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Entrevista a Omar Chauvié.

Por Andrés Florit Cento

Nacido en Jacinto Aráuz, La Pampa, Argentina, en 1964, Omar Chauvié es autor de  Ernesto Guevara quiere ser Papá Noel y otros papeles (2010), El ABC de Pastrana (2000) e Hinchada de metegol (1998). Próximamente, Ediciones Vox publicará su nuevo libro: Escuela pública (2012). Formó parte de los “poetas mateístas” en los 80 junto a Sergio Raimondi, Marcelo Díaz y la artista plástica Silvia Gattari, entre otros. Ha sido antologado en diversos libros y revistas y actualmente es profesor adjunto en la cátedra Literatura Argentina I del Departamento de Humanidades de la Universidad Nacional del Sur, Bahía Blanca.

-Tu primer libro es “Hinchada de metegol” (1998), a los 34 años, si no me equivoco. Para los parámetros de ansiedad actual, lo tuyo casi podría tomarse como una entrada algo “tardía” a la publicación. ¿Cómo llegaste a la literatura, cuál fue el punto de no retorno de tu interés por ella y luego qué cosas pasaron, cómo se originó ese primer libro?

Sí, es una entrada tardía a la publicación, pero en relación a ese modo de publicidad -por cierto determinante- que es el libro. Antes hubo muchas publicaciones de textos sueltos en otros soportes como revistas murales, pintadas en paredones, hojas sueltas a las que llamábamos panfletos poéticos, plaquetas.  Se trata de modos diferentes de dar a conocer, seguramente más efímeros que el libro, pero formaban parte de nuestro proyecto como grupo (ahí están los mateístas). Entiendo ahora que esa publicación tardía en libro fue una elección, porque nosotros publicábamos a nuestro modo. Y estoy pensando que esa fue la situación de la mayoría de nosotros (Díaz, Raimondi, Ortiz), todos sacamos nuestro primer volumen después de los 30, entonces, tal vez se puede pensar en una condición propia de los bahienses de aquella época.

El hecho de trabajar en la calle, o en espacios más dinámicos, con la poesía, de dimensionarla en ese espacio, me parece que me generaba menos apuro (ansiedad, como decís vos) por hacerla libro. Creo que no hay que restarle valor al hecho de estar en un lugar periférico como Bahía. Tengo presente la observación, casi en tono de reclamo o reto de un poeta que viajó a Chile conmigo en 1990 a un encuentro en el que participamos treinta o cuarenta poetas jóvenes argentinos, preguntando por qué no había publicado aún. Evidentemente para él, EL modo de publicar era uno solo. No le resto tampoco valor a las dificultades económicas para acceder al libro, a un primer libro. Sé que ese libro apareció en ese momento merced a que fue seleccionado en un concurso nacional, si no, probablemente su aparición se hubiera demorado más aún. Un libro cuarentón hubiera sido.

Hinchada de metegol se empezó a gestar mucho tiempo antes de su publicación, en el 91-92 surgieron un grupo importante de textos que tenían como zona de indagación el fútbol, particularmente ciertas voces de ese universo, desde los cánticos de las hinchadas hasta los pregones de los vendedores en la cancha o los insultos de los viejos más indignados. Después se fueron sumando textos, algunos los puedo datar en el 94 -95. Y unos pocos completaron el conjunto más cerca de la publicación. Es un libro que se hizo en máquina de escribir, lo veo todavía en hojas amarillentas con la marca de los tipos dibujada en el papel.

Es muy difícil decir cuándo llegué a la literatura o cuándo me di cuenta de que no podía volverme para atrás. Se me ocurre que es una conjunción de momentos que están a lo largo de los años: el día que llegué a mi casa de una clase no sé de qué y escribí unos versos después de caminar un rato sobre un lugar que toda mi infancia fue arroyo y ahora tenía una estructura de hormigón armado encima; alguna conversación interminable con un profe al salir de la universidad; el día que mi hermano me preguntó “¿y a vos cómo se te ocurrió esto?”, y la lista sigue.

-¿Puedes contarme más acerca de tu experiencia como poeta “mateísta”? ¿Cómo te integraste a ese movimiento, qué más nos puedes contar de él y qué efectos tuvo esa experiencia en tu manera posterior de afrontar la poesía y la literatura?

