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Entrevista a Valeria Tentoni.

Por Enrique Winter

Nació hace 26 años en Bahía Blanca. Poeta, narradora y abogada, ejerce de periodista y gestora cultural con una inquietud intelectual que expande todas estas parcelas.

¿Por qué el derecho? ¿Por qué la poesía? ¿Por qué el periodismo y la narrativa?

Escribo desde muy chica, y mis papás tienen mucho que ver con eso. Diría que son responsables directos de mi amor por los libros. Ambos son abogados, además. Mi mamá nos leía cuentos todas las noches a mi hermano y a mí. Nos traía libros maravillosos, llenos de ilustraciones y colores, y se sentaba en una sillita entre las dos camas para leernos hasta que nos quedáramos dormidos.

El estudio jurídico de mi papá ocupaba el garage de casa. Yo lo miraba trabajar y quería hacer eso: tipear en la Olivetti, estampar letras en las hojas, sellar papeles, hacer ruido de párrafos. La oficina estaba llena de libros; tomos de Derecho Civil, códigos, tratados. Frente a su máquina de escribir, recortado sobre el fondo de la biblioteca, mi papá era para mí un escritor. De alguna manera lo es, así como es un gran lector de Borges, Kafka y Poe. A la hora de la siesta yo me colaba en su oficina y escribía cuentos. Me sentaba en su sillón y jugaba a escribir. Dejaba blancos entre párrafo y párrafo para que mi hermano, Nicolás, los completara con ilustraciones. Como todavía no sabía leer, dibujaba karatecas con crayón sin importarle el contenido de los cuentos.

El derecho es una suerte de versión ficcional del mundo: una mentira higienizada por el proceso, por la burocracia. La arquitectura de los juicios tiene muchos puntos en común con la de una novela o un cuento. Y el derecho también se mueve sobre ciertas ficciones útiles que se toleran a los fines procesales, las ficciones jurídicas: sobre este punto conviene remitir a la obra del jurista argentino Enrique Marí. Hay una autora estadounidense, Martha Nussbaum, que inclusive propone la lectura de novelas como método de mejoramiento de la gestión de justicia. Lo hace en un libro que se llama Justicia poética. Los vínculos entre derecho y literatura son múltiples y selváticos. Todavía estoy investigándolos, me interesa mucho esa interacción.

En el último año de carrera en la Universidad de Buenos Aires los alumnos de abogacía deben prestar servicios jurídicos gratuitos. A mí me costó mucho superar ese tramo. Los casos que se nos presentaban eran durísimos y yo me sentía completamente inútil ante ellos, era desesperante. Lo único que pude hacer con esa desesperación fue escribir un libro de poesía, Ne bis in idem. Lo cuento acá para responder a esa pregunta; por qué la poesía. Porque no sé vivir de otra manera. No sé cómo se tolera la violencia del mundo sin escribirla. Cómo se negocia con la realidad sin procesarla en un texto.

La poesía, a su vez, violenta el lenguaje: fuerza sus bordes, sus normas, sus límites. Prueba la incompetencia de las leyes para decir el mundo. Pienso en el Bartleby de Melville: en el abogado frente al giro caprichoso del escribiente. El abogado que no puede resolver ante la exactitud desorbitada de la fórmula de Bartleby. Ese tajo en el lenguaje que ejecuta Bartleby de un solo movimiento. Pienso en el abogado que, acostumbrado a negociar con fórmulas limpias, se topa con una que pervierte las reglas. Esa podría ser la fórmula de la poesía: preferiría no hacerlo. Lo que funciona saqueando la pulcritud del lenguaje, la rebelión de la palabra. Deleuze analiza esa obra de Melville con gran lucidez. Dice que es un texto violentamente cómico. Dice que la fórmula de Bartleby podría ser una suerte de lengua extranjera abierta en la lengua.

El periodismo, finalmente, me atrae como espacio en el que la pregunta está habilitada por el oficio. En un mundo en el que se esperan respuestas, el periodista tiene no sólo el derecho sino la misión de seguir preguntando. Me gusta ese trabajo. Me sirve como fuente de historias. Ahí puedo ser curiosa, obscenamente curiosa: siento que el periodismo me reserva un lugar en la primera fila del teatro del mundo. Desde ahí miro y escribo.

El derecho es coercitivo, la literatura es persuasiva. El derecho es racional, la literatura es emocional. El derecho es colectivo, la literatura es individual. ¿Verdadero o falso?

La literatura puede ser coercitiva. Pienso en la idea de canon, en los procesos de legitimación, en la crítica. Y el derecho es en muchos casos persuasivo: sobre esto último, por ejemplo, estoy pensando desde hace un tiempo en la sonoridad de las leyes. Creo que en la rítmica de las normas hay una musicalidad persuasiva: el legislador como un encantador de serpientes.

