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Sobre Mística Sudaca, de Daniel Martínez.

Por Felipe Poblete Rivera

Jugársela por el camino de la sencillez, de la limpieza, de la no-ostentación (si me es permitido el concepto), son algunas de las más reconocibles virtudes de la antología titulada Mística Sudaca (Katru Libros, 2012), que reúne dieciocho libros de su autor, el poeta Daniel Martínez (1963, Río Negro, Argentina), en un período de tiempo ínfimo: veinte años no es nada… Lamentablemente, adentro del libro no vienen apuntadas las fechas de publicación de cada poemario, lo que juega muy en contra del espíritu de cualquier antología, u “obras reunidas”; junto con eso, el índice del final no indica las páginas de los poemas, tan solo donde inicia cada poemario. El libro mismo, en tanto objeto, es de una incómoda apertura pues tiende a cerrarse solo; por no estar confeccionado en base a cuadernillos, resulta imposible abrirlo del todo, además, las tapas son muy delgadas, muy blandas. Parece una edición pirata, sin mayor cuidado por la calidad del papel o por las tipografías.

Otro dato, curioso y hasta superfluo, pero que llama mi atención hondamente, es la coincidencia de la fecha de nacimiento con Pablo Neruda: el doce de julio, cincuentainueve años después eso sí. Algo debe haber allí. Y claro, en algunos poemas, Martínez menciona a Neruda, su casa en la arena de Isla Negra, salvo que la conexión no radica únicamente en  menciones, también hay una utilización de adjetivos que, de tanto en tanto, recuerdan la poesía nerudiana (guardando proporciones, desde luego). Ya retomaré este punto.

Rondan por todo el libro —los libros que reúne— nombres de la música: extractos de canciones de Luis Alberto Spinetta, o su sola mención (“y escuchar aquel disquito del flaco Spinetta” (71)), a veces ubicados como epígrafe, versos y hasta como títulos de los poemas; del mismo modo, Gardel y el tango, el tango asumido casi como un modo de vida, aparecen con gran frecuencia, como temas del poema, inmersos en sus atmósferas. Lo mismo Charly García o Mercedes Sosa, aunque también The Beatles, Rolling Stones y obviamente el jazz “de la magia de la trompeta de Miles” (36). Una singular y reconocible fascinación por la música, muy fuerte, entusiasta y alegre. “Para devolvernos años de la adolescencia” (132), dice Martínez al narrar su experiencia en un concierto de The Beatles, los Beatles, dice, decimos. La contraparte de este fuerte índice musical entre los temas o tópicos del libro, viene a ser la escasa musicalidad dentro de los propios versos, la sequía que padecen los ritmos internos de gran cantidad de versos. Claro, dado que en muy contados casos hay un trabajo rítmico y musical, bajo los aleros de la rima y el verso medido; es el caso de “Testamento” (273), el poema que da cierre al libro.

Guardan estas muchas páginas de Martínez —el libro tiene más de doscientas dedicadas a poemas— grandes sentimientos de amistad y de fraternidad, por cuanto hay muchísimos poemas que llevan dedicatoria. Sería una exageración decir que están dedicados casi todos, pero es el libro en donde más he contado poemas dedicados. Dentro de esta amplia lista van ubicados algunos poetas como Gladys González (“Hasta la victoria siempre” (87), título que ya prefigura una dimensión política), o Fabián Casas (“Ruidos de magia” (199), título que cita una canción de Spinetta). La lista es bastante extensa, a ella se suman sus hijos y otros parientes, además de un generoso listado de amigos (también los poetas, se entiende), quizás muchos como para enumerarlos aquí. Esto de la amistad, de la entrega y el obsequio son nuevos indicadores de una alta dosis de felicidad, calma, templanza y de entrega, para con el libro.

En cuanto a la poética de Daniel Martínez, la va esparciendo, meditativamente y a la manera de granos durante la siembra: “cuando el poeta explora un silencio para oír su música” (194), “la palabra tiene algo de silencio” (190), “poesía para nada y para nadie // palabras dormidas para siempre” (131), “un poema pasado de moda / ajeno a las estéticas cómplices” (84), pero Martínez, hay que precisarlo, no es demodé en absoluto, y al mismo tiempo alejado de la experimentación; en el prólogo de Osvaldo Mario Costiglia es planteado un vínculo con la poesía de Jorge Teillier, además de una “percepción lárica y melancólica”. Puede ser. Los poemas de Daniel Martínez no recorren la misma ruta de Teillier, aunque siguen una que está próxima, desde la cual es posible, todavía, alcanzar a verla. Hay puntos de conexión.

Tramados en otras secciones, Martínez también dice: “la poesía late al lado de la ruta” (95), o cuando pregunta “¿sabemos cuánta música cuánta poesía / cabe en la palabra tristeza?” (119), despuntan aristas de su poética. Martínez apunta con el verso al optimismo “convencido de que la poesía / es un arma cargada de futuro” (89).

