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Sobre La Raza, de Santiago Llach.

Por Carlos Henrickson

Cuando leo La Raza (Buenos Aires: Siesta, 1998) de Santiago Llach (Buenos Aires, 1972), uno de los libros más interesantes de la “poesía de los 90” argentina, me encuentro con este nuestro horizonte de identidades imposibles, al sur de las otras -esos lenguajes y razas históricos, bien escritos y descritos… Ya que la pregunta “¿por qué la raza?” sólo puede responderse desde ese pasado cacofónico de nuestras repúblicas recién criadas, en las que se inculcó ideas de nación a punta de una doctrina racial que pensó fisiológicamente esas trascendencias que se deseaban hacer crecer desde el suelo –hasta el punto de convertir en una trascendencia más el propio suelo. Esa operación de corporalización de las patrias termina fácilmente en su opuesto: una espectralidad absoluta de aquello que se planta al frente, las vidas particulares y reales naufragando en un montón de nubes que no alcanzan sentido si no es por la fuerza o la fe.

La inquietud de esa esquirla espectral dentro de lo real hace que la experiencia sea fragmentaria, mordida por su aplastante particularidad. Aquí es donde veo el pliegue ético que distingue a Los Mickey, tal como a buena parte de lo que García Helder llamó poesía rantifusa, el hablante se remite a sí mismo ostentosamente, y la afirmación de sí sólo puede plantearse a través de la agresividad expresa –desde las acciones narradas hasta la forma de su relato. La banda de hijos de ricos, / conchetos y católicos funda su nombre en base a veinte buzos / Hering / estampados / con la figura del Mickey Mouse / para vender, traídos por la abuela del hablante: ese mismo viernes los Mickey salen a cazar negros / cerca de la villa del Bajo. Estas vagas señas ofrecen el vacío identitario y la violencia xenofóbica como única definición inicial para el grupo al que se refiere el hablante, enmarcados temporalmente en una fecha que desde ya es imprecisa –sea el Mundial del 78 o el año 1980. El transcurso del poema, por su parte, da una serie de breves anécdotas que hacen un registro conscientemente incompleto –el hablante acaba anunciando que un día escribirá la historia minuciosa de los Mickey, pero confiesa que ahora no puede contar nada. El texto entero, a punta de episodios fragmentarios y deshilados, logra asumir un carácter de narración oral absolutamente de espaldas a cualquier posibilidad de épica o de composición neobarroca. No es extraño, en este sentido, que surja de inmediato la reminiscencia del Osvaldo Lamborghini de El niño proletario y que, sin embargo, resulte tan lejano en densidad de lenguaje.

Lo real viene a diluirse aun más en los poemas posteriores, en que el sujeto hablante ni siquiera logra hacerse uno solo: la narración en deriva de Abajo del agua, está cruzada por una segunda voz, marcada por las cursivas, que modifica el ánimo y el tempo del tronco del texto, dando notas de reflexión y de intimidad con el lector. Por su parte, las voces múltiples y fragmentarias que parecen darse cita en Yunta decididamente privan al poema de una posibilidad de sentido totalizador. Es que parece estar por debajo de los textos una consciente pregunta no respondida sobre desde dónde habla el sujeto: la posibilidad de un objetivismo se quiebra desde el mismo instante en que aparece la figura del filósofo, no desde la observación lejana y desinteresada sobre el mundo, sino desde la vivencia más absoluta: El filósofo va a la placita junto al río / fuma uno y se pregunta: ¿cuál tira más? La imposibilidad de la lejanía genera la imposibilidad del entendimiento cabal, lo que multiplica y hace derivar el poema. La amenazante particularidad, como un polo destructivo, hace del sujeto múltiple tras el texto una presencia innecesaria y menor ante un mundo marcado por la violencia y la sujeción a un absoluto ficticio estructurado desde los medios de comunicación y el sistema mercantil avanzado –la marca comercial, en este caso, una clara solidificación de esa particularidad. Vale decir, la realidad logra desaparecer a fuerza de ponerse enfrente: se hace imposible tanto el realismo como la épica, y la misma fantasía no puede siquiera plantearse como posibilidad de escape.

