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Sobre Poemas pobres, de Ezequiel Alemian.

Por Felipe Poblete Rivera

Empieza con un título contradictorio: Poemas pobres (Vox, 2011). El poema, si es tal, no es pobre nunca, de lo contrario no es poema. Entonces ¿es porque algunos de los incluidos son de breve duración, porque sus temas son desplegados en lo cotidiano, o tal vez por no llevar más título que un número? Bien. El título del libro es una modestia simulada, falsa, que en nada ayuda al conjunto de cuarentaiún poemas. Se trata de poemas que operan con lo cotidiano y lo simple, “sin efectos especiales”, como se ha dicho de la obra de la poeta chilena Cecilia Casanova (Santiago, 1926). De saber que los poemas son pobres ¿para qué publicarlos? Poemas austeros, podría ser, pero este no es espacio para postular un nuevo título.

La pobreza… La pobreza como tema tampoco aparece. Lo que sí aparece es la vida diaria de un ciudadano más del mundo contemporáneo: que usa el subte (metro, le decimos en Chile), que transita en colectivo (a veces en el equivocado, (p.35)), que recuerda a una mujer, que padece insomnio, escucha jazz, se alimenta, bebe, camina, “nada nuevo” (p.46). El día a día rutinario de un sujeto cotidiano. La vivencia nefasta de lo cotidiano, “días al azar” (p.7), lo mundano y simple, pero no lo “pobre”, son la materia de estos poemas.

Con la vida diaria es lo de siempre. Mirando un poquito para atrás en la historia, Safo… El mundo no se inventó el año pasado. “¡A otra cosa!” (p.37) Me parece bien que el libro se articule como una ordenada y pulida transcripción de la libreta de notas, que todo buen poeta ha de llevar consigo en el bolsillo. La escritura en tiempo presente y la rapidez del verso, le confieren a los poemas la vivacidad que los sucesos, a veces, no tienen por sí mismos. El instante, el recuerdo de la infancia (p.16), lo pasajero: autos y camiones esquivando a un perro en la calle (p.11); “el radiador terminó por quemarse” (p.37). Pero también lo efímero enraizado en una belleza cotidiana: “una nena / arma un cisne de papel” (p. 40). Consabido que el cisne es melancolía, pero dentro del libro ella es modulada de un modo desapasionado y lento. Sobre aquella, prima la observación detallada del cotidiano, son indicadas aquellas cosas que no decimos por exceso de presencia: “en las cuadras del barrio / no queda lugar para estacionar” (p.34)

Insiste la voz del libro en hablar consigo misma: la auto-conciencia, la auto-crítica, la auto-reflexión y esas cuestiones que les gustan tanto a los teóricos y a la “gente de éxito y opiniones / inteligentes” (p.35). En esta línea, los momentos de tragedia cotidiana —hay que ser solidarios— de que las plantas en la casa se sequen (p.22), o que la novia de turno instale una disputa (p.32), o ser presa de los propios fantasmas (p.26). También el autor solidariza con el mensaje de un desconocido (p.29). Solidarizar, digo: cualquier lector podrá murmurar para sí un sincero “yo también”, leyendo estos poemas arrellanado en su sillón favorito, al decir del buen Cortázar.

Sondeando las profundidades de los poemas, en busca de la poética, se tantea un impulso terapéutico: “Si callo me asfixio” (p.33). Claro, estamos obligados a escribir, de lo contrario nos morimos. Escribir es la necesidad vital. Como respirar o alimentarse. A raíz de esto porta siempre libretas, los poemas lo testifican: “nos cruzamos en la calle” (p.42), “mientras viajo en un tren” (p.43). El poeta ha escrito para no asfixiarse, aunque se hunde en muchos casos, tal como declara. En ocasiones falta una nota estridente que cambie el esquema poco variado de este pentagrama: nubosidad parcial.

No hay pobreza. Aparecen dos artistas europeos tremendos, primero Georges Braque, abriendo con palabras el libro: “Siempre hay que tener dos ideas / para que una destruya a la otra” (p.5), y en razón de ello, quizás, están los numerados 17 y 19 que constituyen versiones de un mismo poema ¿cuál destruye al otro?

En fin, también está modulado cierto descontento para con la realidad, que no es sino lo político: “complejos de monoblocks / cercan el barrio / contra la autopista” (p.39), también la mención a cierta protesta, obispos y dictadores; pero no son gran flujo en las aguas serenas del libro (quizás como las de la portada), que más bien abrazan los ritmos de un corazón vivo. “No entiendo la música / que cantan estas aguas” (p.17), pero sí las siento, las disfruto mucho. Es lo que vale.

De Poemas pobres (Ediciones Vox, Bahía Blanca, 2011)

18

Pensé en vos
un rato por la tarde
ayer.

A la noche soñé
que hacíamos el amor
de pie,
en los fondos de una librería.

Ahora escribo
estas líneas

para que te lleguen
más tarde,

o no.

20

No hubo agua en todo el día
y eso me mantuvo de un humor
oscuro.

Sucio y sudado
dormí
cada rato que pude.

Fui presa
de los fantasmas.

La presión volvió
cuando el sol caía.

La luna brillaba
entera y hermosa
en el patio
mientras yo me duchaba
con las luces apagadas.

21

Si alguien viviese
en los caños de agua
y sufriera cada vez
que se abren las canillas…

Si alguien gritara
dentro de los caños
cada vez que el agua
empieza a correr
por ellos…

Vengo del Hospital Borda.

Todo vestido de negro,
un hombre muy pálido
lee en el subte
un libro
sobre vampiros.

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