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Sobre Rubios Naturales, de Carolina Rack.

Por Ángel Valdebenito Verdugo

Las zonas de fricción entre culturas han sido siempre prolíficas y de especial interés para la creación literaria. Hay algo ahí que nos enfrenta a nuestros grandes miedos y responsabilidades. El punto en que la dificultad para comprender al otro puede bifurcarse, por un lado hacia la solidaridad:

(…) me dice que fue Zansón, Manón

algo así, fue él quien

mandó, además, los pandulces

en las colonias nadie los conocía

no se sabía qué era eso, pero

fue Catón, Pegón, ya no me acuerdo

el que ayudó a muchos pobres

con ropa y sábanas, unas que tenían

bordado el nombre del ejército (…)

o hacia la violencia:

Carnaval en la calle ancha, no me gustan los pomos,

la espuma, o sí: estar mojada en febrero está bueno

pero ahí vienen esos rusos que son brutos,

antes nos gustaban, eran lindos,

después: el ataque, te agarro la cara, de los pelos

el pomo se gasta rápido, nunca a los ojos,

rompemos el aerosol, lo llenamos con agua

ya van a ver, del miedo y mojada

Vicky corre al lado mío, la llaman por su nombre

a mí no, no soy de acá, quién me conoce,

ese (fue ese),

yo con remera azul, estreno jean y la remera adentro

bajé catorce kilos, la remera debe ir adentro,

la panza chata, indicio: puedo ser atractiva

me tocan el culo

salimos corriendo y con espuma del pomo gastado

con la última espuma los rusos brutos escriben putas en la pared.

Carolina Rack (Coronel Suárez, 1981), a través de un ejercicio de vocación microhistórica se sumerge en los difusos recuerdos familiares, las “imágenes quebradas” de su estirpe. ¿Qué encuentra? Datos imprecisos, peleando en la memoria de una abuela que no es una abuela típica de cuento con un relato que esclarece todo, hacia atrás y hacia adelante. Un cancionero. Bloques de moral pueblerina. La persistencia del desajuste cultural.

A diferencia del nativo, el transplantado está tensado por una cuestión doble. Trae una identidad previa que, no obstante el cuidado en la preservación de ciertas costumbres, el manoteo desesperado en el agua que es el rito para un inmigrante, deberá ser sacrificada inevitablemente. Se podría incluso parangonar esa temerosa expectación de un recién llegado a la angustia adolescente ante la iniciación sexual. Rack, se hace cargo de esta angustia ancestral en un movimiento (¿aparente?) de dejarse llevar por la corriente, aunque los ojos vayan bien abiertos, registrando, indagando todo. A esto contribuye la personificación adolescente, magníficamente lograda.

La apariencia física es la primera y principal capa a la hora de definir  límites y jerarquías. El “rubio natural” y la piel blanca son sellos de calidad con los que simplificamos una forma de ordenar el mundo sobre la base de nuestro arribismo provinciano. Lo que hay detrás de esa inocentada es lo que indaga este libro. Lo hace a través de textos testimoniales. Relatos enjundiosos musicalmente impecables. La versificación es suelta, supeditada a la narración, pero bien ajustada y a ratos incluso tarareable.

Los poemas concentran la intensidad de momentos a veces baladíes, pero reveladores. Es un libro enriquecedor, en cuanto abre ventanas hacia un microcosmos complejo, peculiar, pero a la vez tan próximo que parece mirarnos de frente e insinuarnos un abrazo o una caricia en la espalda. Rack podría haber construido un ejercicio en grueso sobre la identidad, pero en cambio, nos presentó a la familia y a través de ellos –personas, no personajes- nos convocó a un diálogo profundamente humano.


*Otra lectura de
Rubios Naturales, por Gloria Dünkler, aquí.

 

De Rubios Naturales (Vox, 2013)

Los de Mate Gasse son los pobres, los polak.
Nunca saludes un polak, te persiguen
y son sucios. Si no te bañás quedás como un polak.
Parecen dos polak, decía mi tía cuando volvíamos del campo.
El frío del baño en la casa inmensa, después de la ducha,
y los ojos negros del polak que se sentaba en la esquina
me daban ganas de escapar a la Mate Gasse.
La maldad de mi prima: hay un polak que gusta de vos.

*

Los rubios naturales de las chicas
sentadas en ronda eran la única garantía de esa historia.
Dijeron que vino el Pelznikell en navidad,
que casi la atrapó a Silvi. Silvi había roto
vasos de vidrio con sus dientes en el Paddle,
era carne de Pelznikell desde hacía tiempo. Tuvo
suerte. O no: se sabe que el Pelznikell prefiere perseguir
a los varones. Se encerró con el tío Mischke en el
baño y le mostró las cadenas, ellas dijeron que también le mostró
la cara. Voy a preguntar. Pero es mentira.
Todos me mentían en la colonia,
no había ningún Pelznikell,
no había fantasmas de monjas en los nichos,
mucho menos matrimonios entre primos y hermanos.
Negaba sin certezas. Porque las chicas de Suárez
también me mentían. Dijeron que sus padres tomaban mate
y que mis abuelas hablaban inglés,
la teck era un invento y el match, barro.
Me acusaban, era yo la que.
Los fines de semana volvía con las rubias naturales,
no me había hecho amiga, pero prefería el exotismo.

*

Cuando gana Independiente llevan chorizos al bar,
pagan la ronda a los hinchas,
hay uno al que le dicen panqueque, es del club que gana,
no se merece el chorizo, pero se le da,
ayuda en los festejos, lo gastan, eh, vos, panqueque.
Lo contaba mi tío en alemán,
la palabra panqueque resonaba
el sonido del charango en el medio de la estepa rusa:
kafjaskdfhskadfjkas PANQUEQUE dfasfjksafksañfdjkaseuiaewui

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2 pensamientos en “Esos rusos que son brutos

  1. Hola, me encanta lo que escribís y como lo hacés. Conozco las colonias de Suarez.
    .Donde se vende el libro?
    Yo vivo en Capital…

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