Fue una experiencia de aprendizaje como pocas, una buena parte de lo que aprendí y me toca como literatura pasa por ahí. La posibilidad de intercambiar textos, de leer en conjunto, de trabajar en proyectos comunes como lecturas o desarrollo de talleres de escritura fue un parte aguas, por qué no, un abre cabezas.

Me sumé a ese grupo que estaba integrado por amigos de la universidad y del trabajo, con los que compartía muchas cosas de ese mundo. A su manera, se nos aparecía como un modo de resistencia a lo académico, era un escape hacia otro territorio: la calle como espacio de difusión, los temas que no estaban en los programas universitarios, los autores que no se leían; pensá que yo ingreso a la facultad con el retorno de la democracia, por lo tanto las interdicciones seguían vigentes, más en una ciudad como Bahía, con un monopolio informativo y, en buena medida, cultural que seguía los dictámenes de la dictadura…o la dictadura se alimentaba de sus decires (paradoja y feedback). Entonces, leer a Roque Dalton, a Gelman, a Pound, a los autores contemporáneos en ámbitos institucionales era una situación, por momentos, inimaginable, esas son lecturas que hacíamos entre amigos. Vale aclarar que tampoco había poesía en la universidad, o se veía a cuentagotas. Entonces, todos esos encuentros tenían algo de carrera paralela. No obstante, buena parte de lo que soy en el momento que escribo viene de las tradiciones que incorporé en esa institución, incorporaciones que a veces fueron fluyentes, pero otras operaron por exceso o por defecto.

Tengo muy claro que lo que se puede hacer público en una pared es algo muy distinto al resultado de un libro, pero no necesariamente esto último es mejor. En todo caso hay que adaptarse a las condiciones que impone cada medio. Y tengo cada vez más claro el favor a la primera posibilidad, en función de que es algo que se ofrece, se presenta de manera más inmediata, el lector está ahí y se encuentra lo escrito. El libro requiere otro trabajo, es incluso más ingrato o más esquivo; a un libro lo tenés que buscar, lo tenés que abrir, y fijate que normalmente no se mantiene abierto, tiende a cerrarse solo: todo un gesto  de su parte. Es arisco. A veces está bueno encarar un potro indómito, pero muchas veces se necesita la entrada mansa para llegar a los más baguales.

-Hay en ti una huida de lo solemne y un acuso de recibo de la antipoesía parriana, pero al mismo tiempo hay un diálogo fuerte con la academia, con la tradición, con la cultura y una puesta en tensión permanente del lenguaje. ¿Cómo llegas a eso? ¿Cómo es tu proceso creativo? ¿Qué es lo que te interesa hacer en poesía, y qué cosas no te interesan?

Creo que esa relación con la academia que mencionaba tiene que ver con esa tensión, había una serie de defectos de la institución que todos veíamos o repetíamos en un discurso que tenía un cierto carácter “social” (como pasa en todas las carreras con todos los estudiantes, no tengo modo de darle rasgos épicos, ja), pero a la vez hay una serie de elementos que se fueron incorporando que son muy útiles y se hacen presentes en la escritura (desde tópicos, hasta derivas filológicas de una palabra, no me quedan dudas de que he puesto alguna palabra a partir de conocer su genealogía, ciertas combinaciones de la sintaxis). Y ahí junto los poetas contemporáneos que no se leían en la universidad: Parra, Lamborghini, Carrera. Esos tipos que te mostraban maquinarias nuevas de la escritura.

Lo solemne, lo enfático resulta insostenible en la vida actual y más en el poema. Ahora mismo leo cosas que escriben tipos hablando de la dictadura y me resultan muy enfáticas. Una frase de aquellos tiempos de formación, más de una vez citada, era un ambage de César Fernández Moreno: “el problema no es decir boludeces, el problema es decirlas con énfasis”. Es una regla de vida, visto a la distancia.

