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Sobre Menem –Duhalde, de Gustavo Giovagnoli.

Por Patricio Hidalgo Gorostegui

A nuestros hermanos argentinos los admiramos pero no los entendemos. Ejemplificamos esto con el libro que reseñamos. Entramos en él como en una película del trasnoche televisivo un día cualquiera. Sospechamos que estamos solos en nuestros afanes. No sabemos nada del autor ni de la editorial. Como cada vez que empezamos una lectura que escapa del canon, nos atemoriza perder el tiempo que se podría utilizar en esa otra cosa que nunca sabremos lo que es.

El texto titula con dos apellidos cuyos más reconocidos portadores comparten el peronismo, la presidencia de Argentina y procesos judiciales vergonzantes en su contra. En la portada, de rojo furioso, aparece en primer plano el símbolo de la Ferrari, ese caballo que se para en actitud de relincho, mirando de costado. No entendemos nada.

Entonces empezamos la lectura y, a poco andar, nos transformamos en admiradores. Mandamos mails con citas de versos (“Es inigualable la tenacidad de la ginebra / Los objetos narran su función en su forma y su sabor”), llamamos a algún amigo para leerle otros (“Del matrimonio entre una comunista y un radical, / nacen dos socialistas tímidos / y un poco indiferentes”), pero nos atolondramos, porque a la página siguiente vienen mejores (“La historia ha golpeado con dureza a las comunistas / pero estoy seguro de que sería un error darlas por vencidas; / después de todo, son las únicas que tienen un plan.”) Ahí entendemos que el menemismo surge de la imposible unión entre un peronista y una liberal, suerte de minotauro que espera agazapado en el centro del laberinto. Era que no, leyendo en Santiago recordamos de inmediato a la Concertación, ese minotauro que a nadie le preocupa en qué parte del laberinto se encuentra, pero antes de que podamos tomar aire los versos cambian de dirección y enfilan hacia las mujeres y su ideario erótico/político.

El autor parece haber tenido venturosas oportunidades sexuales con una serie de mujeres a las que categoriza excelsamente a partir de sus opciones políticas. Así, entre otras, desfilan “Peronistas como las de antes”, “naturales, solidarias y naturalmente propensas a la exaltación”, “Peronistas jauretchianas” que no son incorruptibles sino estúpidas, liberales que, como tienen educación sexual en el colegio “se saben el nombre de todas las enfermedades” y son “elegantes, cascarrabias e indiferentes”, comunistas que son “criaturas raras, calculadoras y peligrosamente inocentes” y comunistas urbanizadas que son “como monjas libertinas”. No contento con la hazaña, pasa a comparar a estas mujeres con posiciones de jugadores, desde ochos laboriosos, laguneros y sin brillo hasta centrodelanteros torpes pero oportunistas. Uno piensa en las que son como ese diez que viene de las inferiores, se sabe talentoso pero nunca llega a echarse el equipo al hombro y después deriva en las categorías que faltan, las de la chilenidad y su ideario en la fe: católicas vaporosas, evangélicas proclives a los cachetazos, ateas fundamentalistas de la juguetería a pilas.

Sin quererlo, doy con una bella definición de un buen libro: aquel que de inmediato te dan ganas de complementar, reescribir, versionar. Ese es el caso de Menem- Duhalde. Larga vida a su autor.

 

Fragmentos de Menem-Duhalde (Vox, 2011)

 

El tinto abre el apetito.

El blanco, en cambio,  produce acidez,

igual que la sidra.  El vermú es una mala bebida.

La resaca del vermú es una mala experiencia.

Es inigualable la tenacidad de la ginebra.

Los objetos narran su función en su forma

y su sabor.

Dos cosas apunto sobre la ginebra:

la azulada transparencia y el amargor.

Es un cristal que al mirar por él deforma todo cuanto se ve.

Es el barroquismo hecho licor.

 

Lucia prefiere la cerveza.

 

Dice:

es nacional y popular.

 

Yo creo que no hay nada más lindo que noviar con una peronista de las de antes.

 

Son leales, solidarias y naturalmente propensas a la exaltación.

 

Lucia es morocha.

 

Las rubias o son marxistas o son liberales.

Como un tributo a la esperanza

o, al menos a la nostalgia,

las marxistas se siguen emborrachando con vodka.

 

Las liberales no sé, porque yo con esa gente no me meto.

 

Para una de las tantas novelas que empecé

y nunca pude terminar,

imaginé esta escena:

él  –intelectual, lacaniano, ario–

curte recostado en la cama.

A su lado, ella –morocha, jauretchiana, peronista–

llora leyendo novelas del tipo Simone de Beauvoir

y habla desde esa zona de la buena voluntad,

una suerte de lugar común progresista o vagamente progresista.

El brillo de los ojos todavía húmedos.

Él vuelve a llenar el vaso de ginebra y se lo pasa.

Ella dice que no con la cabeza.

–No es que sea incorruptible –piensa él– es estúpida.

 

Las peronistas como Lu son animales tormentosos, tercos e incorregibles.

 

Las radicales son como gatos caseros y taciturnos

que esperan al amanecer el tazón de leche tibia de la mano del amo.

 

Las liberales son como caniches toys:

elegantes,

cascarrabias

e indiferentes.

 

Las comunistas son criaturas raras,

calculadoras y peligrosamente inocentes.

De ellas se puede esperar muchas cosas:

lealtad,

inteligencia

y hasta pasión.

Nunca,  sumisión.

Las comunistas, que cada vez son menos pero más obstinadas, viven solas en módicos departamentos de no más de tres ambientes o modestas casitas al fondo en Constitución, Versalles, Villa Urquiza o Barracas.

 

(Las comunistas que viven en el conourbano bonaerense están radicalizadas y tienen cierta  repudiable tendencia al lesbianismo y al alcohol pendenciero.)

(Las comunistas así son como monjas libertinas.)

 

(El mundo según las comunistas argentinas es un complejo entramado de intrigas y complots urdido en Washington o Londres.  Les gusta usar las palabras voraz, decadente, reivindicación, clase obrera, lucha de clases, plusvalía y reaccionario.  En cambio, nunca usarían las palabras marketing, mercadeo o target.  En la cama son francas y desprejuiciadas.  Eligen la ropa interior de algodón sin puntillas, que compran a las señoras bolivianas en la calle, después de hacer un breve regateo en el que siempre terminan cediendo.  Desnudas se las comprende mejor: son siempre flacas y fibrosas.  Recién después de los treinta se empiezan a notar las marcas físicas de su militancia: várices, callos, caries y una tos obstinada y perruna.   Antes morían jóvenes; las mataba la tuberculosis o la represión.   Hoy las cosas han cambiado y suelen vivir muchos años.)

 

La historia ha golpeado con dureza a las comunistas

pero estoy seguro que sería un error darlas por vencidas;

después de todo, son las únicas que tienen un plan.

 

El plan de las comunistas es (creo)

destruir el mundo.

 

Las liberales no tienen planes,

tienen ambiciones feroces y desmedidas.

Por un motivo que ni siquiera ellas misma pueden explicar,

sienten que el mundo les está perpetuamente en deuda

y nada de lo que pueda pasar,

bueno o malo,

va a lograr saldarla.

Me dicen que para el amor son sofisticadas y audaces.

 

Supongo que criadas en la convicción de la libre competencia,

exigen mucho de sus amantes,

como quien exige mucho de una mercancía que compra.

 

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