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Una lectura de XXX a El zig zag de las instituciones de Marina Mariasch.

Por Ernesto González Barnert

Después de leer XXX (Edit. Siesta, 2001) y El zig zag de las instituciones (Vox, 2009) queda claro que la porteña Mariasch al escribir tiene un Danton en su lado derecho del cerebro y un Robespierre al izquierdo.  Entiende que hay que saber ejecutar cualquier cosa, estar avezado en todo tipo de ejercicios. La verdadera Fuerza consiste en la exageración de la soltura. El artista debe llevar dentro un saltimbanquicomo apuntase en su correspondencia Flaubert. Al respecto, celebramos en estos libros una obra que la tiene clarísima, realizada con posición e intensidad.  Naturalmente no ganó todas las batallas, pero sí la guerra. No poseo todo el abanico poético de la autora, pero al menos entre estos dos libros sí veo una escritura in crescendo en sus cualidades, cada vez mejor. Asunto nada de obvio en vista a la gran cantidad de autores que van en retroceso con los años. O que simplemente insisten en ese largo traspié que es su poesía, por mucho que camarillas y premios en la solapa digan lo contrario. Ahora bien, Marina, desde el poema “Soy-ex” hasta “Querida Marina” en XXX, no escatima fuerzas en el ejercicio dificilísimo de abrirse a través de la microhistoria, el diario vivir, la confesión abrupta, el detalle inesperado o el lujo sarcástico con tal de dar cuenta de una posición, su poética de vida. Y que nunca es un lugar fácil ni cómodo ni obvio y donde también hay contradicción, desesperación, desprolijidad, cambios de timón, humor, profundidad, ternura, una ternura nunca melosa. Siempre saltimbanqui de su propio dibujo y desdibujo personal, muy femenina (asunto que no solo pone en juego sino que también en tela de juicio) y desde lo familiar, enmarañada en la particularidad de los lazos, sean familiares, amistosos o de amor. Y claro, si en XXX lo principal era imponer una voz, una posición, una poética que no dejara dudas de que Mariasch se juega el pellejo, tiene soltura imaginativa y crítica, es capaz de articular un yo verosímil y urgente, penetrante y mordaz, efectivo, enfermo de literatura pero no romántico ni retórico, sino concreto y asible. En El zig zag de las instituciones impone esa poética de marca registrada, ampliando el cerco de las relaciones habituales, inmersa ya como poeta en todo lo que es y hace, haciendo eco también de lo que representa y acusando heridas de guerra, lo que la vuelve empática, contra todo pronóstico. Esa vena cruel y sarcástica ganada con los años, no es gratuita. Cobra caro. Así, corta versos o discurre en prosa, ajena a la pelea chica de los géneros, híbrida, cada vez más exacta y cruel, más brutal y honesta. Esa rudeza en la manera de buscar su material básico en las vivencias sin la vuelta de tuerca de la ternura o la perspectiva literaria vuelve algunos versos o líneas y algunos poemas pueriles, frívolos, descartables. Marina no es del club “gatillo fácil”, sino que es una francotiradora, pero cuesta verlo con claridad, por su deseo de tal vez siempre dar más de un tiro de gracia en cada poema o texto. En otras palabras cultiva una escritura a fuego lento para alimentarse y de esa necesidad que comparto, también emerge la dificultad del gusto, del vaivén emotivo. Y que se traduce en una escritura que no es complaciente ni se deja complacer, siempre está en guardia, con ella o los demás, es independiente, es antigregaria y sin embargo no solitaria, necesita a los demás comensales. Es cerebral en la mira e intuitiva en su búsqueda. Cuando carga con suavidad y ternura se vuelve total. Pienso en poemas como “Marina, con nubes, “Cuando todos estaban en el cine…”, “La joven ama de casa”, “Poemas americanos”, “En casa comemos…”, “Chuik-chuick”, “Entschlossenheit”, etc. donde nunca será solo el ritmo lo que estremece. Por supuesto, esto y mucho más la vuelven crucial en el panorama poético actual y reafirman mi opinión de que la poesía argentina contemporánea tiene un puñado de autores no solo escribiendo con vértigo y pegada al lector, sino que corriendo más riesgos, so pena de caer en la desprolijidad y lo pueril, por la soltura y claridad prosaica con la que llenan de literatura la vida, pero curados del anquilosamiento retórico con que tradiciones como la chilena o peruana lidian por culpa de malos académicos, críticos, lectores y los propios escritores aferrados a fórmulas archiconocidas, conglomerados en la medianía del que no se equivoca, o es inexperto, pero tampoco dice mucho.


 De El zig zag de las instituciones (Vox, 2009)

DE TODO LO QUE ME RODEA, NADA, NADA ME PERTENECE

En la casa hay sólo dos tipos de objetos: los objetos con valor afectivo y los objetos con valor de mercado. Debería, entre todo esto, buscar algo como yo, pero quién soy yo, esta, aquella, la de más allá. Me siento afiebrada, aunque es sólo el calor. Leo esa poesía, que es pura inteligencia. No hay morbo, no hay especulación. Recurro a un procedimiento del cine: ponerle música infantil a una escena de terror. Más allá, leo “Guía para entrar y salir de la vida ajena”. Escucho esta música, que es pura sensación. Aquel día que escribí sobre las casas no sabía nada de los huracanes -ni tal otro, ni tal otro, ni tal otro. Buscando entre las cosas de la casa algo para regalar encuentro una tarjeta con dedicatoria: “Para la música fuerte, la que despierta vecinos”. Leo “Instrucciones para reconocer a tus ídolos”. Registro los movimientos que hacías mientras dormías. Leo “Mecánica del aquí y ahora”. Escucho todos los sonidos del mundo rebotando contra las paredes. Aprendo a leer la música.

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