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Sobre Impreso en papel vegetal, de Milton López.

Por Christian Rodríguez Büchner

Impreso en Papel Vegetal (La propia cartonera, 2011) de Milton López (Bahía Blanca, Argentina, 1987) hace uso de una de las formas más populares entre los poetas jóvenes de la actualidad; la construcción de fotografías, donde lo simple y lo espontáneo abren ventanillas entre el cretinismo artificial, ensordecedor y pornográfico que terminó instalándose en los medios masivos. Un auge de lo íntimo que también puede observarse en la narrativa joven (en la que me incluyo), y en un porcentaje casi total del cine independiente.

Impreso… es un debut poético que reflexiona sobre un espacio significativo, como es el barrio. Es la contemplación de personajes inocentes que logran sobrevivir esquivando día a día el bulto del cambio, protegiendo el frágil equilibrio de una clase obrera que, al menos en Chile, ya es minoría; aquella que aún no se desvive con la ilusión del ascenso económico, que aún cree sinceramente en la ética del trabajo y en el consuelo de una paz que es casi tangible con los dedos. Como se puede ver en los siguientes extractos:

(…) Por la ventana sin rejas se asoma un empleado.

Parece estar en descanso, prende un cigarro. El humo sube

y se disipa cuando llega al techo mecánico.

-Un gato equilibrista, camina por la medianera, acerca los bigotes al marco

para que le rasquen el lomo, la cresta, que le den un vaso de agua

potable.-

Otro hombre aparece en el fondo de la escena

y le dice al empleado que cierre la ventana,

a seguir trabajando: las chimeneas

vuelven a expulsar sus vestigios por el barrio.

(“Eternit”)

 

En la vereda de enfrente de casa se echó un linyera y desde hoy está

mirando para acá.

No lo sigue ningún perro, agazapa el cartón entre sus dedos, el vino corre

por la barba y en su camisa se pierde

con el resto de las manchas.

(…)

Pasan dos autos. Sus ojos se abren al cielo.

Sacude la cabeza. Sus ojos traspasan las cortinas de mi casa.

Clava la mirada en el living, como que puede leer

las letras del monitor, alza el cartón

y toma el fondillo, se levanta gruñendo mis palabras en sus dientes.

 

Camina a la rastra, perdido a la distancia

es un punto que no se sabe si va o si vuelve

con esa lentitud exasperante.

 

Ahora solo espero que no venga

a traerme masticada mi pobreza.

(“Linyera”[1])

El barrio, al contrario de su imagen estereotipada, está siempre expuesto al despotismo latente del otro extremo, y es en esa vulnerabilidad donde encuentra su razón de ser. Con habitantes que son capaces de asimilar cualquier injusticia y transformarla en continuidad y belleza, con tal de mantener la armonía para sí mismos y para los suyos:

Veo la luna por el esqueleto

del edificio que fue tomando cuerpo:

en un mes los albañiles revocaron

y los vecinos decoraron sus balcones.

(“En la planta baja, ingresando a la morgue”)

O como se lee en el poema “El Campito”, donde una cancha de fútbol es cerrada definitivamente por las autoridades:

(…) Ahora el canal está seco y cercado, ya no se puede nadar.

Tampoco se puede jugar al fútbol en el campito

porque en el medio levantaron un monumento a César Milstein.

Pasa seguido un empleado municipal, llena bolsas y bolsas de pasto.

 

Si tiro de una punta del cielo y remuevo el empapelado

va a haber mucho campo, para armar partidos.

Ahí van los hermanos Coque y Tito, están más flacos,

¿Se coparán para patear unos tiritos al arco?

En síntesis: Milton López utiliza un ritmo y una sintaxis que debe trabajar con el tiempo (la fluidez de los poemas no coincide con el corte excesivo de los versos). Pero su disposición para entender las lógicas de una comunidad que admite pacíficamente su rutina de dominio como parte de su esencia, e incluso de su belleza, logra que su autor realice una operación interesante: traducir situaciones paradójicas (desde el punto de vista de la justicia idealizada, o el deber ser) en imágenes simples que parecieran coincidir con lo real-real.


[1] “Vagabundo” en lunfardo.


Ver muestra poética de Milton López
, aquí.

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