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Sobre tabaco mariposa, de Elena Anníbali.

Por Kato Ramone

Es sano redescubrir, aunque sea cada cierto tiempo, que no sólo Chile es “país de poetas”, que también hay otros, que en realidad el mundo entero es (junto con otras cosas, por supuesto) un país de poetas. O, mejor, que el país de los poetas es su poesía, además de un contexto. En ese territorio de la poesía y el contexto, Elena Anníbali (Argentina, 1978) deambula con elegancia, seguridad, mirada aguda.

tabaco mariposa (Caballo Negro Editora, 2009) es el segundo libro de la autora, un breve volumen de veintidós poemas, evocativos, con señales de campo o de extramuros de ciudad, en un tiempo ubicado con recurrencia en la niñez. Aunque se trata de una niñez intervenida por constancias poco inocentes (“¿te acordás lo que me contaste/ atrás del ombú?/ mi mamá se sube a la cama/ y me dice que los toque ahí”), así como las evocaciones son agredidas por un dolor o un silencio que recién hace un segundo ha sido roto, tantos años contenido, y que volverá a esa zona remota en que sólo se percibe el peso de algo, algo que no se volverá a enunciar con palabras. En tabaco mariposa existe una visión que no permite que el paisaje del mundo quede impune (“sé que cuando miro, algo sospechoso y sombrío/ ingresa a la zona de mis huesos”). Una sensación o una revelación objetiva de un dolor en paz, una imagen que nos golpea de repente: “se va a llevar todo, dijo/ mi madre/ y me imaginé los huesitos de enzo/ flotando en la corriente, al lado/ de los canteros de verdura/ me imaginé su ropa última/ roída por las polillas y la fiebre/ sus uñas crecidas/ las hebritas de pelo rubio/ entre los alambres del portón”.

Hay un pasado en riña casi carcelaria con el presente; o, para ser más precisos, al revés. Es que hay acá una modernidad sicopática, una actualidad que nos manosea, que nos mira hasta por debajo de la ropa. Una realidad que acosa o es acosada por nombres propios, lugares vislumbrados o vistos con suma claridad, objetos, máquinas, animales, seres (hay mucho ser palpable en esta poesía), caminos, aunque no necesariamente rutas. No son poemas ingenuos. Hay una contemplación bien poco amistosa, muy poco complaciente: la belleza tiene un costo en este libro y ese peso le es traspasado al lector. Así, en un poema, “a veces todo era oscuridad, salvo/ su cara/ iluminada brevemente por el fuego/ como un animal/ por los relámpagos” y, en otro, “ahora manejo por la 36 y sólo se escucha/ el frufrú de la soja/ los aviones cargados de roundup” (con ese ahora rotundo, sádico casi, literalmente volando cargado de veneno, que no deja lugar a especulaciones cándidas).

El libro se cierra con un poema llamado “hiroshima”, extrañamente lejos, en apariencia, de los territorios habitados por los demás poemas del volumen. Sin embargo, si no omitimos el dato de que durante el recorrido del libro hemos estado con la muerte en varias formas (tiempos idos, niñez en alguna parte, presente suicidándose, en fin), no resulta forzado que el libro termine con un poema cuyo título y su desarrollo resumen todos los hitos antes recorridos. La absolutez del exterminio, pero frente a la más concreta cotidianidad, “porque en la muerte todos cerraban los ojos de la misma manera/ y algo llegaba al borde de su gestación”. Este libro, siempre equilibrado e informado en el uso de tropos, que respeta al lenguaje en sus distintos registros, en medio de una coherencia estimable, en cada poema nos sitúa al borde. Algo que el lector debe agradecer, pues más allá de ese borde todo es posible, desde un pasado como un par de “caballos ciegos” dando “vueltas alrededor del pozo seco”, hasta un ahora en que, al menos en apariencia, sólo “la sed es real”.

De tabaco mariposa (Córdoba, Caballo negro editora, 2009)

lo mismo digo agua que palabra

frente a la casa, antes que construyeran
los edificios ostentosos
las oficinas asépticas de la calle belgrano
los negocios de chucherías
hubo un baldío
y en el centro
un malacate

íbamos con mauro lesjtch
algunas siestas, a jugar
que éramos caballos ciegos
y dábamos vueltas alrededor
del pozo seco

mauro es un hombre ahora
ha hecho dinero, hijos,
sólo persisten en él
los ojos oscuros
con pestañas de muñeca

yo sigo atada
al hábito de esas tardes
caminando el círculo del pozo
jugando al animal ciego

ahora
la sed es real


hiroshima

paul w. tibbets pensó en lo innumerable que se volvería agosto
si lo dejaba crecer
desarrollarse
soportar el vapor inusual de los damascos
los graves gestos de los transportadores de agua
el rojo muy rojo de las frutillas de la isla de honshu

paul w. tibbets concluía
si una mariposa bate las alas
en el renegrido pelo de una mujer japonesa
puede que mañana caigan dos o tres imperios
y acariciaba los perros de uranio

los insectos dorados de ácido se dejaban caer en el ozono
los partos de esa mañana se atrasaban por las sirenas
a las 8.05
y el mundo que iba apareciendo entre las sombras
murmuraba la oración de la mañana
y cada vez más rápido algo respiraba dentro del estómago del enola gay
algo que era un dragón de mil cabezas y una
agitándose multiplicándose
ahogándose muy dentro de sí
asfixiado de fuego

entonces algo remoto
ocurría en un extremo de la isla
un pájaro sacudiendo el plumaje brillante
sobre el hondo silencio
porque volvía a despuntar la raíz del tiempo
y a las 8.10 wong nacía
wong que era pálido y tenía dos manos
y lloraba de veras sobre la cama de hospital
y había un festejo de su madre con dos pechos de leche

luego los cereales giraban con el viento
bailaban esa danza última con las nubes y la tierra
algo de girasol y azucena teñían los jardines
a pesar de la sangre y los desperdicios
de los soldados americanos que morían con una muerte japonesa
porque en la muerte todos cerraban los ojos de la misma manera
y algo llegaba al borde de su gestación
little boy naciendo como wong
aunque del otro lado de wong
la parte negra de la vida
la que caía a las 8.15
la que formaba la rosa negra de los tiempos
la que arrasaba con el aire a través del aire
la enorme lágrima
en rosa en negro en rosa
hiroshima muriendo
hiroshima grave oscura aullando al cielo

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