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Sobre Jerez volcado de Jorge Spíndola.

Por Gastón Carrasco A.

Al leer Jerez volcado (2009) del poeta patagónico argentino Jorge Spíndola (1961) entramos a un lugar intermedio, de cruces lingüísticos, sensoriales y espaciales. Dejar caer el vaso y derramar el líquido sobre el mesón de un bar es la imagen de entrada que evoca el título del presente libro, título personalizado por el jerez, licor de preparación particular y de una larga data de intercambio o transacción comercial.

El primer apartado del conjunto, “La frontera”, establece los parámetros dentro de los cuales podemos leer el libro. El espacio, la lengua, todo es frontera. La misma disposición del texto inicial da cuenta de una fractura. De ahí, el poema se abre a una serie de elementos decidores del ser parte del límite: poetas bilingües, sudacas contaminados tex mex chicanillos, palabras quechuas ingresando en lo urbano, contaminación de voces o de almas en el sur. Toda configuración espacial se vuelve un lugar de transacción o mestizaje.

“La frontera será como un tenue campo de manzanillas”, según el verso de Elder Silva.

De manera más o menos estable, la voz presente en los poemas de Jerez volcado se deja llevar por un lenguaje coloquial. Pero más allá, una coloquialidad tratada desde el afecto. La manera en que se retratan personajes como “el último mohicano”, “cotal el albatros”, “la Pereira”, “loly” o “las tres viejas borrachitas detenidas en el barrio del progreso” evoca la necesidad de dar cuenta de un mundo muchas veces silenciado. La particularidad de cada uno de los personajes los hace acreedores de la atención y fijación del poeta. Todo a manera de retribución por parte de este.

La precariedad del recuerdo, entroncada a la precariedad de los personajes mostrados, nos insinúa una intención de construcción identitaria por parte del autor. La voz nos habla de un lugar, tiempo y personajes que conoce y reconoce en su recuerdo. El espacio es compartido. Los momentos, las anécdotas, una forma de comunidad anheladas.

En cierto sentido, todo se vuelve parte de un flujo mayor caracterizado en lo que vagamente llamamos memoria. Tenemos entonces a un hablante asumido como “hombre viejo” que recorre mirando desde su sitial presente hacia los años de su niñez y juventud. De esto va, por ejemplo, “Ítaca”, poema prosaico escrito dirigido hacia una segunda persona que perfectamente puede ser el mismo hablante. Desde el epígrafe de Kavafis “Ten siempre a Ítaca en tu memoria llegar a ella es tu destino” se establece el intertexto con Homero.  Más allá de la idea del viaje o la navegación, el trabajo con el “volver” se vuelve el dictum.

La foto de tu hijo confundida con la de tu abuelo en blanco y negro. Levantarse sobresaltado a media noche, las voces de gentes que se agitan, trabajar la tierra de otros, son imágenes que se van sucediendo a modo de llegar, paradójicamente, a ese volver:

algunas noches sientes, sin embargo, que algo vuelve y navega en tu cabeza

la imagen morada del ciruelo florecido tras la escarcha

siempre regresas al patio de la infancia a calmar los ladridos de ese perro.

Ese siempre regresar al patio de la infancia, en un conocido tono lárico para nosotros, se desenvuelve y establece como regla. El dictum, volver, tiene marcado ese rasgo de imposibilidad, de ser siempre ficción. Aunque el poeta sabe sortearlo mediante lo sensorial. Todo el libro va desencadenando versos en torno a los aromas, los sonidos, incluso lo palpable de ciertas situaciones: “asociamos el olor de las lavandas con ciertos pasillos largos vistos en la infancia”. Todo, a estas alturas, con la edad de nuestro hablante, se trata de asociar. Los objetos tienen la reminiscencia de un tiempo y lugar otro, un tiempo y lugar pasado que se anhela.

Como en ese poema de la Mistral sobre el pan, la materialidad de los objetos se vuelve el motor y combustión del recuerdo. La voz hablante va haciendo un recorrido por su memoria, tal cual lo haría el jerez sobre la mesa, sin destino claro, determinado por la gravedad, para terminar en el suelo y ser trapeado por la chica linda de la barra.

 

De Jerez volcado

ítaca

 

Ten siempre a Ítaca en tu memoria llegar a ella es tu destino…

Constantino Kavafis

cuando vuelves a ítaca no vuelves a ítaca exactamente porque ella no es la misma ni tú eres el de entonces. cuando en sueños entras en la casa de la infancia y tu madre es esa mujer muy alta de espaldas en la luz, no vuelves a ningún sitio de esta tierra, sólo son reflejos, lumbres de una isla que navega y te busca a la deriva; ítaca entrando en sueños pregunta por tu nombre.

hay noches en que esa isla recala en otros sueños. entra en bares o en oscuras estaciones donde se emborracha de murmullos, de otras voces, pero jamás deja de soñarte. a veces ítaca encalla en mares aún ignorados por nosotros y entonces tienes sueños equívocos y errantes.

a veces ves en sueños el rostro de tu hijo y lo confundes con esa foto de tu abuelo: niño en blanco y negro que sonríe un mediodía de luz allá en las islas abandonadas por el hambre. es sólo la imagen de tu abuelo o de tu hijo un día desconocido y olvidado para el mundo, menos para ti, que sabes que aunque olvidado en un cajón, hay otro instante de tu existencia más remota y luminosa.

te despiertas sobresaltado algunas veces. te sientas en la cama y ves o hueles el perfume de esa mujer que duerme a tu lado con una respiración tan suave como el tacto. sientes que tal vez ella es como esa isla: sus sueños no te pertenecen. un oscuro bosque de silencio se alza tras los párpados cerrados.

te levantas, vas al día. hay voces de gentes que se agitan, trabajas la tierra de otros, no tu tierra. pides que no te pisen caminas por la cuerda, caras de clown en los semáforos. bailas entras al almacén sin brújula navegas en un cyber. mandas mensajes a telémaco, le dices que arde troya todavía y que anoche, justamente, te soñaste con una tripulación encantada cayendo en la garganta de caribdis.

al final del día aún buscas algo en estas calles, el atardecer mancha todo el horizonte y en cierta nube crees adivinar alguna de sus formas. por un instante estás a punto de recordarlo todo para siempre pero las costas de esa isla ya son otras. sustancia desvanecida en la memoria.

algunas noches sientes, sin embargo, que algo vuelve y navega en tu cabeza la imagen morada del ciruelo florecido tras la escarcha

siempre regresas al patio de la infancia a calmar los ladridos de ese perro.

 

un instante fuera de juego

 

tengo la imagen de un estadio de provincia
cancha de arena contra el cerro
la medialuna del área fuera de escuadra
despintada
veintidós tipos ahí adentro jugaban un partido importante
por el campeonato regional
marcelino britapaja hizo un gol olímpico
en el preciso instante en que el viento
raspaba sobre el campo a ciento veinte kilómetros por hora
qué hacíamos mirando fútbol en el medio del tierral?
la arena voladora lijaba en las mejillas
la barra del club rodaba como un diablo envenenado
caíamos tablón a tablón
gritando qué golazo
gritándoselo en la cara a todo el cerro
hasta que una bandera gigante del club
se desplegó por toda la tribuna
y quedamos ahí adentro como felices en el silencio de no ver.
un instante fuera de juego
un vientre blanco/
cálido era el mundo afuera de ese vendaval

 

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