Las últimas dos son redifíciles, Florit: preguntá una que sepamos todos…

A ver, el proceso creativo en mi caso no es algo estable, se ha ido modificando con el tiempo. Y esas modificaciones no son ajenas a los cambios de hábitos y a los cambios tecnológicos. En algún momento recuerdo ensayaba un modo de trabajo que iba mucho por la memoria y el armado previo, probar, desarmar, revolver hasta que se armaba un verso y luego avanzar, un poco en la memoria, otro poco en el papel. Eso, creo, ha cambiado bastante, conforme la página virtual de procesador te puede servir de anotador sobre el que vas rearmando. A eso añadile un tiempo de búsqueda, de investigación, a veces sobre los libros, a veces sobre documentos digitales, a veces en la escucha atenta de inflexiones de voz, de registros particulares. Esa investigación es cada vez más necesaria, aunque, no sé, tal vez no se vea una sílaba de buena parte de esa búsqueda. Eso tiene que ver con los temas, claro, si vos te interesás por algún aspecto técnico o científico (la melodía de una canción que no recordás, los métodos de aprendizaje de la lectura y la escritura a lo largo de la historia de tu país, el laboreo de la tierra para los distintos cultivos en la provincia de Buenos Aires, ponele) eso te lleva un tiempo que es de “no escritura”, pero indispensable para la “sí escritura”.

Es interesante indagar, en cualquier terreno, en el poema, un poco más. Respecto de los aspectos que no me interesa hacer en la escritura, rápidamente podría proponer dos o tres puntos oscuros, para arrepentirme pronto, al comprobar que aun en su fealdad, me interesan.

-Vox va a publicar muy pronto tu Escuela pública. ¿Puedes decirme en qué sentido este nuevo libro puede ser una continuación de tu obra anterior y qué sentido es una ruptura, si lo es? ¿Sientes que con Escuela pública entras en nuevos terrenos? Háblanos un poco de este nuevo trabajo.

No es fácil que un libro sea una ruptura (pienso en términos tal vez absolutos) con lo que precede en la creación de una persona. Sin duda van apareciendo nuevos temas, hay cambios en los procedimientos de la escritura, pero no se rompe, al menos no de tal modo que no puedan seguirse viendo los hilos que unen con lo hecho.

En este caso, siguen estando el interés por armar un conjunto que se constituya como unidad (en los libros anteriores, la unidad podía ser un personaje como Pastrana más o menos ficcional que iba componiendo su personalidad y su vida en el derrotero de los textos, antes fue la unidad en torno a un fenómeno masivo y popular como el fútbol, pero siempre se trata de una unidad que en lo posible no ciña, que permita salir con un buscapié para cualquier lado), acá es a partir de una institución que me parece, aun con sus grandes defectos, un espacio que marca nuestras vidas (la mía, la de la mayor parte de la gente que conozco), porque la escuela pública me brinda oportunidades, incluso la posibilidad de la creencia, tener un pequeño credo en la educación pública como instancia de lo posible. Es un minúsculo fragmento, como tantos de los distintos ritos que conforman las austeras formas religiosas de nuestro hoy. Nunca se me había ocurrido, pero creo que creo en la escuela pública (con todos sus pero, creo): Los textos son una mezcla de aspectos casi personales y muchos que buscan lo colectivo pero atravesados por una voz que nubla los decires o se halla nublada a la hora de extraer las ideas.

Tal vez la voz que tuerce sobre el sentido es algo que está desde siempre, está en los otros libros, una voz preocupada por los grandes problemas menores, sin pretensiones. Me gustaría que fuera un libro que se deje leer como un manual, como un silabario, y a la vez, sé que está repleto de torsiones que hacen eso muy difícil. Me parece que continúa ese gusto, esa pretensión de que el lenguaje haga la suya, que se propongan tres o cuatro ideas, generalmente no muy notorias, no muy brillantes y que las palabras se vayan haciendo cargo de los desvíos que fueran posibles, de modo tal que el que escribe, en algún momento, se sienta frente a un objeto que un poco desconoce.

Cuando empecé a escribir me parecía que el nuevo campo, el nuevo terreno, era la nota autobiográfica más marcada, pero entiendo que con el trabajo y el tiempo eso se fue atenuando; está, es innegable, creo que leo parte de mi biografía ahí, si me lo propongo, pero afortunadamente no es el centro; y por otro lado, esa pizca autobiográfica aparece hasta en los textos más antilíricos que puedo haber escrito antes.

Vea un adelanto de Escuela Pública, aquí.

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