El libro posee una variedad reducida de modos de decir, claro, hay cambios, hay relieves en el cómo de la escritura, variaciones que el lector, con un poco de agudeza y reflexión, irá identificando poema a poema: largos, de una estrofa, otros más breves, incluso de solo tres versos, algunos intitulados, otros numerados, además de diferencias más sutiles y específicas, porque se trata de una antología, de la reunión de obras orgánicamente distintas. A pesar de las considerables diferencias, el poeta tiende a una regular extensión del verso, que suele ir por debajo de las trece sílabas, consiguiendo de esa manera formal, una sensación de unidad, que los diferentes libros no aportan, en lo que a tema se refiere; tampoco es tal el proyecto.

Incurro en esas cuestiones para precisar algo, a mi entender, crucial: Daniel Martínez se ajusta férreamente al lenguaje de la tribu. Y es cierto, esto suena medio cliché, pero es así, Martínez, incluso, escribe en argentino, escribe —al menos pensado desde Chile— como los argentinos hablan coloquialmente, por ello no es difícil encontrar palabras como “pibe”, “sos”, “vos” o conjugaciones verbales como “escuchás”, así con el tilde, o también “acordate” en vez de la versión esdrújula de “acuérdate” que la R.A.E., en manuales y diccionarios estipula. En virtud de dar presencia al habla de la tribu, Martínez se sirve, entre otras tácticas, de los diminutivos, afortunadamente sin abusar de ellos; de ciertas deformaciones, como por ejemplo el “usté” (82) junto con un repertorio de elementos propios de la tribu como el mate: “en la tibieza heredada de un mate compartido” (117). Durante muchos momentos, casi siempre, la atmósfera de los poemas es sumamente coloquial, incluso en algunos lados, los menos afortunados, los poemas parecen ser textos en prosa cortados con la eficacia de una tijera vieja (el verso es de Marcela Parra), me refiero a la sección “El jardín de las mariposas enamoradas”, que posee un tono prosaico que encajaría mejor en una enciclopedia científica o un informe, la escritura en verso no se justifica, salvo quizás por un extraño rechazo a los signos de puntuación (común a otros territorios del libro). A la perfección funcionarían como textos en prosa, sirviéndose ordenadamente de los signos de puntuación, claro está.

La forma del verso, en fin, es la que utiliza este poeta, y la atmósfera de sus poemas están impregnadas por elementos muy característicos del cotidiano vivir argentino, como el mate o el tango: “¿Sabemos dónde empieza / y dónde termina la palabra tango?” (119). Ya lo anticipé. Los músicos (argentinos, se entiende, aunque también en Chile los escuchamos muchísimo); “de dioses nos sobra el Che / junto a Charly y el Flaco / Maradona es Gardel” (267). No diremos que su escritura es chovinista: “En Santa Cruz de la Sierra / no se es argentino: // se es de la tierra del Che” (182).

La cuestión de los adjetivos, que mencioné más arriba, es la zona en que es modulado un vigoroso optimismo, es en donde habitan una alegría, enraizada en la sencillez y al espacio hogareño, una fraternidad amable con lo pequeño y lo simple. Entre los poemas de Martínez, los frutos son “dulcísimos”, la mirada “azul”, los postres “generosos”, las nubes “limpias”, las estrellas “luminosas” y las abejas “ordenadas”, siempre los adjetivos consiguen ennoblecer a las palabras, y a través de esto, uno disfruta la lectura, gracias a la bondad, la generosidad que ha sido otorgada como condición de cada cosa. Cuando algo es “falso” son los profetas, cuando algo es “añejo” en realidad es el buen vino. El adjetivo “generoso” abunda por el libro, lo mismo que la palabra “milagro”. Todo lo que está en el libro está atravesado por un aire de limpieza, de bondad. La mística.

Interacción familiar también, muy presente en la dinámica del libro: los abuelos, los hijos, “los tiernos pequeños / encargados del encanto familiar” (29) o este otro: “donde los abuelos y los hijos / juegan el eterno juego de la vida” (117). En evidente sintonía está alguna receta de cocina: “se hacían las conservas de salsa en el verano” (152), del mismo modo que un anecdotario familiar que consigue, sin embargo, desprenderse hacia una experiencia común, paradójicamente, mediante esa misma cotidianidad, “de generación en generación” (195). Una especie de refugio del mundo, de su carácter hostil, dentro del mundo familiar, menos complejo, más apacible y generoso.

En este mismo lineamiento estético, se despliega, se respira, una ética, o bien, una declaración de principios ante la vida, a veces muy en la sintonía de Omar Khayyam(poeta persa del siglo XI), pero sin su música ni su universalidad, por cuanto inscribe un carpe diem, debidamente actualizado: “un aprendizaje más práctico que teórico / de convivencia con la previsibilidad” (192), “en el camino del fracaso verdadero que nos libera / de todas las variables del éxito y la derrota” (202); “pensá en las cuatro cosas / por las que darías la vida”, propone Martínez para antes de escribir un poema.

Recapitulando: los asuntos de este libro germinarán con plenitud dentro de “los que amamos la certeza de lo simple” (90).

Vea una muestra de Mística Sudaca, aquí.

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