El mismo deseo del hablante logra transformarse en la misma sustancia evanescente y espectral que el resto del mundo: en Joda y espiral, la deriva logra atrapar al sujeto, escenificándolo absolutamente, haciéndolo pura escena. No por nada el fin de este poema, y del libro, es el verso: Todo es paisaje: no hay ‘frito’. No hay freno. No hay fracaso. La imposibilidad de un proyecto escritural que logre hacerse de una realidad objetiva ni siquiera es legible como un fracaso del sujeto: no queda, al fin, nadie que pueda sufrir ese fracaso –a no ser, por la proyección vaga y espectral que el hablante da de sí mismo en el poemario, un ente sin rol en la (posible) construcción del poema.

Los rasgos de esta poética –comunes en buena parte de la “poesía de los 90”– pueden pensarse desde el devenir social argentino como una compleja operación de ajuste de cuentas: hijos de una historia política fuertemente cargada, por un lado, de una violencia absolutamente real, y, por el otro, de complejos y bien armados simbolismos –piénsese en la confluencia, durante la Dictadura, del Mundial de Fútbol, la Guerra de Malvinas y una emergente cultura de masas de carácter netamente nacional–, los poetas de los 90 supieron ver la nueva realidad postdictatorial como una trampa complejamente diseñada por una sutil y bien tejida trama cultural –preparada, en algún sentido, desde los mismos gestos fundacionales de la República, desde la raza y el suelo–, ante la cual el pasmo era una actitud válida. El saberse pasmado, como una efectiva operación consciente, es quizá una de las muestras claras de la extrema vitalidad de la poesía argentina, y da que pensar en la perspectiva de un trabajo comparado con nuestros 90 chilenos, un pescado resbaloso si es que no se mira histórica, social y políticamente.


De La Raza
(Siesta, 1998)

JODA Y ESPIRAL
Para Sandra E.

