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Sobre Karateka, de Clara Muschietti.

Por Gabriel Zanetti

Tiendo a pensar que, generalmente o casi siempre, está más castigada (por los agentes críticos oficiales y certificados)  la utilización de un yo más o menos autobiográfico que extremar una posición de género. Acá, según he leído, se utilizan ambos recursos, pero con un control destacable en términos de hasta dónde llegar y hasta qué punto se pueden explotar literariamente estas tesituras.

El primer poema de Karateca (El fin de la noche, 2010) ejemplifica estupendamente las posibilidades de la primera persona, de la poesía que va de lo interno a lo externo (y viceversa) con tanta naturalidad. Como si el ombligo partiera hacia dentro y terminara hacia afuera como una tapa levantada de la calle. Un yo con aire extranjero, outsider sin ningún aspaviento y la conciencia de una comunidad se desarrolla: “…un camión descarga lácteos en un mercadito/ los hombres hacen fuerza/ el chino del mercado da instrucciones/ yo pienso en la cadena,/ en la cadena alimentaria de las cosas,/ lo mejor que puede pasar/ es que se vendan todas las leches.” Un poco más adelante: “En qué franja del mundo estoy/ en la que hace qué/ en la que cree en qué/ en la que jamás piensa qué”.

Así la autora va tomando una posición política desde lo íntimo a lo social, desde el individuo a la comunidad, sin hacer una teorización directa, sino expresando una posible teoría. Un zoom in, zoom out constante, una búsqueda de lazos, cuerdas, relaciones, curas, explicaciones, donde aparecen diversos matices familiares y etarios. Algunos versos: “hay una franja que nos unirá siempre/ la franja de los hijos de Mónica y Ulises”, o “De cerca soy yo, de lejos me parezco a mi madre.”, o “fijamos la vista en cualquier bebé. Algo desesperantemente nuevo./ Para curarnos”.

En muchos sentidos Karateca pasa de la especifidad del yo a la pluralidad del nosotros, desde el nosotras que apela a la diferencia por las particularidades de cada género a unir. Sin ese otro al otro lado del poema, el texto no sólo sería menos potente, sino que, quizás, no tendría sentido. Sin ese otro u otra que también es cualquier lector o lectora –y eso la autora lo sabe muy bien, sobre todo cuando dice nosotras– la expresión del dolor, desesperación, desorden, injusticia, duda, etc., no sería la misma. La potencia y calidad de una escritura no tiene que ver con tiempos verbales, pronombres o género, sino con la entrega de algo más que su experiencia y posición y el talento y rodaje del poeta para ejecutar un proyecto. Un verso de Montale para cerrar: “Ella no tiene edad/ todos los desgarros son contemporáneos”.

De Karateca (El fin de la noche, 2010)

El paso se interrumpe
un camión descarga lácteos en un mercadito
los hombres hacen fuerza
el chino del mercado da instrucciones
yo pienso en la cadena,
en la cadena alimentaria de las cosas,
lo mejor que puede pasar
es que se vendan todas las leches.

En qué franja del mundo estoy
en la que hace qué
en la que cree en qué
en la que jamás piensa en qué

qué soy exactamente
qué virtudes tengo
en qué franja de la bondad entro.

*

El desánimo como un tumor agudo.
Miramos por la ventana y fijamos la vista
en cualquier árbol. Algo desesperadamente verde. Para curarnos.

El teléfono suena y una señorita de un plan
de salud nos comenta lo bueno que sería
que tuviéramos medicina antes de irnos de veraneo,
después ríe y dice que no va a pasarnos nada. Pero ya pronunció
la amenaza. La escuchamos pero no vamos a decirle ninguna cosa.
Nos tocamos el pecho buscando una señal de algo,
y late, pero hoy no hay caso.

Un desconocido nos pregunta cuáles son
nuestros sueños para este año,
sólo sabemos los que tuvimos, uno en el que íbamos presas
por un crimen que no habíamos cometido,
la buena instrucción se cuela hasta en los sueños
y somos santas pacifistas pero
despertamos gritando con el llanto aferrado
como un tumor inextirpable.

Ahora sin escuela, sin tutor o encargo, juntamos
la tibieza que deja tu cuerpo en la cama
y le rendimos un culto salvaje para no sentir
que la soledad comienza a alojarse
como un tumor inexplicable, desde el nacimiento
no hacemos otra cosa
que estar con gente.

Un conocido nos pregunta sin en verdad estamos enamoradas,
fijamos la vista en cualquier niño. Algo desesperadamente joven.
Para curarnos.

Un bosque de pinos no nos propone nada,
una alameda, un arroyo, una cascada,
no nos propone nada.

El agua salada turbulenta podría limpiarnos,
decir mil cosas sobre sus beneficios
pero mejor deseamos:
ojalá que nos cubra el yodo
que pueda nutrirnos
que se nos vaya de la cabeza
todo lo aprendido.

*

No es taquicardia,
es nuestro Karateka,

ayer lloramos mucho,
está practicando la prueba
de partir el ladrillo.

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