entonces, un cavernícola que hubiera tenido más sentido en el Uruguay del Maracanazo que en el Olimpo de hoy en día, resulta poéticamente una reflexión sobre las opciones de la poesía política, sobre atreverse a responder desde la poesía con un lenguaje que sacrifica algunas cosas con el fin de ganar otras. Con esto en mente, creo que un poema como “Las palabras de la tribu” deviene una poética del arte de Díaz que no se circunscribe al discurso periodístico; este es un poema que equipara la corrección política de cierto lenguaje con la neutra brutalidad de las “armas de destrucción masiva” que los Estados Unidos de Norteamérica utilizaron como excusa para invadir Irak. Un trabajo de deconstrucción que denuncia esas autoridades artificiales pero poderosas que parecieran invisibilizarse a través de la hegemonía y la homogenización de los medios.

Hay un trecho largo en el dictum que media entre Berreta y Laspada: en ese arco Díaz ha decidido seguir fiel a su intento de narrar poéticamente la realidad. Lo que han cambiado son los métodos para describir un fenómeno que se modifica en el momento mismo en que se lo encara. Tal vez ahora el poeta vaya más de frente. Tal vez ahora sea mayor la urgencia.

De Es lo que hay (Berreta + Diesel 6002 + Laspada)

Cervezas

 Para Fabián

Bajo el toldo sucio de la Pizzería Avenida
mi amigo dice así es la cosa, los amigos
se casan o se mueren, se van lejos,
tienen hijos que se les parecen
.

 Así es la cosa, dice,
La mano en el platito de maníes,
la cerveza bien fría.

Mi amigo todavía no sabe si se va
o si se queda. Capaz me voy, dice
capaz no, no sé
.

Por lo pronto, Sergio y Sylvia buscan casa,

el Turco, me dicen, ahora para en Costa Rica,

y Omar se va de vacaciones>
porque las puede pagar en cuotas.

Papeles con poemas y botellas vacías.

También se va diciembre/ Y ojo al mozo:

Ahí van tapitas
Para que el colectivo
Las hunda en el asfalto.

Las ruinas de Disneylandia

El Tato afanaba fasos
en el kiosco de la esquina,
meaba desde el techo a la vereda
y un día se hizo cura.

El Chile se choreó un Mercedes
para ganarse una minita;
fue a parar a Batán
y en un tumulto turbio
lo limpiaron.

Miguel está pelado, pero es buen tipo.

Norma, Laura y Marcela
son maestras, y todas
tienen más de un hijo.

El Cabezón embarazó a la novia y se cagó la vida.
El Topo se volvió abogado y si te ve, no te saluda.

Yo un día regalé
todos mis cassettes de Kiss,
y ahora los extraño.

El Conejo era Campera Negra.
La vieja le gritaba todo el santo día:
Vas a terminar mal
– le gritaba.
Me la veo venir
– le gritaba.
Se casó con una gorda
que lo hizo evangelista.

El Panza transa merca de cuarta y levanta quiniela.
Ya tuvo una entrada en Villa Floresta.
La mujer le mete los cuernos.
Ricardito es Teniente de Navío y sueña
con un País definitivamente en Orden
y con rapar a todos esos
negros
vagos
de mierda.

Claudia se fue a Chile.

Silvina se fue a Santiago del Estero.

El hermano del Mono
se pegó un tiro en la cocina.
Siempre jugaba al fútbol con nosotros;
era más chico,
pero no se notaba.

Vos un día cruzaste la mano
de izquierda a derecha
en el agua de la sierra.
Escribiste una cosa que no sé.

Yo en la misma que supiste:
un tipo cuidadoso
de no joder
el sueño de nadie.

Kwai Chang Caine caminando
sobre papel de arroz.

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