No hay derecho, Claudia. Un burgués llega a la puerta
de la casa. Son las 11 de la noche. La ducha fría
revienta los párpados de la hija mayor, que se acaba de pelar
la parte de abajo. “¿Cómo puede ser que la gente más hija de puta
se enamore?”. El novio mantiene conversaciones filosóficas
con la amiga en el café París y piensa
si tus deseos fueran diferentes de los míos
sabríamos estar en la cama sin amor o locura.
No hay droga. No hay dónde
gritar por la música que pasan, por la quilmes al mismo precio
y en tamaño reducido. Necesito bajar la cabeza.
¿No te puedo describir el paisaje que recorre este momento,
el dolor en las bolas que me dan 4 pibas
y un perro que pasan? ¿No puedo entender
que si tus deseos y los míos fueran diferentes podríamos seguir?
Es la 5ta. vez que pongo la mano en su cara y la saco.
Un estruendo de boxeo viene de la televisión. Los ojos de una vieja
se cruzan con los míos. Laura, te quiero cojer, pienso.
Un burgués llega a la puerta de su casa y busca las llaves.
En las pelotas tiene un tranquilo dolor de huevos.
Busca las llaves en el saco. Su hija mayor conversa en el bar
conmigo. “Si tuviéramos otra oportunidad, mi papá
siempre dice lo mismo, el tiempo es sabio, algo de razón tiene.”
No la escucho, decididamente no la escucho. En los últimos días
tomé mucha cerveza. ¿Querés que te abrace, que abrace
el deseo diferente, lo que nos aparta? Si pudiéramos conversar como borrachos
dejaríamos de pensar. No creo que Silva gane hoy, otro argentino que pierde.
A quién vas a votar. A Menem, creo. Un diálogo transparente,
sin pájaros negros, mantiene Laura con el pibe. Ella no se droga,
el pibe sí. ¿No hay droga? En el silencio que dejan los avisos
ella también baja la voz. Susurra en una voz aminorada,
afectiva. Parecemos novios. El burgués bosteza, acaricia los lugares comunes
de su cuerpo y alrededores, la calva, la compactera,
la esposa, etcétera. Quién sabe Laurita. ¿No está en la cama?
Lo voto a Cavallo, digo a Menem. ¿Siempre fuiste peronista?
¿Peronista? ¡No! No logro salir de un círculo donde estoy encerrado.
No logro expresar las palabras que imagino como obra. No logro concentrarme.
Línea curva que da vueltas alrededor de un punto alejándose de él:
espiral. Me tiro a ver una película en el cable
mientras me masturbo. Apago la televisión. Tarareo una y otra vez
una canción de Rem mientras eyaculo y todas las veces confundo
‘diferencia’ con ‘frecuencia’. Anoto en mi cuaderno : “Es una buena señal
quejarse todo el tiempo del marco que elegí para mi vida”. El noviazgo
duró dos años. Quisiera no dedicarle mis poemas a Claudia pero no puedo.
¿El arte? Yo destrocé tu primer ‘uniforme de oficina’ en el ascensor.
No tenés derecho, Claudia. No hay resplandor, la televisión ya no paga.
Despierto a las 9, en la calle un cabeza come chorizo, tropiezo
con el cordón de la zapatilla. Aprieto el walkman contra la oreja,
el negro se ríe, come chorizo recostado contra una pared que dice:
Menem gobierna. Catorce de mayo de mil novecientos noventa
y cinco: 2 meses que no cojo. Me abrazo con mi viejo en la cancha
a cada gol de Central, sí, pero no, no hay coca, no hay coca
para el pan y el chorizo, el negro sucio tiene los dientes perfectos.
Mi suegra envidia la dentadura del negro. Una tarde caliente
de otoño, era mi cumpleaños y dije, te dije: “No hay derecho”. Podríamos
ir a Luján los domingos, al cine los miércoles. Las pibas se aprietan
el pantalón contra la piel. Después confiesan con voz de colibrí
que agarraron el Sierra del padre y “aturdidas por la marihuana”
dieron vueltas por la Ricchieri, pagaron como 10 peajes.
Laura se queda con mis ojos. ¿Qué mierda mirás?,
pienso y saco la mano de nuevo, sexta vez. El aire deprime.
El cabeza no se mueve de la estación, come chorizo, encontró pan
en una bolsa de plástico. Los pibes en el techo de los trenes
hacen surf con los puentes. Un sueño: Laura
que se peló la parte de abajo mantiene conversaciones filosóficas con el negro
pelado que la quiere cojer. Unos hombres, los de enfrente, no quieren
llevar en la bolsa de nylon el cadáver de un primo. Las cenizas
en la Chaca de mi tía querida con un montón de restos humanos cuyo olor
se desprende cuando pasás con el 44. Llegué tarde al entierro. El olor
alcanza su punto álgido justo debajo del cartel de Agroindustrias Cartellone.
Admito que ya olvidé el olor del clítoris de mi novia. Las personas
se consuelan unas a otras pensando “es abril, abril, abril” y olvidan
