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Sobre Diario de exploración afuera del cantero, de Lucia Bianco.

Por Marcelo Guajardo

Raúl Ruiz solía decir que existían cinco tipos de cara en Chile. A veces creo que también hay cinco formas de escribir poesía. Y una de ellas, tal vez la más extendida y a mi juicio la más irritante, es aquella cultivada por el igualmente insoportable ´´Magnífico Poeta Totalitario´´ que granjea en esta parte del mundo con su manera, calculadamente grave, de escribir todo tipo de poemas que resuelven, según su nublado juicio, los problemas del mundo y en particular los latinoamericanos. Digo esto para abordar el poemario de la argentina Lucía Bianco, que me ha sorprendido, entre otras cosas, por el contraste que me produce leer su texto estando al tanto, como lo estoy, de la poesía que se escribe por estos días en Chile y que salvo algunas excepciones está hecha con la secreta convicción de que se tiene algo grande entre manos. En fin, se agradece la ligereza de un día de campo.

Lucia Bianco nos entrega en tres volúmenes su Diario de exploración afuera del cantero (Vox, 2006), título que desde el principio avisa la vocación exploratoria de sus textos allí al borde del pedregal, en el campo de trabajo del picador de piedras, o en su defecto la morrena de la erosión, por el agua o el viento, en cualquier caso donde se hallan los fragmentos de un todo. Pero a no confundirse que esta primera coordenada paisajística desaparece desde el primer librillo que da la clave para lo que vendrá, o lo que es más importante, desde dónde vendrá la materia de estos poemas.

Trabajos prácticos marca el título del segmento, nos adentra en una especie de recolección de objetos de lenguaje, algunos en estado puro, signos allí flotando y otros hilados en frases descubiertas y a veces en repeticiones de ejercicios. Me explico: se hace con el artilugio encontrado el ovillo del gato, se amasa, se paladea, se traga, se deglute y a la inversa, se estira y se deja caer. Ejemplo: – de cómo el bolo se transforma en aforismo pero continua el proceso.- Es nariz todo lo que está al centro de la cara,/ órgano de las violetas, del abono./ los que en su olfato penetran tan fuerte pueden causar desmayos./ las narices sirven también para respirar.  Articulados, desarticulados, legibles,  ilegibles, sus Trabajos Prácticos son glosas posmodernas escritas al borde de la enciclopedia del lenguaje encontrado, en la distracción, en la ligereza, en el desprejuicio de una niña aburrida garrapateando un libro apoltronado y monolítico.

En Lo que se encontró tirado, segundo librillo que compone el Diario, entramos directamente en la metáfora principal del libro, el lenguaje colgado en la hoja vacía, así como la tela, así como el muro, arrancado de su contexto de origen, despojado de su primera utilidad, si tal cosa fuera posible, del paraíso cotidiano, al marquito bond de 80 gramos. De muestra estos fraseos: “Esas postales chinas / con paisajes 3D / cuando descubra el truco / que hacen a la vista / me dejo de tocarlas. / ¡Este mundo sin manual impreso! / Mi manual expreso: ¿A ver tus palmas, lindo?  –  Palabras más blandas / para decir porch / que no sean hall: / Cueva donde esconderse a fumar / Cueva donde esconderse a tocar / Cueva donde esconderse aprender a besar. / Así de casi casi y entramos en tu casa”.

Archivos Naturales completa la trilogía. Más cauteloso que los demás, sus poemas rondan el territorio de caza, hacia la danza de los organismos, los animales y sus domadores, con la misma lúdica estrategia. Ahora que lo pienso hay una relación de causa y efecto entre los títulos de los librillos, de la gimnasia inicial, luego el acopio y los cuadros cotidianos para terminar hacia complejidades mayores, escenitas naturales de otros seres vivientes, de lo particular a lo general y de vuelta, intuimos, a la hebra de los misterios, que a pesar de la ligereza, de su aparente inutilidad, nos habla de lo mismo que nos habla toda poesía: de aquellos organismos organizándose a sí mismos.

De Lo que se encontró tirado

 

Doblé la botamanga del jean
Para caminar sin mojarme con los charcos.
No sabía que al desdoblarlos
quedaría de marca esta tobillera gastada
que me obliga a seguir
usándolos así, a la moda.

 

Casa brilla. Todo reluce es tu reflejo.
Las escorias se juntan a saludar
en la tapa engrasada
que nadie mira
del detergente.

 

Duele recién descubrir
tus propios muebles de caño
cuando al leer desnudo
apoyás la espalda en ese frío.

 

Y trae de regalo
un kit
de practiquísimos vasos de metal
para poner en la heladera
tomarla como recién sacada.

Detalle: fueron fabricados
cortando culatas de misiles vacíos
y puliendo los bordes
bien pulido.
Que la boca sienta sólo
espuma,
no tajos en los labios
de pescar sol, al mediodía, en altamar.

Llegado el brindis
hacen ching distinto,
se delatan.

Por eso Don Emilio inventó
otra para decir: ¡Machuque!
En lugar de salud, felicidad:
¡machuque!
A la hora de pedir o de pensar lo que no hay.

 

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