El derecho, por otra parte, resulta no pocas veces emocional. El juez es un ser de carne y hueso que siente y se entusiasma y tiene un catálogo de normas disponible para elegir con cuál de ellas justificar su capricho. “La justicia es una excelsa superchería. La justicia es tan arbitraria como las modas”, escribió Juan Filloy en Caterva.

El derecho y la literatura, como manifestaciones culturales, son construcciones colectivas.

 “Uno puede / sí, imaginar: / pero nada sabe caer sobre el cuerpo / con más gracia que la experiencia” confesaste en Ne bis in idem. ¿Cuánto influye esta constatación en el paso de la experimentación de los poemas de Batalla sonora a la comunicabilidad de los relatos del reciente El sistema del silencio?

Bueno, creo que mi escritura todavía puede mejorar, y espero que esta posibilidad se mantenga siempre. Nada me aterra más que la idea de detenerme en el aprendizaje.

Le tengo mucho cariño a Batalla sonora, porque es un libro que salió rodeado de afecto y me hace pensar en Chile, donde viven amigos a los que les tengo un amor inconmensurable, personas que son para mí hermosos volcanes mágicos. Con El sistema del silencio pasó algo parecido, también se publicó rodeado de generosidad. El proceso de escritura fue muy distinto. Con el tiempo me volví más puntillosa en la corrección. Paso mucho tiempo corrigiendo los textos, antes no era así. Ese es el cambio más grande en cuanto a la experiencia de escritura.

Cuéntanos entonces de La martingala y Ajuar, tus últimos libros de poesía, de lo que estás escribiendo y leyendo actualmente.

La martingala es una plaqueta breve que se publicó en una revista de Bahía Blanca que se llama Esto no es una revista literaria. Algunos de esos poemas fueron a parar a Ajuar, un poemario que salió por concurso en Editorial Ruinas Circulares, de Buenos Aires.

Creo que Ajuar es un poemario perturbado. Trabajo algunos temas que todavía no se me pasan, que vuelven a aparecer en lo que estoy escribiendo ahora: la maternidad, el cuerpo, la dominación, la propiedad del cuerpo, la filiación, la repugnancia. Tiene un prólogo precioso de una escritora a la que admiro mucho, Liliana Díaz Mindurry.

Ahora estoy escribiendo una novela, que no sé si terminaré. Me cuesta escribir textos largos, todavía no pude completar ninguna novela de las que empecé. También tengo un libro de poesía germinando en un archivo de Word, pero no le estoy prestando demasiada atención.

Estoy leyendo narrativa, más que otra cosa, últimamente. Disfruto mucho las novelas, me gusta ese rapto sostenido al que me someten. Me interesan los libros que me persiguen aún después de terminar de leerlos. Me fascina la obra de Fernanda García Lao, la originalidad y la potencia de sus libros. Tuve oportunidad de leer hace unos días unos textos inéditos de Guillermo Martínez que son también perturbadores y brillantes, y seguramente se publicarán en breve.

Tu afán escritural persevera en el del arte rupestre de los primeros habitantes: asir lo fugaz, dejar constancia de los hechos y de la diferencia. Lo considero también el preludio a tu vejez, cuidando un jardín. Otros han visto la fascinación de lo inmundo y la secreta belleza, convulsiva. En ellas, oigo la voz de los victimarios y de las víctimas, pasajeras ambas de imágenes delirantes, que en sus momentos más altos, inventan un lenguaje, amoldando giros idiomáticos ajenos hasta hacerlos propios, dislocando el verso como si riera, pintara e improvisara una música que se llama sospecha o hambre. ¿Con cuanto de esto estás de acuerdo y, por favor, cuanto de tu propuesta está omitida aquí?

Me cuesta mucho pensar en mi propia escritura. Siempre me sorprenden las lecturas que otros hacen sobre mis textos. Me interesa la idea de jardín; creo que todo lo que escribo tiene por origen el patio de la casa de mis abuelos maternos. Siempre que escribo estoy ahí. No sé cómo explicarlo, pero estoy ahí, bajo el limonero, temiéndole a las abejas.

También me interesa la idea de sospecha. La pregunta, lo que se dice que se dice y se vuelca como verdad provisoria. La idea de verdad como una versión más, entre todas las posibles, del mundo.

No sé si tengo algo así como una propuesta. En todo caso, quisiera que mi propuesta fuese algo en mutación permanente.

A cinco años de la revista literaria La Quetrófila y a tres de El Monstruo de la Ría que creaste y dirigiste, ¿cómo valoras sus aportes? ¿Cuán necesarios te parecen los periódicos sobre arte hoy? ¿En qué se diferencia Pájaro, que hoy diriges, que te lleva a perseverar en ella?