la cuestión de los hemisferios. El vecino toca el timbre para pedir un poco
de pan y queso. Le levanto las tetas a mi novia con las manos y le muestro
el mundo desde una terraza. Muchas novias, mucha cerveza, mucho fútbol
me distraen de mis aspiraciones verdaderas. Ni aspiraciones ni sexo ni virtud
ni trabajo ni política: faltan tambores verdaderos. Único gesto: un punto.
Todos, dijo Ariel, tenemos nuestros héroes: en mi barrio te daban de la buena
Juan Carlos y el Negro Andrés, dueños del kiosco
de Libertador 1876. Siempre un lugar,
un punto crema en el color de los edificios, quema
los pensamientos arrugados de los que no se conforman
con el funcionamiento de la sociedad. Laura, te saco la mano y qué,
seguís hablando, te dejo hablar, taladrar el lado erróneo de la diferencia
donde se cuela una sola incertidumbre: seguir o no, la navaja de Occam
se aplica también a la cuestión sexual. El pan está caro, dice la mujer
del negro: no hay espacio de consagración parcial en el análisis marxista.
En mi barrio vendían de la buena: “¡Mañana San Perón,
mañana es San Perón!”. Tengo caña para resolver asuntos,
Claudita, si es por mí me caso. ¿Querés que viajemos a la cordillera?
El burgués contempla la pileta iluminada. Resiste por un segundo
a la tentación de caer al agua con ese frío, menos de un segundo,
el espacio entre un pensamiento y otro. Un agache de cabeza.
Contener lo que nace. Ballester al mediodía. Un lugar lleno de ratas,
en el árbol más alto el obrero cuelga su gorra, pico y pala,
pico y pala. Si pudiera angustiarse, al menos. Los estudiantes de arte arden,
en el filo del cartel publicitario los estudiantes de arte arden.
Cualquier vegetación menos la selva. Donde el pensamiento
es más difícil. ¿Querés que me dedique a levantar pendejas?
Alguien escribió junto a un árbol: “Pagaremos la deuda externa
cultivando marihuana”. En una época cultivé en mi balcón.
Ahí andaba con Silvina, la brasileña, nos despertábamos tarde,
comíamos lo que traían los amigos. Después vienen y con voz de colibrí,
acelerados por la merca, te dicen: “Echaba 7 polvos por día”.
No te creo. En la estación esta vez el frío se chupa todo.
Después me quedo en el living, pensando, con Claudia,
hacemos conversaciones que uno recuerda mucho después, lleno de cáncer
o mientras mira una película. Saco la mano de la cara de Laura. Ya no
me como las uñas. Frases trilladas, del tipo: las minas no piensan.
¿En serio te bajás una botella de Chivas para escribir?
La gente hace las preguntas más pelotudas. Entonces recurro a mi agenda,
mentira, a mi cabeza; hay dos o tres amigas que nunca me fallaron.
Una por una me dan la serie de consejos más pelotudos. Necesariamente
sucede a la madrugada, un domingo. Hace un tiempo que no voy a misa.
¿Dónde hay una iglesia cerca de Entre Ríos y Rivadavia? Corbata y saco,
un calor de puta madre. En el ascensor los tipos hablan mierda, como
si supieran. Una chica que no tenga las expectativas de siempre,
que me desconcierte. Después pensás que a esa chica
ya la tuviste, que te vas a conformar cuando llegués a tu casa
a las 8 y pongas a Maiden al mango.
En la panadería la vieja no me da las gracias y le pateo la bolsa.
Mi suegra compraba el pan los domingos a la hora
en que yo volvía para dejar a la nena y comíamos medialunas.
¿Por qué simular que nos queremos? No hay lugar por donde las miradas
desvíen el objeto. En la ventana del Renault 12
un taxista putea a otro. En la cancha mi viejo y yo no agarramos una.
Después, me imagino, mucho después, cuando
tenga un bebé en brazos y vayamos al club los domingos
con Claudia y llevemos a los pibes al zoológico y cumplamos
al pie de la letra con el manual del perfecto matrimonio joven,
me conformaré con menos: pero ahora que les puedo mostrar
el mundo desde una terraza a mis novias y tocarles las tetas
me pregunto si no será mejor hacer algo, o por lo menos
preguntarse si no será mejor hacer algo. Cuando estoy desesperado,
agarro el auto de alguno de los pibes sin avisar y abajo de la casa
de Claudia, a las 3 de la mañana, la espero horas hasta que vuelve. Llega
y me dice: “Un día me vas a encontrar a los besos con otro”. Está bien,
Claudia, está bien, y me vuelvo a casa, o le tiro un 20 a una loca fea,
por ahí, para que me haga ‘una francesa’, como ellas dicen.
Todo es paisaje: no hay ‘frito’. No hay freno. No hay fracaso.

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