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Sobre El Libro de las formas que se hunden, de Mario Ortiz.

Por Marcelo Guajardo Thomas

La invisible y teórica fuerza centrifuga que lleva a toda poética a tender hacia un centro y convertirse en un solo poema parece volverse realidad en El libro de las formas que se hunden (Gog & Magog, 2010), del argentino Mario Ortiz. Acostumbrado a un proyecto unitario, este libro es la cuarta entrega de un poema que se viene enrollando y desenrollando ante el lector: los ineludibles Cuadernos de Lengua y Literatura. Un diafragma de ritmo y sentido que adquiere la forma del fenómeno de turno, para el libro que nos convoca, los acontecimientos que rodearon el encallamiento y deterioro de un viejo barco abandonado en Rosario. Con este pie forzado ya establecido el texto se entrega a la centrífuga y comienza a girar sobre sí mismo y cual tornado, traga todo lo que encuentra a su paso: noticias, crónica, manifestaciones líricas, ritmos, prosodia de lo más variopinta, intensidad, vértigo en definitiva. Aquí, sin embargo, el diafragma controla la velocidad de las formas. Aceleradas, cantábiles o recitativas cuando lo requiere, pues como todo organismo, el lenguaje se contrae y se expande para seguir vivo.

Así sucede. El libro de las cosas que se hunden diverge y converge en su despliegue hacia el centro y los bordes desde ese único libro y poema: sus Cuadernos de lengua y literatura, que Mario Ortiz nos viene entregando a modo de libros desde hace años. Y digo a modo de libros porque lo que Ortiz entrega son relampagueos de la tormenta. A la vera de los acontecimientos, de las imágenes reproducidas, de los relatos. Mario Ortiz regula las válvulas para que el resultado nos sea legible. Lo digo porque de tormentas y caudales expresivos desbocados hay mucho y muy malo además. El resultado es un río, que como la moraleja, nos parece igual mientras lo vemos pasar, pero si nos fijamos bien sabremos que nunca es el mismo río.

En esta entrega destaca la pericia del perilleo del operario, que permite a Ortiz regular la intensidad y el surgimiento de sus materiales. Nunca azar, sólo ritmo en la factura de un tinglado que se sostiene y que se abalanza sobre el lector, a ratos como amenaza, otros como grata sicodelia. Particularmente placenteros son los modos cantábiles y los recitativos que ocurren como vigas maestras sosteniendo la pieza. Otro hallazgo es la misma gran metáfora que motiva el libro: los barcos que encallan en los roqueríos o aquellos que se oxidan olvidados en las plazas de pueblo. Para ambos el destino es el hundimiento final, así como el lenguaje en el torbellino del habla o en el caso de Ortiz el torbellino de la poesía.

La disolución y el deterioro es clave en este libro. Así como se solidifica, se diluye, se difumina y se vuelve a solidificar. La ruta al vértigo se expone y con ella la fórmula del lenguaje por el lenguaje, la mayor parte, pero también el lenguaje por su sentido, por su fuerza expresiva, por su capacidad de recrear la realidad.

Vea una muestra poética de Mario Ortiz, aquí.

 

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