Me fascina el trabajo de edición. Las revistas son espacios de diálogo y generan vínculos de intercambio y aprendizaje. Es muy cansador que el problema siempre sea el mismo: la financiación. Con Pájaro en este momento estamos detenidos por ese tema.

Puedo producir contenido, puedo trabajar sin parar en un número con absoluta felicidad, pero no sé cómo generar dinero. No me gusta hablar de plata, me pone de mal humor. No sé negociar, no me sale, entonces todo llega a un punto en el que eso se vuelve un problema invencible.

¿Y más allá, en la Audioteca de Poesía Contemporánea en la web, Frente a Cano en la radio y hasta en televisión con La Otra Mirada? Eso sin contar tu relación con las nuevas tecnologías, como activa bloguera y twittera, que pareciera tan distante a la callada reflexión de nuestras literaturas favoritas. Junto con contarme de estos proyectos, algo habrás reflexionado sobre el ejercicio del poder y los medios, ¿no?

La Audioteca es un proyecto que me sorprendió mucho, porque lo inicié sin pensar que tantos poetas iban a prestarse a colaborar. Es trabajoso hacerlo, porque como los autores están, casi todos, muy lejos de donde estoy yo ahora –los hay de España, Chile, Uruguay y Argentina–, tienen que grabarse por sus propios medios y enviarme el audio.

Me interesaba rescatar la sonoridad de los poemas: que aparecieran en la voz de sus autores sin musicalización ni efectos. Tampoco se publica el texto. Sólo se acompaña una breve biografía del autor. Lo que más disfruto son los pequeños sonidos domésticos que se cuelan en las grabaciones: la música de la intimidad.

Me gusta trabajar en radio, lo disfruto mucho. En televisión no tanto, es más bien un trabajo, ahora. Un modo de ganarme la vida. Ni siquiera tengo televisor en mi casa, así que, por suerte, nunca me veo en la pantalla.

No tengo nada de callada, está claro. Me gusta estar afuera, entre las cosas que están pasando. Alberto Laiseca dice que para escribir más hay que leer más y vivir más. Bueno, comunicarse es vivir. No me interesa, tampoco, la solemnidad intelectual, la reserva pensante, el recogimiento cerebral. Ando, vivo, me equivoco, me enfurezco, me entusiasmo, me desilusiono, amo con todas mis fuerzas. Duermo bien o mal. La sangre no es agua, dicen. Yo vivo en el tiempo que me toca.

(Foto portada: Rocío Zabalza Ritacco. Edición: R.S.)

*Una lectura de Ajuar, de Valeria Tentoni, por Jonathan Sepúlveda, aquí.

De Antitierra (inédito)

Estoy viendo el funeral
de Whitney Houston, on line. Hay
21038 espectadores, en este momento
21038 viewers, indeed
atravesando la red. Yo acabo de fumar
el primer cigarrillo del día.
Un botón rojo a la derecha reclama
stay tuned.

Ahora somos 21627, el contador
se mueve
como un fantasma idiota
que deambula entre los números
y los tuerce.
Todo esto no interesa a nadie.
Ni siquiera a los 22034 que ahora, 22078
22123,

Yo solamente puedo pensar
en que me quedé sin trabajo, en esta ciudad de la que un escritor
que no nació en esta ciudad
está diciendo es
la ciudad de la que se habla mal, la ciudad maldita, la ciudad cargada de una
disposición
adversa
en que algunas esperanzas no valen el esfuerzo, en la remera de Charly
roja y blanca, a rayas
que usó en un recital en 1985 en la televisión chilena,
en los pibes que aplaudían en las gradas, mientras Charly
si lo que te gusta es gritar desenchufá el cable del parlante
y pienso también en mí
que, quizás, a esa misma hora, estaba naciendo.

Encuentro, entre otros papeles
el «Acuerdo sobre salvamento y devolución de astronautas y restitución de objetos
lanzados al espacio ultraterrestre», tratado que Argentina firmó el 28 de Mayo de 1968,
sin ninguna declaración particular u objeción.
Cosas como esas tuve que memorizar para construir un rollo de papel
que ahora duerme en un tubo negro de plástico. Miro ese tubo
y me gustaría agarrarlo y salir a la calle
a jugar, como los chicos,
a las pistolas, a los buenos y malos
disparándolo como una bazuca, al hombro.

Todo es irrelevante. Todo es inútil y estúpido y triste.
Es sábado. Llovió pero ya no llueve. Hace 34 horas que no hago el amor.
Un amigo me espera
para almorzar. Yo acabo de prender
el segundo cigarrillo del día.

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2 pensamientos en “La sangre no es agua

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